La viña del Señor

 

La viña del Señor

 

La viña, símbolo del pueblo de Israel, es cantada por el profeta a su amigo Dios. Escuchémoslo.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT

 

¿Puede una viña ser protagonista en la historia bíblica? Por supuesto que sí, no tanto como plantación o cultivo de uvas, sino como un bello símbolo del pueblo de Dios, tal y como la presenta el profeta Isaías, en su llamado “Cántico de la viña”, como veremos a continuación:

Voy a cantar en nombre de mi amigo el canto de mi amado a su viña. Mi amigo tenía una viña 1en una loma fértil. La cavó, la limpió de piedras y la plantó con cepas escogidas; edificó una torre en medio de ella y también excavó un lagar. Él esperaba que diera uvas, pero dio frutos agrios. 

Y ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, sean ustedes los jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? Si esperaba que diera uvas, ¿por qué dio frutos agrios? Y ahora les haré conocer lo que haré con mi viña: Quitaré su valla, y será destruida, derribaré su cerco y será pisoteada. La convertiré en una ruina, y no será podada ni escardada. Crecerán los abrojos y los cardos, y mandaré a las nubes que no derramen lluvia sobre ella.

Porque la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación predilecta.  ¡Él esperó de ellos equidad, y hay efusión de sangre; esperó justicia, y hay gritos de angustia! (Is 5,1-7. Primera lectura. Domingo 27° del Tiempo Ordinario, 8 de octubre 2017).

Este pasaje, compuesto por el profeta Isaías, es uno de los textos más antiguos de su libro. Se inspiró, con toda probabilidad, en algún canto de vendimia o de cosecha, para expresar la relación entre el dueño de la viña como una imagen de la relación de Dios /esposo e Israel/esposa, que hemos visto por el profeta Oseas. El bellísimo texto de la canción del amigo por la viña, comienza con una canción de amor y termina con una acusación jurídica. El profeta introduce de manera sutil, a través del canto del amigo que ama su viña, un caso de justicia que exige la intervención de sus oyentes. Se presenta en clave matrimonial la relación de alianza entre el Señor (esposo-agricultor) y su pueblo Israel (esposa-viña).

Vayamos al texto. En los cinco primero versículos, se insiste en la acción del viñador, enamorado de su viña, que se esmera en hacer todo lo posible por ella: ¿Qué más se podía hacer por mi viña,  que yo no lo haya hecho? (v.4). Al “hacer” del viñador, que recuerda las acciones salvadoras del Señor a favor de su pueblo, debería corresponder otro tanto la viña, es decir, la práctica de la justicia de parte de su pueblo. Sin embargo, la viña no produce los frutos esperados (uvas), sino frutos que no se pueden comer (agraces o racimos amargos). Es todo un contraste, entre lo que el dueño de la viña ya ha hecho por ella y lo que piensa hacer por ella dentro de poco y, por otro, lo que esperaba recibir de ella y lo que ella le dio…

En el versículo 7 hay un interesante juego de palabras en la lengua hebrea, que pone de manifiesto la oposición entre el fruto esperado por el viñador y el que da la viña: “esperó de ellos derecho (mishpát) y ahí tienen: asesinatos”; literalmente dice: “derramamiento de sangre” (mispáh); “esperó justicia (tsedaqáh), y ahí tienen lamentos”; literalmente dice: “gritos de oprimidos” (seaqáh). 

Es precisamente  en este último versículo, donde se descodifica la metáfora  y el lector descubre lo que, en realidad, le preocupa al profeta. Los que le escuchan se ven obligados a darle la razón, pues la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación predilecta. Efectivamente, el Señor esperaba derecho y justicia. Israel ha de ser una comunidad que practique relaciones positivas, sin abusos ni explotaciones, pero el resultado ha sido funesto: asesinatos y lamentos…

Así pues, la finalidad del precioso canto de Isaías, no es ofrecer una hermosa descripción del pueblo de Israel como viña, sino comunicar un fuerte mensaje teológico de crítica social: en su afán de poder y riquezas, la clase dirigente de Israel oprime a los pobres y desamparados de forma despiadada… El poema también va en consonancia con el texto de Is 3,14, donde el profeta Isaías ofrece una visión negativa de la viña: El Señor entabla un pleito 1contra los ancianos y los príncipes de su pueblo.  “¡Ustedes han arrasado la viña, tienen en sus casas lo que arrebataron al pobre! 

Utilizando una imagen común y corriente de su pueblo, Isaías denuncia la traición del pueblo elegido, incapaz de dar el fruto que Dios espera de él. Eso le valdrá verse desposeído de los privilegios que había usado mal. Un canto de amor apasionado de Dios por su pueblo. La alegoría de la viña le permite describir tan bien la atención que Dios tiene por su esposa, como la venganza que su infidelidad le inspira. La viña será arrasada. Amor apasionado, amor dramático… 

Amor que no tiene más justificación que él mismo. Así, siglo tras siglo, la paciencia de Dios se encontrará frente a la debilidad y a la inconsistencia humana. Hasta que la viña, fiel y capaz de dar frutos de vida divina, surja un día en el corazón de la humanidad: Jesucristo (Jn 15,1-5). También para el pueblo de la nueva alianza, el discurso de Isaías es una llamada de atención. Por eso, la Iglesia relaciona este texto con la parábola de los viñadores asesinos de Mt 21,33-43, que Jesús dirige a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo (ver Mt 21,23).

 

Así, Jesús enseña cómo el pueblo de Israel a lo largo de la historia siempre rechazó las ofertas de vida y salvación del Señor (imagen de los viñadores asesinos, los jefes del pueblo), en especial, el Reino de Dios que, por último, fue traído por Jesús a su pueblo (simbolizado en el hijo asesinado del dueño de la viña, que es Dios). Israel, en sus dirigentes, rechazó esta oferta de gracia que será, entonces, ofrecido a otro pueblo (la Iglesia), que “dé a su tiempo los frutos que al Reino corresponden” (Mt 21,43). Somos llamados a realizar este Reino como don y tarea en la Iglesia, viña nueva de Dios (Jn 15,1-8), y así producir frutos buenos.

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