Dios, alegre y fiestero

 

¿Dios es implacable y castigador? Sofonías nos ofrece “la otra cara de la moneda” de cómo es el Señor con nosotros.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT

 

Después del reinado de Manasés y de su hijo Amón, época de idolatría y de tremenda crueldad (2 Rey 21), subió al trono de Judá el joven rey Josías, hijo de Amón. Josías tenía 18 años cuando fue coronado y reinó 31 años, muriendo trágicamente (2 Rey 22,1-3; 23,29-30). Al comenzar su reinado dejó oír su voz el profeta Sofonías, rompiendo el silencio de los profetas, que duró 57 años después del profeta Isaías. Sofonías anunció terribles castigos a todo Judá y a Jerusalén por sus crímenes e idolatría, como ya vimos el domingo antepasado. Al final de las amenazas de destrucción y muerte, Dios hizo una promesa: dejará con vida a un resto de pueblo que es humilde y pobre y que sólo espera en Yahvé (ver el artículo del domingo anterior).

Es la primera vez que se llama “pobres” a los que esperan en Dios. No se trata solamente de la pobreza material y física, sino de la actitud ante Dios, de quien sabe que no tiene nada y está dispuesto a recibirlo todo. Desde ahora los “pobres de Yahvé” serán quienes esperen la salvación confiando solamente en Dios. Por eso, no todo es castigo ni amenazas en los profetas y mucho menos en Sofonías, que nos regala el bellísimo himno con el que termina su libro, texto que meditamos en los días de Adviento y en el cual nos presenta a su Dios alegre, como un joven fiestero, como alguien que se alegra con su pueblo salvado:

¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén!  El Señor ha retirado las sentencias que pesaban sobre ti  y ha expulsado a tus enemigos.  El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti,  ya no temerás ningún mal.

Aquel día, se dirá a Jerusalén: ¡No temas, Sión, que no desfallezcan tus manos! ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti,  es un guerrero victorioso!  Él exulta de alegría a causa de ti,  te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría, como en los días de fiesta… (Sof 3,14-18ª).

El profeta Sofonías, interpreta con estas palabras el deseo de renacer de la ciudad de Jerusalén, tras el período del rey Manasés, idólatra, cruel y violento. Se trata de un renacer a la vez espiritual y civil. La destinataria de estas palabras es la “hija de Sión”  o “hija de Jerusalén”, que, con estos títulos, designa a la misma ciudad, pero que tal vez aluden también a algo nuevo que va a realizar el Señor. 

En el texto profético se cruzan diversos temas, todos se repiten al menos dos veces, y es que la repetición subraya la urgencia de la exhortación, a fiarse de esta palabra de esperanza. La invitación a la alegría nos da el tono fundamental. El profeta recurre a todos los vocablos posibles para manifestarlo: “¡Grita de alegría!... ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén!”, es ese gozo interior que se manifiesta exteriormente con la participación de toda la comunidad. Pero el aspecto más interesante de este sentimiento es que no sólo se trata de un gozo humano, sino también del de Dios: “Él exulta de alegría a causa de ti”. 

 

El Dios  alegre y danzante…

En medio del júbilo y de la invitación insistente a gozar y festejar, Dios es presentado como guerrero, vencedor y bailarín. Al ser desterrado el miedo, el pueblo (Sión) se robustece y consolida. Satisfecho de su hazaña, Dios “baila de contento”. Si el poema del Día del Señor o Día de su cólera, había inspirado el famoso “Dies Irae”, partitura de danza macabra y tétrica, el horizonte final de este texto es otro: el Señor “baila y goza” a causa del porvenir de su pueblo. Pero es un baile en el que la pareja se llama “justicia”, la melodía “pobreza” y el ritmo “humildad”. De allí que este fragmento se abre con el gozo del pueblo y se cierra con el gozo de Dios.

El motivo del gozo es la venida de Dios, que, cancelada toda condena, habita ahora en medio de la ciudad como salvador: “¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti!”.  La salvación a su vez se realiza como una renovación en el amor; “te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría, como en los días de fiesta”.  Para el profeta Sofonías, la salvación está en reafirmar el amor originario de Dios, en volver a encontrar el amor perdido. Es un amor que echa fuera al temor, porque ya no hay motivo para temer cuando Dios manifiesta su amor. Precisamente en este texto se inspirará la escena de la anunciación a María en San Lucas: “Alégrate... El Señor está contigo... No temas...” (Lc 1,28-30).

Como vemos, en el verso 14 el profeta prorrumpe en un grito de júbilo: “Grita de gozo, oh hija de Sión, canta de alegría... porque tu Dios está en medio de ti”. María, la humilde pobre de Yahvé, su esclava disponible, recibirá también el mismo saludo, en el día de la anunciación (Lc 1,28). La Iglesia medita con gozo este bello pasaje de Sofonías, el domingo III de Adviento, del ciclo C y el día 21 de diciembre, feria privilegiada de Adviento poco antes de Navidad,  para infundirnos una alegría desbordante: “¡Grita de alegría, hija de Sión!...  ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén!”  ¿La razón? La Iglesia presiente la inminencia de Cristo –“¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti!”– y no puede contener su gozo; la esperanza, el deseo de Cristo, se transforma en júbilo porque ya viene, está a la puerta. He ahí la gran certeza de la esperanza cristiana.

 

Y, por otra parte, pensar que “Dios es alegre y joven, si es bueno y sabe sonreír”, como canta en su canción homónima, el compositor español Cesáreo Gabaraín, es comprender verdaderamente su faceta más bella, cercana y tierna de Padre, como lo han hecho algunos profetas como Jonás, o como lo hace Jesús en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32), donde el padre de ambos hijos (símbolo de Dios), sabe alegrarse, acoger, perdonar y hacer fiesta y algarabía con el hijo que se había perdido. Sofonías no se quedó con el Dios terrible y “castigador” de su tiempo. Supo presentar también a ese Dios alegre, acogedor y cercano a su pueblo. Supo asomarse al Dios de Jesús… Otro tanto debemos hacer nosotros, para experimentar así su amor misericordioso y su alegría desbordante.

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