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El santo del pecho herido

  • San Romero de América, la voz de los sin voz

El Salvador y Centroamérica entera festejan la canonización de Mons. Óscar Arnulfo Romero este 14 de octubre, pero, ciertamente, en el corazón de su pueblo él ha sido reconocido así desde hace mucho tiempo. “El Santo de América”, “La voz de los sin voz” son las expresiones con las cuales el pueblo lo ha nombrado con cariño.

Ma. Estela Monterrosa S.
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San Salvador, febrero de 1980. Mons. Óscar Arnulfo Romero tiene conciencia de que ha sido amenazado de muerte. “El Señor Nuncio de Costa Rica me ha avisado que el peligro de amenaza existe otra vez contra mí y me advierte que tenga cuidado”, anota en su diario el 23 de febrero.

El miedo no lo silenció, no renunció a exigir justicia y el cese de la represión hacia los pobres de El Salvador. Hasta el último de sus días se mantuvo fiel al Evangelio y a la doctrina social de la Iglesia; “la cual siempre resulta conflictiva cuando se le aprueba, no sólo en teoría, sino cuando se trata de vivir”, dice en su diario doce días antes de su asesinato.

Sus palabras ante las amenazas fueron proféticas, a él lo mataron, pero su voz ha perdurado. “No sigan callando con la violencia a los que estamos haciendo esta invitación ni, mucho menos, continúen matando a los que estamos tratando de lograr que haya una más justa distribución del poder y de las riquezas de nuestro país. Y hablo en primera persona porque esta semana me llegó un aviso de que estoy yo en la lista de los que van a ser eliminados la próxima semana. Pero que quede constancia de que la voz de la justicia nadie la puede matar ya”.

Así fue. Mons. Romero fue asesinado por odio a la fe el 24 de marzo de 1980, cuando celebraba Misa en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia en San Salvador, exactamente en el momento del ofertorio por un disparo certero al corazón. Su muerte se dio en medio de una naciente guerra civil entre la guerrilla de izquierda y el gobierno dictatorial de derecha.

“Sentir con la Iglesia” 

Mons. Romero llevó al extremo su lema episcopal “Sentir con la Iglesia”, al punto que murió por decir y defender lo que creía correcto. “Creo que ha quedado clara la idea de mi posición y acepto, desde luego, que en todas aquellas cosas accidentales en que se puede ceder, estoy dispuesto a ceder por el bien de la paz, pero nunca mis convicciones de fidelidad al evangelio y a las líneas nuevas de la Iglesia y a mi querido pueblo”, dice su diario el 11 de marzo de 1980.

Tres años estuvo como Arzobispo de San Salvador y, en ese periodo, puso la Arquidiócesis al servicio de la justicia y la reconciliación en el país. En muchas ocasiones fue mediador en conflictos laborales, creó una oficina de defensa de los derechos humanos, abrió las puertas de la Iglesia para dar refugio a los campesinos que venían huyendo de la persecución en el campo, dio mayor impulso al Semanario Orientación y a la Radio YSAX.

Además, escribió cuatro cartas pastorales. La primera llamada “La Iglesia de la Pascua” (abril 1977) plantea “el reto y los riesgos que esta hora difícil nos lanza”: “Es el reto de una esperanza del mundo puesta en nuestra Iglesia. Seamos dignos de esta hora y sepamos dar razón de esa esperanza con nuestro testimonio de unidad, de comunión, de autenticidad cristiana y de un trabajo pastoral que, salvando con nitidez la supremacía de la misión religiosa de la Iglesia y de salvación en Jesucristo, tenga también muy en cuenta las dimensiones humanas del mensaje evangélico y las exigencias históricas de lo religioso y eterno”.

“La ‘Iglesia de la Pascua’ es, en primer lugar, una Iglesia pobre y de los pobres”, explicó el Cardenal Gregorio Rosa Chávez, en el Simposio Internacional Mons. Óscar Arnulfo Romero, realizado por la Pastoral Universitaria de la Universidad de Costa Rica en julio.

Y así lo confirmaba Mons. Romero en sus homilías: “La Iglesia no puede callar ante esas injusticias de orden económico, del orden político, del orden social. Si callara, la Iglesia sería cómplice con el que se margina y duerme un conformismo enfermizo, pecaminoso, o con el que se aprovecha de ese adormecimiento del pueblo para abusar y acaparar económicamente, políticamente, y marginar una inmensa mayoría del pueblo. Esta es la voz de la Iglesia, hermanos. Y mientras no se le deje clamar estas verdades de su Evangelio, hay persecución”.

Mons. Romero defendía el derecho del pueblo a organizarse y clamaba por una paz con justicia. El gobierno lo miraba con sospecha, así como a muchos sacerdotes, de hecho, expulsó a varios. Otros fueron asesinados. Se había difundido la frase: “Haga patria, mate a un cura”.

