Job, hombre bueno y recto

 

El Job bueno hoy son los pobres, los enfermos, los marginados y deshonrados, injustamente relegados, atribulados e incomprendidos, carentes de perspectivas.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT

 

El domingo anterior presentábamos a ustedes a Job, el protagonista de la historia ejemplar que lleva su nombre. Hoy vamos a presentarles al Job bueno, que aparece en su libro en sus dos primeros capítulos. Era un extranjero rico, hombre bueno y recto, temeroso de Dios y que evitaba el mal (Jb 1,1), el justo por excelencia del Antiguo Testamento. Gozaba de prosperidad, algo que podía corresponder a las bendiciones divinas por el hecho de ser un hombre bueno, íntegro y recto, que se supone es premiado por Dios gracias a sus virtudes (aquí vemos que en su persona, su vida y su comportamiento, se refleja la enseñanza tradicional de la retribución, según la cual, Dios premia o castiga en esta vida; especialmente lo primero).

En efecto, si leemos el capítulo 1 de este libro, su protagonista aparece como un hombre dechado de virtudes en todos los aspectos, íntegro en sus costumbres, recto en su proceder y apartado del mal. Un santo del Antiguo Testamento, como Noé. Su comportamiento obedece a que era “un temeroso de Dios”, es decir, un hombre sabio, no que temía a Dios. De su tierra se dice que era oriundo de Us, tierra extranjera que quedaba al otro lado del río Jordán, en territorio de los “hijos de Oriente”.

En recompensa a sus virtudes, el Señor le había dado siete hijos y tres hijas (el número siete es número de perfección). Al perderlos en ciertas catástrofes o desgracias (Jb 1,13-19), al final se dice que el Señor le devolvió el doble, es decir, catorce, mientras que de las hijas le dio tres más (Jb 42,13). La fecundidad familiar era señal inequívoca de las bendiciones divinas, en la tradición israelita (ver 1 Sam 2,5, Rt 4,15). Es decir, a Job no le faltaba más nada para ser feliz…

Y encima, toda una fortuna, una hacienda compuesta “de siete mil ovejas, y tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes y quinientas asnas, además de una servidumbre muy numerosa. Este hombre era el más rico entre todos los orientales” (Jb 1,2). Hoy, hubiera sido un magnate o uno de los hombres más ricos del mundo. Claro está que estas cifras son exageradas para poner de manifiesto la opulencia o riqueza de este hombre, que había sido bendecido por el Señor, gracias a su vida intachable, fuera de lo común.

La virtud y bondad de Job llegaba hasta el punto de preocuparse por las posibles faltas de sus hijos, que durante toda la semana lo pasaban muy bien, comiendo de forma abundante en convites familiares, a los que asistían las hijas del patriarca como invitadas. Cada hijo tenía su casa, mientras que las hijas vivían con su padre. Job no era sólo padre de familia, sino también, según las costumbres de aquellos tiempos, era sacerdote y, como tal, ofrecía sacrificios y holocaustos a Dios, a fin de purificarlos de pecados a sus hijos (Jb 1,4; ver Lev 1). 

Los muchachos, adictos al vino o al licor, era posible que, en aquellas fiestas, se olvidaran de sus deberes para con Dios. De allí que Job, en calidad de padre y sacerdote, los llamaba a purificarse (en hebreo, dice literalmente “a santificarlos”), es decir, someterlos a las diversas purificaciones rituales, para hacerlos entrar en relaciones normales con Dios. El que escribió esta bellísima narración popular, no se cansa de demostrar que, hasta en los más mínimos detalles de su vida, Job era bueno e intachable y que luego, los sufrimientos que le sobrevendrían y las desgracias que le caerían encima, no se las merecía en nada…, pues en todo esto aquel varón  justo procuraba ajustarse y vivir según las exigencias de la santidad divina: “esto lo hacía Job cada vez” (Jb 1,5).

 

¿Fin de una historia feliz y de un hombre bueno?

Pero, como siempre pasa, no toda dicha es eterna, ni la felicidad dura para siempre. Tanta bonanza no podía permanecer, como si en la vida real todo fuera tan fácil. Cierto día, comenzaron para Job una serie de calamidades y desgracias sin cuento, a causa de las intrigas del “satán” (no el Diablo), ante Dios, que ponía en tela de juicio la bondad e integridad de Job y del que el Señor se sentía orgulloso: “no lo hay en la tierra nadie como él” (Jb 1,8). Y, al fin, lo pierde todo: todas sus riquezas, sus hijos y hasta la salud, quedándose en la miseria, en medio de cenizas (ver Jb 1,8-2,13). Solamente sus amigos llegaron a consolarlo en su dolorosa situación. Aun así, Job se mantuvo fiel, paciente, resignado a su nueva situación, sin protestar ni rechistar, pensando que todo aquello era venido de Dios, tanto los bienes como los males (Jb 1,20-22; 2,10). Ni su enfermedad lo doblegó: “en todo esto ni pecó ni maldijo a Dios” (Jb 1,22; 2,10).

 

¿Qué podemos aprender de Job bueno?

Basta con verlo y observar sus reacciones, cuando, en los comienzos de su libro, se nos cuenta que pierde a sus hijos y todos sus bienes. Más bien, bendice y alaba a Dios en lugar de culparlo, aunque luego, en su ardua lucha, lo va a cuestionar e interpelar directamente. En este sentido, Job es un modelo para nosotros porque, a pesar de su crisis, no se aparta de Dios. Como él, cuando los problemas nos abruman, cuando el sufrimiento o el dolor tocan nuestras puertas, cuando las desgracias nos hacen casi perder la fe y, lo peor, cuando pensamos que todo eso “son pruebas o castigos de Dios”, podemos seguir confiando en el Señor. 

Si en los momentos más difíciles de la vida, nos abandonamos en las manos del buen Dios, nuestro sufrimiento se convierte en una oportunidad para crecer y madurar. En este sentido, el Job bueno y paciente que conocemos es punto de referencia, de toda persona que se enfrenta ante algo que no puede controlar, cambiar o evitar. Y ante esta realidad que a todos, tarde o temprano nos sucede, podemos enfrentarlas, ante Dios, de dos formas:

O aceptamos humildemente lo que nos pasa como algo que del todo no entendemos, confiando en la sabiduría divina, o simplemente “maldecimos” o renegamos de Dios, de modo que él puede ser tenido como alguien a quien le encanta hacernos sufrir. El Job bueno hoy son los pobres, los enfermos, los marginados y deshonrados, injustamente relegados, atribulados e incomprendidos, carentes de perspectivas. Pero es, precisamente, como Job, donde los principios y el carácter de una persona, se ponen de manifiesto cuando sobrevienen las desgracias. Y es allí donde puede ser probada su autenticidad religiosa y su fe. Él es el modelo del hombre piadoso y justo. Pero, falta el “otro Job” de esta historia y a quien veremos el próximo domingo.

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