¡Vengan a comer!

También la sabiduría aparece como mujer anfitriona, que invita a todos a su mesa “eucarística”.

Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, Cenacat

Cuántas veces hemos escuchado de nuestras madres o de quienes nos invitan a su casa, esta frase que a todos nos gusta… Pues bien, hay otra “mujer”, en el libro de los Proverbios, que nos hace esta invitación y cuya lectura escuchamos en el texto de Prov 9,1-6, el domingo 20° del Tiempo Ordinario, ciclo B:

La Sabiduría edificó su casa, talló sus siete columnas,  inmoló sus víctimas, mezcló su vino, y también preparó su mesa.  Ella envió a sus servidoras a proclamar sobre los sitios más altos de la ciudad: “El que sea incauto, que venga aquí”. Y al falto de entendimiento, le dice: “Vengan, coman de mi pan, y beban del vino que yo mezclé.  Abandonen la ingenuidad, y vivirán, y sigan derecho por el camino de la inteligencia”

 Contexto de este pasaje

Esta invitación de la sabiduría anfitriona, lo encontramos dentro de los capítulos 8 y 9 del libro de los Proverbios y forman un solo canto a la sabiduría. El autor sagrado la introduce en escena personificándola. Semejantes cantos y personificaciones ocurren con frecuencia en toda la literatura bíblica sapiencial, a cuyo género pertenece el libro de los Proverbios. Ya de esta “mujer anfitriona” presentábamos un artículo el domingo 20 de agosto del año 2006, en estas páginas del Eco Católico. El tema de la mujer es muy común en la literatura sapiencial, hasta el punto de que la misma Sabiduría divina se personifica en la mujer ideal (ver Prov 31,10-31).

Veamos el texto en cada una de sus partes:

- Las siete columnas (Prov 9,1): el número siete es símbolo de perfección; existe una teoría que propone de que las siete columnas son siete poemas de igual expansión contenidos en los capítulos 2-7 del libro de los Proverbios. Esta estructura no se habría conservado en el estado actual del texto. Otra teoría propone que las siete columnas de la casa de la sabiduría podrían aludir a su perfección (el número siete goza del simbolismo de cierta cifra perfecta en la Biblia), pero más probablemente se refieren a las siete colecciones de proverbios, que se incluyen en este libro después del Prólogo (1,1-9,18): la primera de Salomón (10,1.22,16), las Sentencias de los sabios (22,17-24,22), otras Máximas de los sabios (24,23-34), la segunda de Salomón (25,1-29,27), las Palabras de Agur (30,1-14), los Proverbios numéricos (30,15-33) y las Palabras de Lemuel (31,1-9). Al ser siete las colecciones presentadas, se está simbolizando la perfección de la sabiduría enseñada en el libro, que abarca tanto la propia de Israel como la de los pueblos vecinos.

- El banquete (Prov 9,2) La carne y el vino son alimento de fiesta; es de destacar la diferencia con la mesa de la Necedad en la que solamente hay agua y pan (Prov 9,17), como veremos el próximo domingo. El banquete, especialmente en el mundo oriental antiguo, era signo de esplendidez y de gratuidad, de comunicación y participación. Quien participaba en él, se identificaba con el que lo ofrecía, entraba en la misma atmósfera y compartía no sólo la mesa, sino también la conversación, el pensamiento y la alegría.

- El pan y el vino (Prov 9,5): La imagen del banquete como la del “vino mezclado” están empujando al lector hacia ese ámbito del amor desde el cual la sabiduría alcanza toda su plenitud. De ahí que el autor haga, a lo largo del libro, una ferviente llamada a buscar y amar la sabiduría, como también a dejarse amar por ella (ver Prov 4, 8; 7,9). De forma que esa persona ha de considerarse dichosa (Prov 9, 34). Pero también el pan y el vino servidos evocan el banquete eucarístico, parece una anticipación del banquete celestial (Mc 14,25). 

Desde una lectura cristiana de este texto de Prov 9,1-6, en Jn 2 y Jn 6, Cristo no sólo ofrece el vino de la sabiduría y el pan de la enseñanza, sino también su carne y sangre eucarísticas. Este lenguaje recuerda al israelita el banquete escatológico prometido por el Señor en Is 25,6 y en Is 55,1-5. Los cristianos pensamos espontáneamente en la parábola del banquete nupcial (Mt 22,1-14) y en el banquete mesiánico servido por el mismo Cristo (Lc 12,37; Mt 8,11). El banquete eucarístico está también representado como hemos apuntado antes.

Como vimos el domingo anterior, en el capítulo 8 aparece la sabiduría como la primera criatura de Dios que lo acompaña en todas las obras de la creación. Pero la personificación poética de la sabiduría, no implica por sí sola la afirmación de una persona realmente existente fuera de Dios: se trata de un canto de alabanza al Creador que hizo todas las cosas sabiamente. El sentido literal de este canto de Prov 9,1-6 no dice tampoco nada sobre la existencia de la segunda persona divina, el Hijo de Dios y Sabiduría del Padre. Esto, como vimos, lo hará San Juan en el prólogo de su Evangelio (Jn 1,1-18).

Siguiendo el juego literario de la personificación, el autor sagrado, en la segunda parte de su himno (capitulo 9), nos habla de la Sabiduría que edifica su casa entre los hombres y prepara un banquete para todos los que lo desean.  

Así pues, en cualquier caso se trata de una sabiduría que viene de Dios para los seres humanos. 

Y ahora, viendo las cosas desde el Nuevo Testamento, especialmente desde el prólogo al Evangelio según san Juan, podemos descubrir una intención más profunda en este himno, sobre todo si tenemos en cuenta el dinamismo profético de unas palabras que son también palabras de Dios y no sólo del autor sagrado: Cristo es en realidad aquella Sabiduría (o Palabra) de Dios que “era ya en el principio de todas las cosas, por quien todas éstas fueron creadas”, “que habitó entre nosotros”, “en quien puso el Padre todas sus complacencias”, que vino al mundo “para que tengamos vida y la tengamos abundante” y que invita a todos los hombres a sentarnos a su mesa: la mesa de la “palabra que da la vida” y del “pan bajado del cielo”. 

Todo esto es lo que nos enseña aquella sabiduría anfitriona, atenta como nuestras madres, que siempre nos llama a la mesa: “vengan a comer”.

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