Mi esposo me fue infiel… ¿qué hago?

 

“Monseñor: Eso precisa y dolorosamente me siento yo -traicionada-, acabo de enterarme que mi esposo me ha sido infiel. Soy católica y conozco lo que Jesús dijo a Pedro acerca del perdón: ¡Hay que perdonar setenta veces siete! ¡Qué fácil es decirlo! Esto me está enfermando. Si no fuera por mis hijos, ya me hubiera ido… ¿Qué puede haber entre él y yo después de esto? Mi amor hacia él se me ha cambiado en rabia, y ni quiero verlo”.

Una traicionada – Costa Rica


He leído y vuelto a leer, estimada Señora, su corto mensaje, que rezuma precisamente dolor, rabia, indignación y profunda sensación de rechazo… Sabe usted decirlo tan claramente, cuando añade: “¡Ni quiero verlo!”

El daño moral y la herida psicológica causados por la infidelidad son “enormes”. Mis muchos años de experiencia sacerdotal, me lo confirman. Me han hecho comprender vivencialmente el por qué Jesús en su diálogo con el joven rico (cfr Mc 10, 19) ponga el adulterio como el pecado más grave después del “matar”. Recordando lo fundamental del Decálogo, Jesús le dice a aquel joven: “No mates, no adulteres, no robes…”

¿Y qué hacer ahora? No hay una respuesta única, porque las circunstancias de una posible infidelidad pueden ser muy distintas. Puede ser un caso aislado que indique más fragilidad que falta grave de amor hacia la propia esposa, o puede ser expresión de un “alejamiento” que ya se estaba dando entre la pareja; y que de hecho el esposo se sienta, desgraciadamente, más parte de la vida de la mujer con que ha adulterado…

En cualquier caso, estimada Señora, le aconsejo que hable con un sacerdote o con un matrimonio amigo, cristiano y de experiencia, que conozcan a usted y a su marido y vean qué se puede hacer. A la vez, le animo a que se conceda un adecuado período de “duelo”, lo cual podría implicar también una posible y dolorosa depresión… De este modo, también pidiendo ayuda profesional si lo ve necesario, se va preparando a ofrecer el perdón, pero sin que esto signifique quitar importancia o gravedad a un acto o serie de actos que -como ya dije- después del homicidio, es el pecado más grave.

Como usted ha escrito, es fácil hablar de perdón, pero sabemos que su práctica, a veces, exige verdadero heroísmo, además de la ayuda de la Gracia de Dios. Sin embargo, el amor a la propia familia, a los hijos y, también a la persona a la que un día le ha jurado usted fidelidad, bien pueden impulsarla a este momento de heroísmo. Ánimo, mi estimada Señora y sepa que, a su necesaria e imprescindible oración, se une también la mía.