Valiente opción preferencial por los pobres

“Romero optó por los pobres y por las víctimas de El Salvador en los tiempos más cruentos de la vida de ese pequeño país habitado por gente de gran corazón. Romero encabezó la opción por los pobres propuesta por la Conferencia de Medellín, en 1968, y dio la vida en esa opción”, indica una reseña de la 36ª Asamblea del Consejo Episcopal Latinoamericano, CELAM, realizada en El Salvador en mayo del 2017, precisamente en el centenario de Mons. Romero.

El cardenal argentino Leonardo Sandri, en la misa de clausura de la plenaria de la Comisión Pontificia para América Latina del 2014, aseguró que una constante de la historia cristiana es la persecución. “Es la entrega de la propia vida en medio de la violencia y del desprecio de los valores de la dignidad de la persona humana, de los ataques a personas, a símbolos y a lugares sagrados de nuestra fe que han tenido por consecuencia no solamente el secuestro sino también el asesinato y la muerte de obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas”, dijo.

En esa ocasión, el prelado recordó a Mons. Romero junto a otros obispos “que en nuestro continente han perdido la vida como discípulos de Cristo”.

Mons. Romero asumió la opción preferencial por los pobres planteada por la Iglesia Latinoamericana con gran convicción: “Yo me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres y decir a todo el pueblo, gobernantes, ricos y poderosos: si no se hacen pobres, si no se interesan por la pobreza de nuestro pueblo como si fuera su propia familia, no podrán salvar a la sociedad”,  (Homilía, 15.07.79).

Mons. Vittorino Girardi, obispo emértio de Tilarán-Liberia, afirmó en el Simposio Internacional Mons. Óscar Arnulfo Romero, que el Beato Romero fue un hombre dispuesto a escuchar su conciencia “donde resuena la voz de Dios; no la voz de las alabanzas, no la voz de la críticas o amenazas, sino la voz de Dios, de esa voz que es palabra eterna, Dios que habla a la conciencia, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, todo se decide ahí en la escucha o no de esa voz que suena y resuena en lo profundo de la propia conciencia, por eso escucha al pueblo, porque en el pueblo está la presencia de Dios”.

El obispo agregó que cada persona es un tesoro de Dios. “Ser cristiano implica la opción por los pobres por un mínimo de justicia para recuperar la dignidad que el mundo le niega con enorme facilidad”.

Y recordó: “lo que hagan al último, eso hacen a Dios, porque Dios ha tomado el último lugar: opción por Dios, opción por las personas”.

Hijo de un humilde telegrafista…

Óscar Arnulfo Romero Galdámez nació en Ciudad Barrios, San Miguel, el 15 de agosto de 1917; era el segundo de ocho hermanos. Su padre se llamaba Santos Romero y su madre Guadalupe de Jesús Galdámez. Era una familia humilde y modesta. Su padre empleado de correos y telegrafista; su madre se ocupaba de las tareas domésticas.

En 1937 Óscar ingresa al Seminario Mayor de San José de la Montaña en San Salvador. Siete meses más tarde es enviado a Roma para proseguir sus estudios de teología. En Roma le tocó vivir las penurias y sufrimientos causados por la Segunda Guerra Mundial. Fue ordenado sacerdote a la edad de 24 años en Roma, el 4 de abril de 1942.

La primer parroquia a donde fue enviado a trabajar fue Anamorós, La Unión. Pero después fue llamado a San Miguel donde realizó su labor pastoral durante 20 años.

Fue Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador. Ordenado y nombrado Obispo Auxiliar de Monseñor Luis Chávez y González el 21 de junio de 1970. El 15 de octubre de 1974 fue nombrado Obispo de la Diócesis de Santiago de María, estaba comenzando la represión contra los campesinos organizados.

A la edad de 59 años fue nombrado Arzobispo de San Salvador, el 3 de febrero de 1977. A un escaso mes de su ministerio arzobispal, es asesinado el Padre Rutilio Grande, de quien era amigo. Este hecho lo impactó mucho.

A Mons. Romero lo acusaron de revolucionario marxista, de incitar a la violencia y de ser el causante de todos los males de El Salvador. 

Eso no lo hizo desistir de llamar a la conversión y al diálogo para solucionar los problemas del país. Sin embargo, fue asesinado el 24 de marzo de 1980.

En su entierro, el 30 de marzo, había unas 100 mil personas. Los actos se interrumpieron a causa de la detonación de una bomba, disparos y explosiones.  

La reacción fue de pánico, con la consecuente dispersión, atropellamiento, heridos y muertos. Monseñor Romero fue sepultado apresuradamente en una cripta en la Catedral.

 

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