El Traspasado

 

Desde que Jesús crucificado fue atravesado por el soldado romano, tenemos en él al verdadero  signo  visible  de un Dios  “herido”  y redentor.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT

 

Presentamos a un enigmático protagonista de la Biblia, del que habla el profeta Zacarías y al que la Iglesia lo presenta en la primera lectura del domingo 12° del Tiempo Ordinario del ciclo C, y que dice así:

Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de súplica; y ellos mirarán hacia mí. En cuanto al que ellos traspasaron, se lamentarán por él como por un hijo único y lo llorarán amargamente como se llora al primogénito. Aquel día, habrá un gran lamento en Jerusalén, como el lamento de Hadad Rimón, en la llanura de Meguido. Aquel día, habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, a fin de lavar el pecado y la impureza… (Zac 12,10-11; 13,1)

 

¿De quién se trata?

 

Resulta que la segunda parte del libro de Zacarías (Zac 9-14), fue muy citada en la primitiva predicación cristiana, que leyó en ella una serie de profecías en torno a Pasión de Cristo. Por ejemplo, Zac 9,9: el Mesías que entra en Jerusalén montado en un borrico en Mt 21,5; Zac 11,13: las treinta monedas de Judas cuando vendió a Jesús en Mt 27,9-10; Zac 13,7: “Heriré el pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”, citado en Mt 26,31, y finalmente este oráculo de Zac  12,10 sobre el Mesías traspasado, al que todos mirarán, es aplicado a Jesucristo en la cruz por Jn 19,37 y Ap 1,7.

Lo primero que se dice, es que sobre ellos (la familia de David y la ciudad santa), el Señor derramará un espíritu de compunción y de petición de perdón (traducción más exacta que la litúrgica: “de gracia y de clemencia”). El profeta se fija en un hecho concreto: el pueblo llora sus pecados al contemplar un personaje muerto por ellos mismos, víctima de la ira popular. Se trata de una acción pasada (“traspasaron”), con relación al autor. ¿A qué personaje se refiere? No lo sabemos a ciencia cierta. Los responsables del crimen y sus descendientes se lamentarán como si se tratara del primogénito, del hijo único. 

Este es uno de los textos del profeta Zacarías más difíciles de interpretar, entre otras cosas por los problemas textuales. Tras haber anunciado la victoria sobre los enemigos y una nueva efusión de la gracia divina, el profeta habla de un enigmático duelo por un personaje ultrajado ¿De quién se trata? Hay un cambio inesperado de la primera persona a la tercera: “Al mirarme traspasado por ellos mismos, harán duelo por mí...” (Zac 12,10). 

La lectura del texto hebreo dice literalmente: “Me mirarán a mí, a quien   traspasaron”. Y  ese “mí” no era el Mesías, sino  Dios mismo. Lo incomprensible  era  la afirmación  siguiente: “ a quien  traspasaron”, en sentido  físico, real  y objetivo; tal  es la fuerza  del término hebreo. Ahora bien ¿cómo  podía  decirse eso de Dios? Sin  duda,  porque lo hecho con cualquiera  de sus ungidos, de sus fieles, era  como si se lo  hicieran   a él. Es la  expresión más similar a la que escuchó Saulo, de labios del Resucitado, camino de Damasco, cuando perseguía a los cristianos (ver Hech 9,3-4), en todo el Antiguo Testamento. Pero, por lo general se traduce: “y ellos mirarán hacia mí… En cuanto al que ellos traspasaron…”

Y por ese traspasado, habrá un llanto  general como por la muerte de un hijo único o un primogénito. Zacarías compara aún ese llanto, con la lamentación que se hacía por Hadad-Rimón, que era probablemente el dios de la vegetación, que se consideraba muerto durante el invierno y, después de llorarlo ritualmente en el pueblo, “resucitaba” con la primavera. El valle de Meguido (v.12) era, además, un lugar de luto por haber sido allí derrotado y muerto el rey Josías, en quien tantas esperanzas religiosas y patrióticas se habían depositado (ver 2 Rey 23,29-30).

Finalmente, al duelo de arrepentimiento seguirá la purificación del pecado, descrita con la imagen ya conocida de una fuente. El reino mesiánico estará libre de toda maldad, especialmente de la idolatría (Zac 13,2). Los profetas de profesión, que habían tenido gran prestigio, especialmente en los tiempos de Amós, caerán en el descrédito hasta el punto de que les dará vergüenza llevar sus vestiduras características (Zac 13,4). Lo cierto es que el Nuevo Testamento ha visto en este traspasado a Jesucristo, quien fue atravesado por la lanza del soldado, cumpliendo así esta profecía (Jn 19,31-37, especialmente en este último versículo que dice: “Mirarán al que traspasaron”.

Efectivamente, nosotros  sabemos  por el Evangelio de San Juan  que, desde que Jesús crucificado fue atravesado por el soldado romano, tenemos en él al verdadero  signo  visible  de un Dios  “herido”  y redentor, cumplimiento pleno del  imprevisible alcance  de nuestro  profeta. Quizás la expresión verbal “traspasaron”, contemplado en Jesús muerto, ha empequeñecido el verdadero mensaje de esta profecía, que no es precisamente fijarse  en el “traspasado”, en Dios hecho hombre, sino que la esencia del oráculo profético se encuentra en que esto se realizará, porque Dios va a derramar sobre ellos  “un espíritu  de  gracia y  clemencia”. Esto era y esto ha de ser lo más importante de esta profecía.  

El Nuevo Testamento reconoce ciertamente un significado mesiánico al pasaje que hemos presentado hoy. Hay ecos de esta profecía no sólo en Jn 19,37 y Ap 1,7, sino también  en los textos del “Unigénito” de Jn 1, 18; 3, 13- 19; Col 1, 15. Estos  versículos de Zacarías, al igual que el pasaje de Os 11 o de Is 43, 24, tratan  de proclamar el misterio de la “pasión”  divina, la reacción de Dios ante los sufrimientos de su pueblo elegido, y especialmente  de su Unigénito, de Jesucristo, su Hijo amado.

Y como el discípulo amado ante la cruz del Señor, aquel Viernes Santo, lo mejor es contemplar como él, este misterio de amor y sangre del Crucificado traspasado, cuando afirma: El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: “No le quebrarán ninguno de sus huesos”. Y otro pasaje de la Escritura, dice: “Verán al que ellos mismos traspasaron…” (Jn 19,35-37).