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Con los jóvenes: escuchar, acompañar y discernir

Se clausura este domingo la XV Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, dedicada al tema de los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional.

A lo largo de todo un mes el Papa Francisco, padres sinodales, expertos, y jóvenes han dialogado sobre los principales asuntos del mundo juvenil, buscando nuevas maneras de pensar y de hacer la pastoral, de modo que la Iglesia sea un referente significante para su espiritualidad y para las grandes decisiones de su vida.

Con la apertura, el valor y la confianza animada por el propio Santo Padre, se han explorado todos los temas y realidades posibles. Nada ha sido tabú en el aula Sinodal.

A lo largo de las jornadas fue posible advertir al menos tres etapas clave. La primera animada por la escucha recíproca, en la que los jóvenes auditores y los padres sinodales explicaron los contextos y realidades que marcan la situación de los jóvenes en cada país de mundo.

Se habló de situaciones de vulnerabilidad, de enajenación, y de sometimiento de la dignidad de los jóvenes. Este ejercicio permitió una empatía constructiva, al poder conocer, comparar y contrastar distintos escenarios.

La conciencia creada permitió dar el salto hacia la necesidad de que la Iglesia acompañe esas realidades. Se habló entonces del trabajo pastoral actual con los jóvenes, lo que se debe de mantener y aquello que es necesario cambiar. Las estructuras necesarias y las que ya dejaron de ser relevantes, el papel de los sacerdotes y obispos, las familias y hasta los propios jóvenes en el proceso de maduración en la fe.

Insistieron los padres sinodales en la importancia de una Iglesia empática y capaz, que se involucre en los mundos juveniles para impregnarlos de sentido y trascendencia, de dejar atrás el status quo de que “siempre se ha hecho así”, y tomarse en serio las necesidades y mensajes de los jóvenes, también de aquellos que se han alejado, muchas veces por la falta de testimonio de los mismos miembros de la Iglesia.

Este acompañamiento debe traducirse para los padres sinodales en acogida fraterna y sin distinción, en la ruptura de barreras que en otros momentos han creado heridas y división, en la fraternidad y en la verdad de que el mandamiento más grande es el amor.

Este acompañamiento, insisten, deben de hacerlo personas preparadas, responsables y coherentes, verdaderos ejemplos de vida a quienes los jóvenes puedan tomar como modelo para sus propias vidas. De ahí la importancia de seguir luchando por hacer de la Iglesia una casa segura para todos.

El tercer momento del Sínodo ha sido el discernimiento, esto es, cómo procurar a los jóvenes herramientas para que alcancen su mayor realización, para que avancen sin descanso hacia metas más altas y se convenzan de que la libertad solo es tal cuando permite elegir entre lo que es bueno y lo que es mejor para ellos.

Este discernimiento incluye las opciones de vida, dentro de las cuales no se ha dejado de hablar de ninguna ni se ha puesto alguna por encima de otra: el matrimonio con toda su relevancia personal y social, la vida consagrada y el presbiterado como opciones de entrega ministerial permanente, y también la vida en santa soltería, como expresión igualmente de una conciencia movida por altos ideales.

La Iglesia, en este punto, debe de ser capaz de mostrar a los jóvenes que el plan de Dios para cada uno es su propio camino a la auténtica felicidad, y que dentro de ese plan de Dios, es posible transformar el mundo.

El Sínodo 2018 ha sido pues, un momento de enorme riqueza para la Iglesia, de crecimiento y de futuro. Es de esperar una extraordinaria exhortación apostólica del Papa Francisco como fruto de todo este esfuerzo.

Por lo pronto, lo vivido hasta aquí ha sido una enorme ganancia. Desde la preparación del documento de trabajo en el ámbito diocesano, hasta la consolidación del Sínodo y la etapa postsinodal que se abre hoy.

Quiera Dios que el rumbo que aquí se tome sea para el bien de los jóvenes del mundo, y en particular para los que, también en nuestro país Costa Rica, buscan los grandes ideales y a los que la Iglesia debe de escuchar, acompañar, y ayudar a discernir.

Nos anime el gran Viviente, el eternamente joven, Jesucristo Nuestro Señor y Redentor.

Amén.   

 

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