El Dios de Joel

  

El Dios de Joel hace gala de su bondad. Siempre vence su misericordia, que no tiene medidas humanas, y puede provocar la conversión de su pueblo, no ante amenazas ni castigos, sino gracias a su misericordia, su clemencia y su perdón.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica CENACAT

 

Los cambios climáticos tan acelerados que estamos viviendo, el terremoto de Cinchona, Vara Blanca y Nicoya, ocurrido hace algunos años en Costa Rica, el terremoto de Haití que sucedió hace también cierto tiempo y otras catástrofes, a todos nos han puesto a pensar… Encima, la muerte de muchos inocentes en manos de la delincuencia desatada, la violencia, la crisis económica que nos golpea y tantas situaciones terribles, como los accidentes, desgracias, enfermedades súbitas y demás, a muchos les hacen pensar si será que Dios se ha olvidado de nosotros, si nos estará “castigando” o por qué suceden todas estas cosas.

Por eso, algunas personas han dicho que todo esto sucede para que la gente “se ponga con Dios”, porque la humanidad vive como si Dios no existiera, porque el Señor castiga “sin palo ni azote” como decían nuestros abuelos. Incluso, un conocido predicador evangelista, anfitrión del Club 700, llamado Pat Robertson, culpó a los haitianos del terrible terremoto que los azotó, debido, según él,  a un pacto con el Diablo. Robertson señaló que los haitianos buscaron su libertad y Satanás aceptó y expulsó a los franceses. Según este predicador, el “pacto con el Diablo” tuvo el efecto deseado y los haitianos lograron su independencia, pero desde entonces fueron maldecidos. 

Todo esto estimula una religión del miedo y del temor entre nosotros; es por eso que “hay que cambiar”, según esta mentalidad. Ante ello: ¿Qué nos puede decir al respecto el profeta Joel, del que tratamos el domingo 24 de mayo del 2009,  en el Eco Católico? El Dios de Joel ¿es un Dios castigador, vengativo o todo lo contrario? La primera lectura del Miércoles de Ceniza nos puede dar luces al respecto, cuando dice:

“Pero aún ahora  -oráculo del Señor-  vuelvan a mí de todo corazón,  con ayuno, llantos y lamentos.  Desgarren su corazón y no sus vestiduras,  y vuelvan al Señor, su Dios,  porque él es bondadoso y compasivo, lento a la ira y rico en fidelidad  y se arrepiente de sus amenazas.  ¡Quién sabe si él no se volverá atrás y se arrepentirá,  y dejará detrás de sí una bendición: la ofrenda y la libación  para el Señor, su Dios! 

¡Toquen la trompeta en Sión, prescriban un ayuno convoquen a una reunión solemne, reúnan al pueblo convoquen a la asamblea,  congreguen a los ancianos,  reúnan a los pequeños  y a los niños de pecho!  ¡Que el recién casado salga de su alcoba  y la recién casada de su lecho nupcial! 

Entre el vestíbulo y el altar  lloren los sacerdotes, los ministros del Señor y digan: “¡Perdona, Señor, a tu pueblo,  no entregues tu herencia al oprobio,  y que las naciones no se burlen de ella! ¿Por qué se ha de decir entre los pueblos, dónde está su Dios?” El Señor se llenó de celos por su tierra  y se compadeció de su pueblo…” (Jl 2,12-18)

El texto anterior lo encuadramos dentro de dos acontecimientos o situaciones, que estaban viviendo el profeta Joel y su pueblo: una terrible plaga de langostas o chapulines, que asolaron el país y las cosechas, así como una tremenda sequía (Jl 1,2-12). La plaga es comparada a un descomunal y poderoso ejército invasor (como el de los asirios o babilonios, comunes en aquellos años). Estas situaciones dramáticas y duras para el pueblo elegido, las veía el profeta como anticipo del “Día del Señor” (Jl 2,1-11), descrito con rasgos apocalípticos.

Hemos de tomar en cuenta que, en aquellos tiempos, la gente pensaba que toda desgracia o catástrofe era un castigo del Señor (esta idea no está del todo desterrada en algunos cristianos hoy día, como hemos visto). De allí que, ante la amenaza del castigo que se avecina, el profeta Joel invita al pueblo a la penitencia, a una renovación de corazón y a celebrar como comunidad una liturgia penitencial.

Joel llama a la conversión, a “rasgar los corazones y no los vestidos” (práctica común en Israel de romperse la ropa en señal de penitencia), así como  a volver a Dios de todo corazón. La mención del corazón, que es considerado el órgano de las profundas decisiones y la sede de la conciencia moral, es una forma de invitación a una profunda renovación personal y comunitaria, a una espiritualidad traducida en interiorización más que en ritos y gestos. Se deja en las manos del Dios misericordioso, el recurso a la compasión y al perdón, con actitud humilde, confiada y sincera. El pueblo es convocado por el toque de trompeta, desde los niños hasta los adultos; los sacerdotes imploran el perdón divino y, ante esto, Dios responde con compasión y misericordia, ante la súplica, ayuno, llanto y conversión de todo su pueblo (v.18).

Notemos en el texto la convicción acerca del Dios misericordioso de Joel: “vuelvan al Señor, su Dios,  porque él es bondadoso y compasivo, lento a la ira y rico en fidelidad  y se arrepiente de sus amenazas” (v. 13). Y agrega que Dios puede arrepentirse del castigo y cambiarlo todo por bendición, si hay un arrepentimiento sincero y puro nacido del corazón: “¡Quién sabe si él no se volverá atrás y se arrepentirá y dejará detrás de sí una bendición: la ofrenda y la libación  para el Señor, su Dios!” (v.14) Una idea que también aparece en la historia de Jonás, en boca del rey de Asiria (Jon 3,9). Y luego, una conclusión muy consoladora, en el v.18: “El Señor se llenó de celos por su tierra  y se compadeció de su pueblo”.

El Dios de Joel hace gala de su bondad. Como nos recordaba Oseas: Dios es Padre/Madre para Israel (Os 11,1-11). Siempre vence su misericordia, que no tiene medidas humanas, y puede provocar la conversión de su pueblo, no ante amenazas ni castigos, sino gracias a su misericordia, su clemencia y su perdón (v.13), invocados con la duda humilde, de quien deja los plazos de gracia en sus manos (v. 14). 

 

Por eso, al final responde a su pueblo arrepentido, cuando el autor de este texto hace una afirmación general (v.18), en tono solemne, del cambio de situación, que Joel atribuye al amor deferente y compasivo del Señor, a tal punto que más adelante, les prometerá una abundante efusión del Espíritu (Jl 3,1-5), acontecimiento que bien sabemos, se cumplió aquel día en la fiesta judía de Pentecostés, con la llegada del Espíritu Santo (Hech 2,17-21).

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