“La dulce y confortadora alegría de evangelizar”

 

El pasado 13 de marzo se cumplieron cuatro años de la elección del Papa Francisco. Entre el abundante material que circuló a través de Internet a propósito de ello, estuvieron unos apuntes de su puño y letra, escritos el día del cónclave a manera de guía para el mensaje que, en tres minutos y medio, podían dirigir los cardenales acerca de sus percepciones sobre cómo debía ser y qué debía de hacer quien fuera elegido a la cátedra de Pedro.

Dados a a conocer hace algún tiempo por el cardenal Jaime Lucas Ortega, entonces Arzobispo de La Habana, iglesia que custodia el manuscrito, se trata de fuerzas de pensamiento que explican muy bien estos cuatro años de pontificado de Francisco.

En primer lugar, el cardenal Bergoglio habló de que la evangelización es la razón de ser de la Iglesia. Parece una verdad de perogrullo, pero en el fondo es bueno repetirla porque pareciera que persisten quienes todavía confunden prioridades, fines y medios de su servicio en la Iglesia, y se resisten a cualquier propuesta que vaya en dirección opuesta a sus intereses.

En cambio el Papa, en persona y acudiendo a la rica catequesis de los gestos, ha dado muestras de que la iglesia solo encuentra sentido y pertinencia en el anuncio de Jesucristo vivo y actuante en medio del mundo.

Desde esta perspectiva, ahondó el cardenal Bergoglio durante el cónclave, evangelizar supone un celo apostólico que empuja a la Iglesia hacia fuera de sí misma, hacia las periferias, y no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, en fin, las de toda miseria.

Este “salir” ha sido una de las vertientes más claras del Santo Padre estos años. Salir al encuentro del otro, incluso de aquellos que no piensan igual o incluso de los que adversan de mala manera o con intención de dañar. 

Porque acoger al otro implica asumir su realidad, compadecerse, acercarse y ser capaces de construir un camino juntos, con respeto y claridad de principios, anteponiendo la fraternidad y la humildad evangélicas. Esto le ha costado al Papa no pocas críticas, incluso a lo interno de la Iglesia, cuya reforma, comenzando por la Curia Romana, apunta claramente en esta dirección.

Todo ello tiende a evitar que la Iglesia se vuelva autorreferencial y se enferme de tanto mirarse en el espejo de la vanidad. “Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico. En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar… Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir”, escribió con una claridad de análisis sorprendente el entonces futuro Papa.

Dicha enfermedad -la autorreferencialidad-, es la puerta de la mundanidad espiritual, ese vivir para darse gloria los unos a otros, una práctica tan difundida y tan dañina, simiente de pecado y de comodidades que perpetúan el estado inmóvil e infértil de las cosas.

Luego de esta reflexión, el cardenal argentino llegó al punto del próximo Papa. ¿Quién debía de ser? Para él, “un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayude a ser la madre fecunda que vive de “la dulce y confortadora alegría de la evangelizar”.

Esta última frase, de Pablo VI, parece, según se ha reconstruido del relato de algunos cardenales, el punto de inflexión que terminó por convencerlos de que aquel obispo, venido del fin del mundo, era en efecto la persona que el Espíritu Santo quería para orientar, cual buen pastor, la Iglesia en este momento de la historia.

Lo demás ya lo conocemos. Los viajes, encuentros, mensajes y gestos, todo, va en esta línea. Lo importante es que de la admiración por el Papa pasemos con decisión a poner en práctica, sin miedo ni cálculo, todo cuanto nos orienta y da ejemplo.

La misericordia, tan presente en su magisterio, es la vía para salir de nosotros mismos y salir al encuentro del otro, de los otros, allá donde se encuentran, dirigiendo las fuerzas a hacerles sentir el amor de Dios.

Cada quien en su realidad y haciendo lo que le corresponde podremos entonces sí, contribuir a hacer realidad esa iglesia en salida que por cuatro años ya, sueña y lucha el Papa Francisco.

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