El mensajero del Señor

 

¿Quién es el mensajero del Señor, anunciado por Malaquías? Lo descubriremos en este segundo domingo de Adviento.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT

 

Aprovechando que estamos viviendo en pleno Adviento, tiempo en que la Iglesia nos prepara a celebrar el nacimiento de Cristo, nuestro Redentor, pero especialmente a su venida al final de los tiempos, su Parusía, el profeta Malaquías nos presenta a un mensajero, el protagonista de hoy, en el siguiente texto (Mal 3, 1-4.23-24): 

Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino  delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Ángel de la alianza que ustedes desean  ya viene, dice el Señor de los ejércitos.  ¿Quién podrá soportar el Día de su venida?  ¿Quién permanecerá de pie cuando aparezca?  Porque él es como el fuego del fundidor  y como la lejía de los lavanderos. Él se sentará para fundir y purificar: purificará a los hijos de Leví  y los depurará como al oro y la plata;  y ellos serán para el Señor  los que presentan la ofrenda conforme a la justicia. La ofrenda de Judá y de Jerusalén será agradable al Señor, como en los tiempos pasados, como en los primeros años

Yo les voy a enviar a Elías, el profeta, antes que llegue el Día del Señor, grande y terrible.  Él hará volver el corazón de los padres hacia sus hijos y el corazón de los hijos hacia sus padres,  para que yo no venga a castigar el país con el exterminio total (Primera lectura del 23 de diciembre, feria de Adviento. O también de la fiesta de la Presentación del Señor, 2 de febrero).

Malaquías, en el Siglo V a. C., vivió en un tiempo de restauración política, que él deseaba que también fuera religiosa. Se quejaba de los abusos que se daban en el pueblo y en sus autoridades. Además, el culto en el templo de Jerusalén, dejaba mucho qué desear, por descuido y pereza de los sacerdotes (ver domingo anterior). Por eso, de parte de Dios anuncia reformas y, sobre todo, el envío de un mensajero que prepare al Señor su misma venida, cuya venida será gracia y justicia a la vez, como fuego de fundidor, que purifica quemando, para que la ofrenda del templo sea dignamente presentada al Señor.

A la pregunta de por qué los impíos prosperan, el profeta contesta que se acerca el día de la justicia divina. La manifestación del Señor será precedida de su mensajero o ángel, que en Mal 4,23 es identificado con Elías. El  Ángel de la alianza es el mismo Señor, que realizará el juicio sobre los pecadores. El título de “Ángel de la alianza” hay que relacionarlo con las expresiones del Antiguo Testamento, donde aparece un ángel como instrumento de la alianza del Sinaí (Éx 14,20-22; 23,20). Por otra parte, la expresión es paralela a la de “Ángel de Yahvé”, que muchas veces equivale a Dios mismo, manifestándose en la historia (Éx 3,2). En nuestro texto de Mal 3,1, la expresión “Ángel de la alianza” es paralela al Señor, y ha de entenderse como un adjetivo explicativo aplicado a Yahvé, que va a realizar una nueva alianza con su pueblo.

El profeta anuncia la llegada de Dios, que viene a  purificar a su pueblo para entrar de nuevo en relaciones más íntimas con él (v.2). Su obra depuradora se ejercerá, sobre todo, en la clase sacerdotal, los hijos de Leví (v.3), contra los que había lanzado los mayores reproches por su infidelidad, como ya hemos visto. El Señor va a actuar como fuego y como lejía para lavar y acrisolar los valores de la clase sacerdotal, de forma que subsistan sólo los que son dignos y fieles a su ministerio. Sólo así podrán presentar sus ofrendas en justicia, con las debidas disposiciones morales en consonancia con su misión. La purificación de la clase sacerdotal, será seguida de la purificación de todo el pueblo de Israel,  que estaba lleno de hechiceros, adúlteros y perjuros y  de opresores de los débiles y desvalidos. Es la contestación a las impaciencias de los fieles, que se lamentaban del triunfo de los pecadores e impíos.

El v.23 parece un eco de Mal 3,1, donde se habla de un “ángel de Yahvé” que prepara el camino del día del Señor, su manifestación justiciera. Este ángel es Elías el profeta, el precursor de ese día grande y terrible, del cual nos hablaban otros profetas. Según la tradición, Elías había sido elevado vivo en un carro de fuego al cielo (2 Rey 2,11-12). Este hecho dio origen a una expectación en torno a Elías, que se refleja en la literatura extra bíblica judía, de la que participaban los discípulos de Jesús y los judíos que iban a oír la predicación de Juan en el río Jordán. Los evangelistas enseñan que esta profecía de Malaquías se cumplió en Juan el Bautista.

En efecto, según Malaquías, una de las misiones de Elías será trabajar por la reconciliación de la sociedad: “convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres” (v. 24). En la mente del profeta, la misión de Elías es preparar moralmente a la sociedad antes de la aparición del día del Señor, para aminorar las proporciones de la catástrofe, como consecuencia de la intervención justiciera de Dios sobre los pecadores.

Los evangelistas han visto el cumplimiento de la profecía en la misión de Juan el Bautista, predicando la conversión a orillas del río Jordán. San Lucas es quien mejor nos da la verdadera clave para interpretar la misión del Bautista: “caminará delante del Señor” (son palabras del ángel a Zacarías), “en el espíritu y poder de Elías, para reducir los corazones de los padres a los hijos, y los rebeldes a los sentimientos de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1,17). El anuncio del profeta Malaquías, de que Dios enviará a un mensajero, prepara en paralelo lo que San Lucas nos cuenta acerca del nacimiento del niño Juan en Lc 1,57-66.

 

Este será el nuevo Elías, el profeta puente con el Nuevo Testamento, que allanará el camino, o lo que es lo mismo, hará posible un cambio radical. La tierra no será destruida porque de la iniquidad se cambiará la fidelidad de los padres a los hijos y de éstos a aquéllos, es decir, armonía afectiva y efectiva como anticipo del Reino de Dios entre nosotros. Por eso, ese mensajero es Juan el Bautista, cuya figura nos invita a un cambio radical, a una sincera conversión (ver los Evangelios de estos domingos de Adviento). Su voz, en este tiempo bellísimo de Adviento, nos invita a la vigilancia, a no vivir dormidos o aperezados, sino con la mirada puesta y el oído presto a escuchar a la Palabra de Dios.

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