¿Cómo se dio cuenta de su vocación al sacerdocio y a la vida misionera?

 

“Monseñor, se trata de una “sana curiosidad”: ¿Cómo se dio cuenta de su vocación al sacerdocio y a la vida misionera?, ¿Cómo escuchó la voz de Dios que le llamaba? Sabemos, además, que la mayoría de los sacerdotes y de los religiosos han decidido de su vida en edad temprana… ¿Cómo pudieron estar seguros?

Un Grupo de Amigos - San José.


Claro que sí, su curiosidad es muy sana y ojalá que si alguno de ustedes escuchara la voz de Dios que lo llama, no se resista a su invitación.

Empiezo diciendo que estoy de acuerdo con su observación: la mayoría de las vocaciones son advertidas por los interesados en temprana edad a tal punto que justamente se dice que, inclusive las vocaciones “tardías”, es decir, de personas que se deciden siendo ya un poco mayores, son vocaciones, más bien, “atrasadas”, ya que la inquietud vocacional había sido experimentada con bastante anterioridad.

La vocación es don de Dios y como leemos en el libro del profeta Jeremías, Dios le dijo: “Antes de haberte formado Yo en el vientre materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado y te constituí profeta” (1-5).

La vocación es gracia y como tal inmerecida, que Dios da a quien quiere, aunque la decisión de parte de quien ha sido llamado se dé en distintas edades y por distintas circunstancias… y a veces no se dé, por miedo o por egoísmo o por complejo de culpa debido a pecados cometidos o por otras razones… ya que el corazón humano siempre es un misterio.

¿Cómo se manifiesta la llamada? Primero por una cierta inquietud, que a la vez da alegría y paz, pensando en que pueda realizarse y que hace surgir la pregunta: ¿Y por qué no podría yo ser sacerdote, misionero, religioso o religiosa? Después, si esa “inquietud” es alimentada, se pasa a experimentar una inclinación que ya proyecta al interesado en el futuro, en donde se ve sacerdote, o religioso o religiosa… y siempre con paz, con ganas de ser mejores, de corresponder con generosidad y, especialmente advirtiendo el deseo de mayor contacto con Dios y, entonces, de frecuentar los sacramentos y hacer oración. Y es cuando la semilla de la vocación ya ha germinado.

Si el joven o la joven la cuida, va creciendo y ya uno advierte el impulso de comunicar su santa inquietud a alguien que le pueda ayudar a discernir para ver si hay suficientes actitudes para realizar la deseada vocación. Si el discernimiento es positivo, el joven pide entrar al seminario o a la casa de formación y allá va a tener varios años para completar el discernimiento vocacional y, sobre todo, para forjar un estilo de vida que corresponda al proyecto amoroso de Dios.

 

Se trata, como pueden apreciar, mi querido “Grupo de Amigos”, de un largo camino, pero apasionante, ya que no hay tiempo mejor empleado que el tiempo para descubrir la voluntad de Dios en nuestra vida y para realizarla. Y así, gradualmente, se llega a una deseada y plena identificación vocacional, de tal modo, que uno no logra pensarse a sí mismo más que como sacerdote, misionero, religioso o religiosa… experimentando la verdad de las palabras de Jesús a Pedro: “a los que dejen a padre, madre, familia propia… les daré el ciento por uno y la vida eterna” (cfr Mt 19, 29).

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