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Dios, el “amor originario”

Pbro. Juan Luis Mendoza

Mons. José Ignacio Munilla escribe que “para entender qué hay entre dos personas en un matrimonio, tenemos que remitirnos a Dios y que recurrir a su amor originario, del que el amor humano es imagen y semejanza”. Y añade que “la vida de Cristo es una revelación de la verdad del amor humano para la que hemos sido creados”. 

Alguien, el discípulo Juan “el que Jesús amaba” (Juan 13,23), nos alza de una vez a lo más alto de esa revelación y amonesta a que nos abramos a ese amor originario: “Queridos hijos: Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios porque Dios es amor” (1° Juan 4,7).

Ahora bien, se trata del amor verdadero, el de Dios, el que es Dios, el que nos libra de muchas deformaciones, ya que tendemos a desnaturalizarlo, a degenerarlo, tergiversando la realidad, la verdad de nuestro ser debido a nuestra condición de pecadores, pecado original, pecado personal, lo contrario al amor. Es así: en la medida en que se desvincula del amor divino, el amor humano se desgasta, se desvirtúa; deja de ser auténtico.

El ser humano, hay que recordarlo, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (véase Génesis 1,26), cuyo Hijo asumió nuestra condición humana en todo igual a nosotros menos el pecado (véase Hebreos 4,14-15), y esto en todas las dimensiones de su personalidad, incluyendo lo que concierne a la corporalidad. Y, en ese sentido, entrar en contacto con ella es relacionarse con la persona entera, no solo con su cuerpo. 

Es esa condición la que define al ser humano y su amor como hombre o como mujer. El sexo no es un simple atributo; es parte esencial del ser persona y que capacita para amar a la manera de Dios.

La diferencia sexual entre el hombre y la mujer indica la recíproca complementariedad y está orientada a la comunicación entre ambos. Dios nos ha hecho distintos. Hablamos de una complementariedad entre el hombre y la mujer que afecta no solo al cuerpo sino también a la personalidad. En nuestra personalidad somos complementarios y estamos llamados a la comunión. Puede haber una comunión entre un hombre y una mujer porque parten de una complementariedad entre ambos, el hombre es para la mujer como la mujer es para el hombre. Existe una complementariedad basada en la naturaleza y que no nace únicamente de una opción de emotividad.

Volvemos a Dios-Amor y parafraseando a Descartes, puedo asegurarme de que “soy amado, luego existo”. Amados normalmente por nuestros progenitores y, desde luego por nuestro Creador y Padre. 

En consecuencia, lo propio del ser humano es amar y ser amado, y así ser feliz en una existencia plena que no lo es solo en febrero sino toda la vida, incluyendo la eterna.

 

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