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“No me arrepiento de decir sí”

  • Hna. Norma Virginia Allen Brown, misionera comboniana costarricense

Ma. Estela Monterrosa S.
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La Hermana Norma Allen es alegre y presume entre risas el ser la única costarricense afrodescendiente religiosa. A sus casi 60 años ha vivido incontables experiencias misioneras, como sentir la amenaza de muerte en más de una ocasión, lo que incluso la hizo enojarse con Dios durante un año.

Es oriunda de Ciudad Neilly, aunque creció en San José. Ella conoció la congregación porque los Misioneros Combonianos atendían su parroquia, Sagrada Familia, y a través de ellos conoció la rama femenina. “Yo me hice religiosa un mes antes de casarme”, recordó.

Tras su ingreso a las Misioneras Combonianas ha servido en Ecuador, México, Italia y Escocia. Al profesar sus votos perpetuos la enviaron a Uganda y tiempo después estudió Ginecología y Obstetricia en México y un postgrado en Administración Hospitalaria en Estados Unidos. Concluidos los estudios volvió a Uganda a dirigir un centro de salud, labor que ejerció durante diez años.

De África, dijo, aprendió que el misionero debe sentarse, ver, oír y callar. “Uno llega con la intención de ponerlos ‘a nuestro nivel’, pero lo que debe hacer es aprender qué quieren ellos, respetar las tradiciones y preguntar -para entender- por qué hacen las cosas de determinada forma”, afirmó. Después de 17 años en África está convencida de que, si bien ella fue a evangelizar, más bien la evangelizaron a ella, “es gente muy fuerte”, dijo.

Afirmó que en las dificultades de la misión se vive y se siente el trabajo codo a codo con Jesús. “Te hace sentir y te hace ver que no estás sola, que Él está contigo y cuando no puedes más, te carga”, añadió. 

Un millón de experiencias

La vida misionera, su labor frente al centro de salud o al cuidado de las hermanas mayores le ha dejado un sin fin de anécdotas que ahora cuenta en las parroquias como forma de alentar a los católicos para apoyar las misiones comprando rosarios o artículos de la congregación.

Recordó una época en que Uganda atravesaba una guerra civil y la población sufría una epidemia de fiebre amarilla. Hizo lo que pudo en el centro de salud, ubicado a 9 horas de la capital, porque no había posibilidad de conseguir medicamentos. “Muchos se salvaron”, dijo. Durante su servicio, le tocó hacer de dentista y hasta de cirujana, aunque es ginecóloga.

En una ocasión la mordió una cobra, sin que ella se percatara de la presencia del animal ni de la mordedura, solo que de pronto le costaba respirar y se le hinchó la pierna. Como pudo se arrastró a la capilla y se quedó dormida. Cuando despertó, la llevaron a un hospital, pero le dijeron que le iban a amputar la pierna así que se escapó y se fue al centro de salud que dirigía. Su pierna se pudo salvar.

En otra ocasión, iba manejando una ambulancia cuando le dispararon y la hicieron volcar. Luego le apuntaron con un arma y trató de negociar con los asaltantes que después de angustiosos momentos la dejaron libre. “Yo me enojé con Dios por eso. Pensaba que no era justo que yo diera mi vida por servir a los demás y que Él permitiera que eso me pasara. No me confesé durante un año hasta que en un viaje a Costa Rica me fui a confesar. Lloré mucho. Ese día entendí que yo ya había dado mi vida y que, si moría, yo lo había aceptado cuando dije que quería ser misionera”, dijo.

Después de África estuvo en Italia cuidando a las hermanas mayores, aseguró que es una forma diferente de misionar, pues encontraba a Cristo en ellas al recordarles todo lo que habían hecho por Él y por los demás, con lo que partían en paz.

Esa forma de despedir y tranquilizar a las personas en el ocaso de su vida la aprendió en África, donde una tribu acostumbraba a dejar a sus muertos en la selva, pero antes le recordaban al difunto que había comido de las plantas, los animales, que había tenido descendencia y todo lo que había logrado en su vida.

Recordó a una hermana que, a sus 92 años, grave, sentía miedo de la muerte, entonces ella le pidió que pensara cuando había sido maestra, a cuántos niños enseñó, lo que hizo en Sudán. Percibió un brillo especial en sus ojos, le preguntó si estaba viendo a Jesús y la anciana le dijo que sí, entonces la animó a irse con él y le pidió que orara por la congragación. “Ella cerró los ojos con una gran paz y pensé ‘yo quiero morir así’”.

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