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Una Iglesia siempre joven

Desde octubre del año pasado, la sinodalidad revitaliza la forma de entender y de hacer Iglesia. Se trata de un caminar juntos, de construir con el aporte de todos, con alegría, esperanza y creatividad, alejando antiguos clericalismos y verticalidades poco constructivas.

Dicha fuerza del Espíritu surgió de un modo claro gracias a la motivación del propio Papa Francisco, al calor del Sínodo de los Jóvenes sobre la fe y el discernimiento vocacional, en el cual, por primera vez, se dio la palabra a los jóvenes de un modo activo y determinante para establecer prioridades y caminos de acción.

No es que antes no se escuchara a los jóvenes ni se considerara su situación, sino que ahora ya no son más simples destinatarios de la acción de la Iglesia, sino sus protagonistas, y desde lo más alto de la jerarquía existe el compromiso de trabajar en conjunto para aprovechar todo su potencial y encontrar respuestas a los acuciantes problemas sociales que les afectan.

Igualmente, como fruto del Sínodo de los Jóvenes están aún sobre la mesa delicados temas sobre los que hay que lanzar una mirada nueva para replantear comprensiones que en clave auténticamente evangélica hagan de la Iglesia una casa para todos, donde todos se sientan parte corresponsable de la evangelización.

En este espíritu de encuentro, alegría y apertura llega la muy esperada Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Panamá y su semana previa conocida como los Días en las Diócesis, eventos que deben de ser vistos en perspectiva junto con el Sínodo como una única línea de fuerza vital que anima hoy la vida de la Iglesia.

La JMJ es muestra de la acción del Espíritu Santo en cada uno de los jóvenes que participa en ella, y sus frutos ya se notan en el entusiasmo y el compromiso de los jóvenes y sus familias, las parroquias y las diócesis hacia el evento.

Es de esperar que sean muchos los frutos espirituales como resultado de la experiencia de la JMJ de Panamá, y en particular para nuestro país, por  su cercanía y por la posibilidad, única en la historia, que tienen miles de jóvenes de formar parte de este encuentro con el Santo Padre y con otros jóvenes de todas partes del mundo, que como ellos, buscan un encuentro personal con el Señor que transforme sus vidas.

Esa fuerza y ese entusiasmo no pueden pasar desapercibidos ni mucho menos ser desperdiciados. Desde ya deberíamos estarnos preguntando cómo canalizar todo lo que los jóvenes traerán de vuelta como resultado de su participación en la JMJ de Panamá, y ser capaces de advertir el potencial que tienen para relanzar la evangelización en nuestro país.

Esos jóvenes que hoy están haciendo maletas ilusionados de su encuentro con el Santo Padre y por las demás actividades espirituales planeadas, son los padres y madres de familia del futuro cercano, son también las próximas vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, y son también quienes, desde la política, el mundo empresarial y el laboral, dirigirán muy pronto los destinos del país.

La responsabilidad como Iglesia pues, no termina en una buena organización de la JMJ, ni siquiera en garantizar una adecuada participación, por muy numerosa que sea, de cada diócesis o parroquia. Cuando el domingo 28 de enero culmine la Jornada comenzará apenas el trabajo para hacer que esa semilla que ha sido plantada en el corazón de nuestros jóvenes de fruto abundante y verdadero en la transformación de las realidades de pecado y exclusión que tanto daño hacen a nuestra vida en sociedad.

En nuestras manos está que esta grandiosa Jornada Mundial de la Juventud sea el medio que nos permita conseguir el sueño de una Iglesia más viva y vivificante, alegre, dinámica, renovada y audaz, siempre joven como Jesucristo Nuestro Señor y Salvador.

 

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