Tiempo de conversión

 

Monseñor José Rafael Quirós

Arzobispo de San José

 

La Cuaresma es el tiempo litúrgico que nos permite colocarnos ante nosotros mismos, ante nuestra propia realidad, algo que no resulta fácil, pues, muchas veces sentimos temor de enfrentarnos ante la exigencia de llevar a cabo cambios importantes en nuestra vida. De ahí que haya quienes conciban este tiempo previo a la celebración de la Pascua en un sentido negativo, sin percatarse que es todo lo contrario, ya que es el tiempo propicio para mirar el horizonte lleno de luz y vida que nos regala Dios por la Resurrección de su Hijo.

Mediante la fórmula litúrgica con que se impone la ceniza, se nos enseña acerca de la necesidad que todos tenemos de una auténtica conversión al Señor, que es Buena Noticia, Salvación para todos: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Es que como pecadores, estamos necesitados de la fuerza que solo procede de Dios para sobreponernos a las consecuencias del pecado. Cristo ha triunfado sobre la muerte, los poderes del maligno han sido sometidos. Es suficiente con que queramos abrirnos a la acción del Señor en nuestras vidas, para que él nos regale la conversión, y de esa manera reiniciar el camino hacia la plenitud.

El Papa Francisco afirma con toda claridad en su mensaje: “La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios “de todo corazón” (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar”.

Con ello se nos invita para que al enfrentarnos ante nuestra propia realidad, dejemos de lado todo pesimismo, y nos lancemos con toda seriedad a revisar nuestra vida ante quien es la fuente de toda vida, y nos ama entrañablemente y quiere que tengamos la valentía de dar un paso hacia adelante en la perfección. La vocación del discípulo es llegar a la meta propuesta por el Maestro, la santidad, que es don del Señor para los que aceptan arriesgarlo todo por él.

No podemos olvidar, que también durante la Cuaresma, aquellos no bautizados adultos que han pedido prepararse para recibir el bautismo, viven de manera particular los pasos que les conducirán a recibir la vida nueva en Cristo. Esto debe ser motivo para alegrarnos todos, al reconocer que muchas personas en todo el mundo, después de una decisión personal y de acogida y acompañamiento de la Iglesia, deciden aceptar el regalo de la fe. Es en la Vigilia Pascual que reciben el bautismo y entran a formar parte del Cuerpo Místico del Señor. 

Pero, mucho más que una ascesis artificial y mucho más que un incremento de observancias, la Cuaresma también es el tiempo propicio para una verdadera conversión hacia el hermano que sufre, con toda claridad nos enseña el profeta Isaías: “El ayuno que yo quiero es éste -oráculo del Señor- abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que está desnudo y no cerrarte a tu propia carne. Entonces nacerá una luz como la aurora, “(Is. 58, 6).

Atendamos pues, a la invitación que nos hace el Santo Padre, a ver al “otro como un don” cuando afirma: “En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19-31). Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.” De ahí que las obras de caridad y misericordia, son parte integrante de este tiempo de gracia. 

Aprovechemos esta oportunidad que se nos ofrece para entregarnos a la oración, al ayuno, a la penitencia, y todo ello traducirlo en obras de caridad.