La mujer de valía

  • Esta mujer representa o simboliza a la sabiduría de Israel, propugnada a lo largo del libro de los Proverbios.

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

Ya hemos visto a la mujer del libro de los Proverbios, en sus diversos aspectos y papeles en la sociedad judía de aquel entonces. Hoy presentamos a la “mujer de valía”, en el siguiente poema de Proverbios 31,10-31, que muy bien merece que se lo dediquemos a nuestras madres en su día:


Una mujer valiosa, ¿quién la encontrará? Es más preciosa que las perlas. 
Su marido confía en ella  y no le faltarán ganancias.
Ella le hace el bien y nunca el mal todos los días de su vida.
Busca lana y lino y trabaja con laboriosidad. 

Es como barco de comerciantes  que de lejos trae sus víveres. 
Se levanta cuando aún es de noche,  distribuye la comida a sus criados y las tareas a sus criadas.
Examina un campo y lo compra; con lo que gana planta un viñedo. 

Se ajusta el cinturón con fuerza y despliega la fuerza de sus brazos. 
Comprueba si sus tareas marchan bien y de noche no se apaga su lámpara.
Aplica sus manos para hilar y con sus dedos elabora el tejido.
Tiende su mano al necesitado,  alarga sus brazos al pobre.
No teme que la nieve dañe a sus criados, porque todos van bien abrigados. 

Se confecciona mantas, y sus vestidos son de lino y púrpura. 
Su marido es estimado en la ciudad, cuando se sienta con los ancianos del lugar.
Teje telas de lino y las vende,  y proporciona cinturones al comerciante.
Se viste de fortaleza y dignidad, y mira esperanzada al porvenir. 

Abre su boca con sabiduría, su lengua enseña con amor.  
Vigila lo que hacen sus criados y no come el pan de balde.
Se levantan sus hijos para felicitarla, su marido para elogiarla:
“Muchas mujeres demostraron lo que valen, pero tú las superas a todas”. 

Engañosa es la gracia, vana la hermosura; la mujer que teme al Señor merece alabanza. 
Alábenla por el éxito de su trabajo, que sus obras la engrandezcan en la plaza.

¿De quién se trata?

Estamos ante un bellísimo poema acróstico, en que cada uno de los versículos está precedido de una consonante hebrea, que forman el abecedario hebreo llamado “alefato”, por la primera consonante llamada “alef” (v.1), que nos presenta un retrato perfecto o visión completa de una mujer con talento, muy valiosa, la “perfecta casada” de la que habla Fray Luis de León. La Iglesia presenta este poema en el domingo 33 del Tiempo Ordinario, ciclo A y en el Común de los Santos (el texto de Prov 31,10-13.19-20.30-31). El poema, al final del libro de los Proverbios, tiene una triple función. Por una parte, forma una inclusión con la primera colección de proverbios (Prov 1,11-9,18), relativo al trato con prostitutas (la “mujer ajena”, “la adúltera”, etc), de forma que esta “mujer de valía”, como la llamamos, es un bello y atractivo antitipo, es decir, lo contrario de las anteriores que hemos visto.

Recordemos que todos estos proverbios, incluyendo la presentación de todas esas mujeres, servían para la formación de los jóvenes, que frecuentaban las escuelas de los sabios. Y antes de abandonar la escuela, después de haber recibido une educación formal (Prov 1,1-7), el alumno era instruido en la elección de una buena esposa. El poema tendría como segunda función esta finalidad. 

Y, por último, esta figura femenina nos recuerda o está en consonancia con Doña Sabiduría, a la que ya hemos visto (Prov 9,1-6), contrapuesta a Doña Necedad o Locura de Prov 9,18. Pensemos, además, que la invitación a su banquete que hace la sabiduría, tiene elementos literarios que nos recuerdan, en plano positivo, a la mujer seductora o adúltera de Prov 7, que vimos el domingo anterior. En consecuencia, aceptar el tipo de mujer propuesto en Prov 10,10-31, implica aceptar la invitación de Doña Sabiduría y rechazar de plano el tipo de mujer diseñado o ejemplificado por Doña Necedad (Prov 9,13-18). En última instancia esta mujer representa o simboliza a la sabiduría de Israel, propugnada a lo largo del libro de los Proverbios.

Ahora bien, si nos detenemos a observarla nos puede dar la impresión de ser una mujer fría, pragmática, dedicada única y exclusivamente a la casa, a los negocios familiares, a modo de empresaria y hasta “gerente”… que poco tiene que ver, por ejemplo, con la amada o novia del Cantar de los Cantares, que ofrece a su novio o amado, su presencia, su cuerpo, su belleza y su amor (ver, por ejemplo, Cant 4,8-12). A ésta la presentaremos aquí, en el Eco Católico, en una próxima entrega. 

Podemos hablar, entonces, de una mujer acomodada, pues así lo sugieren el vocabulario y la amplia descripción de sus quehaceres. Además, aunque la actual sensibilidad moderna, tiende a rechazar o a obviar un tipo de mujer así, al menos en los términos presentados en este poema, no podemos dejar de pasar de lado,  que algunas de estas tareas, ejercidas por la mujer de valía, eran de competencia masculina en la sociedad judía de aquel entonces. Es decir, que el tipo diseñado por los autores sagrados, era el de una mujer liberada, relativamente hablando, conscientemente responsable del cuidado de su familia, de la marcha de su hogar y de la administración de sus bienes. El próximo domingo nos vamos detener a observar lo que hacía.

¿Quién es hoy, entre nosotros, la “mujer de valía”? ¿Puede ser modélica esta mujer de Prov 31,10-31? ¿Por qué no hablar hoy también de “un hombre de valía”?

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