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Cerró su clínica dental y siguió el llamado de Dios

  • Pbro. Guillermo Cabezas, párroco de Barrio Unión, Cañas

Danny Solano Gómez
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Decidió vender su clínica dental, renunciar a su trabajo como profesor universitario e irse el seminario. Esto lo hizo el Padre Guillermo Cabezas, actual Párroco de Nuestra Señora del Carmen, en Barrio Unión de Cañas, Guanacaste, y promotor vocacional de la Diócesis de Tilarán-Liberia.

Nació en Guadalupe, San José, en 1970, fue un niño activo que participaba de actividades escolares como obras de teatro, bailes típicos, actos cívicos y desfiles. También comenzó a disfrutar del deporte, el dibujo y la pintura.

Fue en esa época cuando aprendió a tocar guitarra, compañera de misión inseparable, pues la lleva a los pueblos que visita y regularmente la toca para animar las misas.

Entró a la Universidad de Costa Rica (UCR), allí estudió Gerontología y Odontología. “Encontré mi vocación social la cual amé y me desarrollé con mucha intensidad (…) Allí tuve una buena formación humana y académica y amistades como hermanos”, comentó.

Al joven Cabezas le gustaba ir a las fiestas, los bailes y no se perdía por nada la Semana Universitaria. Era tan buen bailarín que incluso ganó concursos de baile. 

Al graduarse fue enviado a hacer servicio social al cantón de San Carlos, en Venecia y Aguas Zarcas. “Por un año y en una unidad móvil conocí esa zona tan hermosa del país”, contó el ahora sacerdote.

Luego, volvió a su natal San José donde abrió su clínica dental en La Trinidad de Moravia e inició sus estudios de Maestría en Gerontología, de hecho, fue contratado por la Universidad Latina para impartir clases en ese campo.

Podría haber sido calificado fácilmente como un joven exitoso con un gran futuro por delante, pero a pesar de sus logros y demás “no había encontrado la felicidad”. Salió con “algunas muchachas extraordinarias”, pero sin formalizar una relación duradera. 

“Había un vacío en mi vida que no sabía cómo llenar”, pensaba por ahí del 2001. Recordaba además que desde su ingreso a la universidad no había vuelto a participar de la Eucaristía y menos de grupos parroquiales. “Creía en Dios, pero no profesaba mi fe”, reconoció.

Recordó que: “Fue entonces cuando quise realizar acción social desde mi profesión a una causa noble y me contacté con los Amigonianos en San Jerónimo de Moravia, y un día a la semana calzaba muelas y realizaba limpiezas a los jóvenes en riesgo social que acudían al convento a aprender un oficio”. Por entonces comenzó a llamarle la atención la paz que se vivía en ese lugar. 

Luego, inició su colaboración con el grupo de Adultos Mayores en la Parroquia San Vicente, en Moravia, en calidad de gerontólogo. “Lo que no supe era que me iba a vincular en ese grupo de Iglesia. Fue un inicio que me dio mucha satisfacción y gozo”, declaró.

Al año ya asistía a Misa y a la Iglesia. Precisamente fue en una Hora Santa en Moravia cuando escuchó el llamado de Dios. “Recuerdo estar viendo el crucifijo del altar mayor y oír la voz de Dios en donde me manifestaba que su muerte fue por amor a mí y que me llamaba a seguirlo como sacerdote”, dijo.

Más detalles en el Eco Católico del 7 de octubre.

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