El chismorreo destruye lo que Dios hace

  • Catequesis en audiencia general, miércoles 6 de junio, 2018 

Consideramos los efectos que el don del Espíritu Santo hace madurar en los confirmados, llevándolos a ser, a su vez, un don para los demás. El Espíritu Santo es un don. Recordemos que cuando el obispo nos da la unción con el óleo dice: “Recibe el Espíritu Santo que te es dado en don”. Ese don del Espíritu Santo entra en nosotros y nos hace fructificar, para que podamos dárselo luego a los demás. Siempre recibir para dar: nunca recibir y quedarse con las cosas dentro, como si el alma fuera un almacén. No: siempre recibir para dar. Las gracias de Dios se reciben para dárselas a los demás. Esta es la vida del cristiano. Es propio del Espíritu descentralizarnos de nuestro “yo” para abrirnos al “nosotros” de la comunidad: recibir para dar. No somos el centro: somos instrumento de ese don para los demás.

La Confirmación, completando en los bautizados la semejanza con Cristo, los une más fuertemente como miembros vivos del cuerpo místico de la Iglesia (ver Ritual de la Confirmación, n. 25). La misión de la Iglesia en el mundo procede a través de la contribución de todos los que forman parte de ella. Algunos piensan que en la Iglesia haya patrones: el Papa, los obispos, los curas y que luego vengan los demás. No: ¡la Iglesia somos todos!. Y todos tenemos la responsabilidad de santificarnos el uno al otro, de preocuparnos unos de otros. La Iglesia somos todos nosotros. Cada uno tiene su trabajo en la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. Debemos pensar en la Iglesia como un organismo vivo, compuesto de personas que conocemos y con quienes caminamos, y no como una realidad abstracta y distante. La Confirmación vincula a la Iglesia universal, esparcida por toda la tierra, involucrando activamente a las personas confirmadas en la vida de la Iglesia particular a la que pertenecen, encabezada por el obispo, que es el sucesor de los apóstoles.

En la Confirmación, recibimos el Espíritu Santo y la paz: esa paz que debemos dar a los demás. Pero pensemos: Que cada uno piense, por ejemplo, en su comunidad parroquial. Está la ceremonia de la Confirmación y después nos damos la paz: el obispo se la da al confirmado, y después en la misa la intercambiamos entre nosotros. Esto significa armonía, caridad entre nosotros, significa paz. Pero ¿después que pasa? Salimos y empezamos a hablar mal de los demás, a “despellejarlos”. Empiezan los cotilleos. Y los chismes son guerras. ¡No, no está bien! 

Si hemos recibido el signo de la paz con la fuerza del Espíritu Santo, tenemos que ser hombres y mujeres de paz, y no destruir, con la lengua, la paz que ha hecho el Espíritu. ¡Pobre Espíritu Santo! ¡Qué trabajo tiene con esta costumbre del chismorreo! Pensadlo bien: el chismorreo no es una obra del Espíritu Santo, no es una obra de la unidad de la Iglesia. El chismorreo destruye lo que Dios hace. ¡Por favor, acabemos con el chismorreo!

¡Que el Espíritu Santo nos conceda el coraje apostólico para comunicar el Evangelio, con las obras y las palabras, a todos los que encontramos en nuestro camino! Con las obras y las palabras, pero las palabras buenas: las que edifican. No las palabras de los chismes que destruyen. Por favor, cuando salgáis de la iglesia pensad que la paz recibida es para dársela a los demás: no para destruirla con el chismorreo. No lo olvidéis.

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