¿Hasta qué punto Dios interviene en nuestra vida?

“Buenas tardes, Monseñor, espero en el Señor que se encuentre bien. Con suma humildad y temor de Dios me atrevo a recurrir a usted con el fin de aclarar dudas que ocasionan que mi fe flaquee. Por favor, ilumíneme. Creo firmemente en nuestro Señor Jesucristo, pero al momento de creer en el Él, en sus promesas, caigo en la desilusión y siento que Dios sólo nos observa y no interviene en nuestras vidas. A pesar de que le clamemos para que nos socorra en equis situación, Él no actúa. Eso hace que me embargue un sentimiento de soledad y tristeza. Ahora bien, teniendo en cuenta que nuestro destino ya está escrito (recordemos que todos nuestros cabellos están contados) ¿Significa esto que Dios respeta tanto nuestro libre albedrío que llevar una vida de fracaso es sólo culpa nuestra? Monseñor, le pongo en mis oraciones y le agradezco su atención”.                

Didier E. Díaz S. - San José

Estimado Didier Eduardo: En su  correo me expone usted dos dudas que están en muy clara conexión, pero creo conveniente dejar para una próxima oportunidad el poder iluminar la segunda. Es por eso, que aquí transcribo solo la primera.

Usted toca un punto o una… tentación que con mucha frecuencia se da en la vida de todo creyente. Tenemos la tentación de pensar que Dios no interviene en nuestra vida. Y que Él es el gran Ausente porque no interviene como quisiéramos… Y no advertimos que si Dios tuviera que intervenir como a cada uno le plazca o desea, eso significaría que Dios ya no es Dios, sino Alguien a nuestro total servicio. Concretamente Aquel que me debería asegurar salud, éxito, familia perfecta, prosperidad… porque se lo pedimos y Él nos ha dicho que nos escucha.

Claro que Dios actúa en nuestra vida. Él es nuestro Padre, nos ama y lo tiene en cuenta todo, y no como el que observa desde lejos, indiferente. Jesús lo afirmó con toda claridad: “Mi Padre siempre trabaja y yo con Él” (Jn 5, 17) y San Pablo de su parte escribió: “Por lo demás sabemos que Dios interviene en todas las cosas para el bien de aquellos que le aman” (Rm 8, 28).

Sin embargo, eso no significa que Dios deba intervenir como nosotros quisiéramos. Como ya dije, si así fuera, nosotros seríamos el Señor, y Dios sería el “siervo” a nuestra disposición. 

No se sorprenda, esta es una tentación muy común. Encontramos un ejemplo muy claro en los Hechos de los Apóstoles. Jesús, al momento de la despedida, antes de la Ascensión, se reunió con los suyos y éstos contemplándolo vivo, victorioso de sus enemigos, Señor de la vida y de la historia, le preguntaron: “¿Señor, es ahora que vas a instaurar el reino de Israel?” (cfr Hch 1, 6)… Una vez más, se describe aquí, la tentación de poner a Dios al servicio nuestro, de nuestros deseos y proyectos. Los apóstoles querían que Cristo instaurara su reino, y que Él rechazara a los invasores romanos.

Jesús, en esta ocasión, no les dirige ningún reproche… Sólo les dice: “No toca a ustedes conocer el tiempo y la ocasión que el Padre con sola su autoridad soberana ha señalado” (Hch 1, 7). Jesús llama la atención de los apóstoles hacia otro nivel en que deban descubrir la intervención de Dios. Les promete que recibirán la fortaleza del Espíritu Santo, un poder de lo Alto que les asegurará la fidelidad a la doctrina de Cristo y que los capacitará a dar testimonio de Él en Jerusalén, en toda Judea, Samaria y hasta los últimos confines de la tierra.

Como puede apreciar, don Didier, la intervención de Dios es totalmente clara, Él nos da su Espíritu para que en cualquier circunstancia, positiva o negativa, demos testimonio de Él, siempre.

Todo esto no quita que Dios, de vez en cuando, cumpla con algún milagro, como puede ser la curación de un cáncer mortal, asegurarnos un buen empleo, etc., etc. Dios, en su providencia, lo hace para sostener y alentar nuestra fe. Jesús mismo lo dijo a los de su tiempo: “Si no quieren creer mí, crean por mis obras” -señales milagrosas- (Jn 10, 38).

Los milagros, pocos o muchos, son “signos que Dios nos da para que creamos, pero sería injusto pretender que Él cumpla milagros a nuestro antojo.

Es plenamente verdad que Dios respeta nuestra libertad. Al respecto siempre conviene recordar las siguientes dos citas bíblicas: Eclo 15, 14 en que leemos: “Dios desde el comienzo a creado al ser humano y lo ha dejado en manos de su libre albedrío”. Juntamente, con la otra de Apoc 3, 20: “Estoy a la puerta y llamo, si alguien me abre entraré y cenaré con él”. Como lo decía un antiguo refrán latino, “cada uno de nosotros es artífice de su propio destino”. Sin embargo, hay circunstancias que no dependen en absoluto de nuestra libertad, como puede ser una enfermedad que nos limitó desde la infancia u otras circunstancias familiares, culturales, ambientales… de las cuales no somos responsables y que, sin embargo, pueden colaborar para que tengamos una vida que, a los ojos de los hombres, resulte “de fracaso”. Sin embargo, sólo Dios puede ver si realmente esa vida haya sido y sea de fracaso. Aunque así la podamos juzgar según los criterios mundanos, no significa en absoluto que lo sea a los ojos de Dios. ¿Ha sido un fracaso que Jesús haya terminado en la cruz?...

Don Didier, pidámosle al Señor que aumente nuestra fe; una fe que sea, ante todo, abandono en las manos de Dios nuestro Padre, con la certeza de que de un aparente fracaso puede brotar el triunfo en otro nivel… Mi fundador, San Daniel Comboni, acababa de cumplir 50 años y todo su proyecto misionero parecía haber caído en un total fracaso. Pero él ya muy enfermo, cuatro días antes de morir escribió: “Soy feliz en la cruz, que llevada por fe engendra el triunfo y la vida eterna”. Y así fue. Hoy en día somos unos 23 institutos misioneros que directa o indirectamente, intentamos vivir de su proyecto misionero.

Monseñor Vittorino Girardi S.

Obispo emérito de Tilarán-Liberia 

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