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No se trivializa el dolor

Ante el dolor humano se impone el respeto y la consideración. La tentación de hacer de él motivo de trivialidades no puede imponerse a la dignidad de quienes sufren y su entorno inmediato.

Este principio de convivencia y educación antepone la prudencia ante situaciones que pueden resultar llamativas por el morbo y la curiosidad, pero que deben de ser tratadas con sensatez, responsabilidad y discernimiento.

Nuestra época se ha habituado a una lluvia de estímulos sensoriales cada vez mayores, que muchas veces compiten entre sí para atraer la atención, sin embargo, no todo es válido a la hora de intentar cautivar a las audiencias.

Mucho se ha criticado a quienes antes de ayudar a las personas involucradas, prefieren grabar un video en un accidente de tránsito, o los que hacen de escenarios de tragedias paseos turísticos y sitios de esparcimiento sin ninguna reflexión ni recuerdo de quienes ahí derramaron su sangre o experimentaron el dolor.

Igual vale para quienes, por la necesidad de aparecer en el espacio público, ser vistos o por el simple gusto de generar polémica, traen a colación de modo inapropiado, situaciones que remiten directamente a dramas humanos, sin un afán constructivo ni restaurativo.

Acaba de suceder con el mensaje que el ministro de educación Edgar Mora colocó en su cuenta de la red social Twitter, relacionado con el suicidio, y que no reproduciremos aquí por cuestiones obvias.

Desde el 2005, el suicidio es la tercera causa de muerte en nuestro país entre adolescentes, lo que lo convierte en un problema de salud pública, refleja el deterioro de la institución familiar y el fracaso social y sistemático de las políticas públicas dirigidas a este sector de la población.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) cada año registra ochocientos mil suicidios en personas entre los 15 a 29 años, es decir, uno cada 40 segundos. Ante una tragedia como esta, con sus efectos devastadores, lo mínimo que se espera de cualquier persona, y más de un servidor público, es cordura y seriedad.

El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano de conservar y perpetuar la propia vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mismo. El suicidio ofende también el amor del prójimo, porque rompe injustamente la comunión con las personas amadas de la familia y la sociedad. Y, sobre todo, el suicidio es contrario al amor del Dios vivo.

La práctica del suicidio se vuelve más grave aún si es usado como ejemplo, especialmente por los jóvenes y las personas conocidas, para justificar que la vida no tiene sentido, y que por eso se puede eliminar. La mentalidad pagana que tiene como único sentido de la vida el placer, cuando éste no es posible, incluso llega a aceptar la autoeliminación.

Las motivaciones del suicidio son siempre complejas. Un momento grave de depresión, desesperación, angustia prolongada, etc., pueden debilitar psíquicamente a la personas de manera tan grave que ésta puede buscar refugio en la muerte, incluso sin desearla en sí misma. Por eso la Iglesia recomienda mantener siempre una actitud vigilante ante los síntomas que pueden llevar al suicidio a una persona, para atender con prontitud y competencia profesional las situaciones que pueden estarlos desencadenando.

El Catecismo deja claro además que: “No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que Él solo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida” ((CIC §2283).

Por eso, instrumentalizar el dolor de las familias, agregarle tintes ideológicos para llevar agua a los propios molinos y encima no ofrecer soluciones, no solo es inadecuado y censurable, sino que es un irrespeto y una falta grave al servicio a la Patria que se ha jurado prestar.

Quisiéramos esperar que algo positivo salga del grave desacierto del jerarca Edgar Mora, por el cual ciertamente ya se disculpó, y que el Ministerio de Educación Pública se decida por la promoción y el respeto a la vida en todas sus etapas como un modo de luchar contra este flagelo en todas las escuelas y colegios del país.

Que nuestros centros educativos sean focos de humanidad, que impregnen nuestra sociedad de reflexión y de valoración de la existencia propia y de los demás como dones que se deben proteger y cuidar.

Subyace la visión de la persona y su dignidad, una perspectiva antropológica trascendente, opuesta diametralmente a la difundida cultura de la muerte.

Junta Proteccion Anuncio