El Job que protesta

 

No siempre aceptamos que el dolor o las penas así como vienen… Job protesta y hasta maldice… ¿Nos vemos reflejados en él?


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT

 

Estamos presentando a Job, el protagonista de la historia que lleva su nombre. El domingo anterior vimos al Job bueno y justo, temeroso de Dios, paciente y resignado a los sufrimientos que le sobrevinieron. Pero ¿realmente fue así? ¿No será que detrás de esa imagen de varón humilde y piadoso, que sufre sin renegar ni maldecir a Dios, se ocultaba al Job que se debate ante el dolor, máxime siendo inocente? 

En efecto, si leemos el cuerpo del libro de Job, vale decir, los capítulos 3 al 41, la imagen de Job es muy distinta de la anterior. Es un Job que protesta, rebelde, casi blasfemo, que se atreve a decir, lo que muchas nosotros no nos atrevemos a expresar, especialmente cuando la vida se vuelve insoportable y nos vienen los sufrimientos. De manera que el lector contempla sorprendido a este Job que sufre inocentemente, que protesta enérgicamente y lo hace en nombre de la vida, por sus sinsentidos. Es una protesta dramática, hasta el punto de desearse la muerte… Hemos heredado la forma anterior de ser presentado este patriarca como modelo de paciencia, debido a la incorrecta traducción de la palabra griega hypomoné en Sant 5,14, traducida por paciencia, cuando en realidad es perseverancia, constancia y tozudez.

Nunca nadie insultó tanto a Dios como Job. Ningún otro personaje bíblico le dirigió palabras tan injuriosas y agraviantes. Ni siquiera los enemigos de Dios en las Sagradas Escrituras se atrevieron jamás a proferir los ultrajes e insolencias que oímos de labios de Job contra el Señor. ¿Dónde está la paciencia de Job? ¿De dónde hemos sacado esa figura callada y sumisa que todos conocemos? Ya hemos dicho que de los capítulos 1 y 2 de su libro.

 

Amargas quejas

Vimos llegar a sus tres amigos, llamados Elifaz, Bildad y Sofar, a visitarlo en medio de su terrible dolencia (Jb 2,11-13). Durante siete días Job se mantuvo en silencio. Pero finalmente no aguantó más y comenzó a proferir amargas quejas. Maldijo el día de su nacimiento, maldijo a sus padres por haberlo concebido y maldijo a Dios por haberle dado la vida, lamentándose no haber muerto en un aborto (Jb 3).  Todo el libro, pues, consiste en una larga discusión entre Job y sus tres amigos. Éstos quieren convencerlo de que algún pecado debió haber cometido para sufrir de esa manera, pues Dios no manda desgracias injustamente; para ellos, Job haría bien en revisar su vida y arrepentirse para que Dios lo perdone y le devuelva la felicidad.

La postura de los tres amigos representa, como hemos dicho, la doctrina oficial que el autor quiere criticar, es decir, lo que los teólogos del siglo V a. C. repetían a la gente para explicar el problema del dolor. En cambio Job representa lo que el autor pensaba. Y por eso, enfurecido contra sus tres visitantes, los tilda de “charlatanes”, “médicos matasanos”, “que sólo muestran inteligencia cuando se callan”. Y a sus enseñanzas las llama “recetas inservibles” y “fórmulas de porquería”.

En sus largos y airados discursos Job  se lanza incluso contra Dios, que en realidad no es más que la imagen de Dios que la teología de la época mostraba. Y lo acusa de cosas terribles: de ser un malvado, una fiera, un triturador de cráneos; de gozar con el sufrimiento inocente, de ser caprichoso, de no escuchar la oración de nadie, de estar de parte de los malvados. Y en el colmo de su ira llega a negar las cualidades principales de Dios: su bondad, su santidad, su sabiduría y su justicia. Jamás nadie se había atrevido a insultar tanto a Dios. Y, para colmo de su cólera, Dios permanece callado, no le responde…

Pues bien, a lo largo de su libro, Job aparece como un rebelde y contestatario. Acusa a Dios de tratarlo gratuitamente como un enemigo y, por lo tanto de ser injusto. Esta cuestión plantea la pregunta sobre “la clase de Dios”, con quien tiene que vérselas Job. Su imagen de Dios es muy distinta de la que profesan sus amigos, que no dejan de argumentar contra él la doctrina de la retribución y no salen de sus esquemas mentales y conclusiones teológicas.

Aun así, Job no pierde la fe, pero en su desesperación asume actitudes contradictorias. Por un lado, quiere que Dios se olvide de él y le dé un respiro en tanto dolor, pero, por otro, lamenta al mismo tiempo que le esconda su rostro: “Si supiera cómo encontrarlo, cómo llegar a su morada”, exclama (Jb 23,3). En el mundo reina la injusticia y eso le hace sentir que Dios está ausente, o al menos, que es indiferente a lo que sucede en el mundo (Jb 24,1-17). Hay un desencuentro entre el Dios de la retribución, sobre el cual él “oyó” (ver Jb 42,5) y su experiencia sufriente.

 

No todos los que sufren son pecadores

Job tiene fe en Dios y en el fondo de su ser confía que llegará a encontrarse con su Dios y que él le hará justicia (Jb 19,25-27). Por momentos se muestra seguro de que al final de cuentas será justificado (Jb 23,3-4.10; ver 14,15-17), pero en otros momentos siente a Dios como alguien implacable (Jb 9,13-16; 23,13-15), y ya no espera ser absuelto. 

En fin, se debate entre su inconformidad y su fe, entre su inocencia la que grita sin cesar y la confianza en Dios, así como su búsqueda de una explicación coherente que le haga ver cuál ha sido su pecado, por el que mereció tantas desgracias (Jb 10,2) y ante el cual, sus amigos no hayan podido darle respuesta.

En su comportamiento, sus reacciones y su protesta airada, se reflejan las personas que no logran comprender ni aceptar el sufrimiento del inocente. Pero Dios lleva a Job de la mano a considerar su situación de ser limitado, de criatura, de su fragilidad, incapaz de comprender y dominar todas las vicisitudes de la vida. Al final, Él le responde de otra forma, sin explicarle la razón de sus sufrimientos, ni del problema del dolor (Jb 38,1-42,6). Así, aunque el autor de su libro no aporta ninguna solución al enigma del dolor, al menos realiza un descubrimiento importante: que no todos los que sufren son pecadores ni están pagando alguna falta personal; que puede existir gente inocente y buena que esté sufriendo, como Job, aunque la razón de este sufrimiento no sea posible conocerla, sino que está reservada solamente a Dios.

Por eso, los cristianos no debemos emplear el libro de Job para consolar las angustias y sufrimientos de nuestra vida porque, como vemos, su respuesta aún es incompleta e insuficiente. Pero conocer el trasfondo de esta obra, ayuda a entender cómo Dios no violenta el conocimiento de los seres humanos, sino que los va llevando mediante una pedagogía progresiva, hacia una mejor comprensión de su proyecto, de sus ideas y de su amor, a lo largo de la historia.

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