Atalía, reina madre

 

Debemos de apostar por soluciones pacíficas, aunque sean más lentas.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica CENACAT

 

Hoy les presentamos a Atalía, reina de Judá, que era hija de Omrí, sexto rey de Israel (1 Rey 16,21-27), y hermana de Ajab, siendo, por lo tanto, cuñada de Jezabel. Estaba casada con Jorán, rey de Judá (2 Rey 8,16-24), y actuó como reina- madre durante el reinado de su hijo Ocozías, quien fue asesinado por Jehú (2 Rey 9,27-28). Era una mujer decidida, que quiso seguir en Judá la política de Ajab y de Jezabel, contando con partidarios en la corte.

Su reinado empezó cuando Jehú mató a su hijo Ocozías y a los miembros de la familia real de Israel (2 Rey 10). Podemos suponer que ella tenía miedo de que la rebelión de Jehú llegara también a Judá, de manera que se sentía amenazada, junto a los partidarios de Baal. 

En ese contexto se entiende su “golpe” o, quizá, mejor su “anti-golpe” de Estado, que nos cuenta el pasaje de 2 Rey 11:

 Atalía, la madre de Ocozías, al ver que había muerto su hijo, empezó a exterminar a todo el linaje real. Pero Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, lo sacó secretamente de en medio de los hijos del rey que iban a ser masacrados, y lo puso con su nodriza en la sala que servía de dormitorio. Así lo ocultó a los ojos de Atalía y no lo mataron. Él estuvo con ella en la Casa del Señor, oculto durante seis años, mientras Atalía reinaba sobre el país (2 Rey 11, 1-3).

 

 

 

Tenía buenos defensores

No conocemos  los detalles religiosos y sociales de esta rebelión o “resistencia” de Atalía, de la que se dice que empezó a exterminar toda la familia real, aunque es claro que no logró hacerlo, porque su cuñada Josebá raptó a Joás, hijo de alguna de las mujeres de Ocozías, y por lo tanto, nieto de la misma Atalía. 

Ciertamente, Atalía debía contar con buenos defensores en el estamento social y religioso de Jerusalén y de Judá, que serían partidarios de la existencia, al mismo tiempo, entre el culto a Baal y Aserá, su diosa esposa, y el Señor, Dios de Israel, ya que, de lo contrario, no podría haber reinado por seis años, como hizo, en contra de las tradiciones judías, en las que no se conocía la figura de una mujer reina, exceptuando a Mical, hija de Saúl y esposa de David.

Tampoco sabemos si tenía preparado algún hijo o nieto suyo para sucederle en el trono, aunque suponemos que sí. La Biblia la acusa de sangrienta, pero ella parece haber sido tolerante, en la línea de un pacto o convivencia entre las religiones de Baal y de Yahvé Dios, pues dejó que, al lado del templo de Baal, estuviera el del Señor y no intervino mucho en su funcionamiento, pues no supo que allí se escondía Joás, a quien estaban educando para coronarle rey, cuando fuera adulto. 

Probablemente, ella misma era sincretista, lo mismo que gran parte de la población que, como supone Elías en el juicio del Carmelo, se inclinaba algunas unas veces al dios Baal y otras al Señor (1 Rey 18, 21). De forma que, ella permitió que se celebrara el culto en el templo del Señor, dirigido por un sacerdote llamado Yehoyadá, que estaba planeando la venganza. En este contexto se entiende la rebelión yavista, que se nos cuenta en el texto de 2 Rey 11,4-20, donde Yehoyadá, además de planear concienzudamente la muerte de la reina, hizo entronizar y aclamar a Joás como rey, cosa que se hizo sin saberlo Atalía.

 

La muerte de Atalía

El texto cuenta que cuando Atalía oyó el griterío de la gente que corría, y se dirigió hacia la Casa del Señor, donde estaba el pueblo. Y al ver al rey de pie sobre el estrado, como era costumbre, a los jefes y las trompetas junto al rey, y a todo el pueblo del país que estaba de fiesta y tocaba las trompetas, rasgó sus vestiduras y gritó: “¡Traición!”. Entonces el sacerdote Yehoyadá impartió órdenes a los centuriones encargados de la tropa, diciéndoles: “¡Háganla salir de entre las filas! Si alguien la sigue, que sea pasado al filo de la espada”. Porque el sacerdote había dicho: “Que no lo maten en la Casa del Señor”. La llevaron a empujones, y por el camino de la entrada de los caballos llegó a la casa del rey; allí la mataron… (2 Rey 11,13-16)

Aquí se trata de una “rebelión sacerdotal yavista”, utilizando las armas del templo del Señor (que no habían sido destruidas por los baalistas) y dirigida por los mercenarios reales, controlados por el sacerdote de Yahvé, y no por Atalía, la “usurpadora”. Atalía no había logrado dominar a los “carios” (centuriones), ejército profesional que formaba la “escolta real”, cosa que sí logró Yehoyadá, haciendo que ellos se pusieran de parte del niño rey, recién entronizado. La rebelión triunfó, de manera que, en vez de gobernar Atalía (quizá como regente al servicio de otro rey futuro), gobernó el sacerdote Yehoyadá, que estuvo de parte del rey niño hasta que llegó a su mayoría de edad.

 

Estricto monoteísmo

Atalía parecía más “tolerante” y representa la tradición más antigua del pueblo elegido, en el que se mezclaban elementos yahvistas y baalistas, de manera que permitió que funcionaran en Jerusalén los dos templos, con sus respectivos sacerdotes, en una línea de sincretismo religioso, es decir, mezclando las diversas religiones. 

Yehoyadá, en cambio, era partidario del único Dios Yahvé y por eso mandó destruir el templo de Baal y degollar a su sacerdote, siguiendo así la conducta de Jehú allá en Israel (ver 2 Rey  11,17-20), o la del mismo Elías (ver 2 Rey 18,40).

Por eso, en el Antiguo Testamento vemos cómo se ha seguido el monoteísmo más estricto, en la creencia de un único Dios Yahvé (Dt 6,4-5.13-14), con sus grandes valores de fidelidad moral, pero también con el riesgo de intolerancia religiosa y de violencia sangrienta, como vimos con Jehú y Elías. 

En este contexto, la figura de Atalía podría ser recordada con mucho más comprensión. Ella había usurpado el trono de Judá y había asesinado a la mayoría de los herederos reales, pero cayó en manos de aquellos que no toleraban esta mezcla de la religión yavista con la del baalismo (ver 2 Rey 10). Pero es totalmente injustificable, desde nuestra fe, el uso irracional de la violencia. Hoy debemos de apostar por soluciones pacíficas, aunque sean más lentas, que el uso de las armas.