“Cualquier lugar donde sirvas a Dios, se convierte en tu hogar”

  • Padre Harvey Flores, Upala, Diócesis de Tilarán-Liberia

Danny Solano Gómez
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Mide casi dos metros de altura y viene de la “Isla del Encanto”, Puerto Rico, lleva consigo la alegría de su gente y trata de contagiar a todos con ella. Se trata del Padre Harvey Abraham Flores Pérez, actual párroco en San Juan de Dios, en Upala.

Proviene de una familia, que, si bien era católica, no acostumbraba a ir a Misa, según cuenta. Sin embargo, en su adolescencia cuando comenzó a acercarse a la Iglesia, sus familiares a la vez vivieron un proceso de conversión.

Nació en Caguas, Puerto Rico. Aquel niño curioso y servicial dejaba volar su imaginación, creaba naves espaciales e inventaba mundos fantásticos en la sala de su abuela, quien luego se enfurecía al encontrarse la casa hecha un desastre.

Aquella abuela que recuerda con tanto cariño, fue la primera en vivir con él aquel proceso de conversión, la que a raíz de eso dejó el alcoholismo, la misma que hasta su fallecimiento rezaba todos los días sin falta el Rosario por la vocación de su nieto. 

Además de ser buen estudiante, sacó provecho de su contextura física para practicar deportes como natación, baloncesto y béisbol. 

Ser alto tenía otras ventajas, como que nadie se metiera con él o que en los bailes las muchachas lo buscaran. De hecho, antes de ordenarse tuvo tres novias. 

Sin embargo, su estatura también tiene sus desventajas, especialmente al cruzar una puerta o sufrir ciertas incomodidades para estar en un asiento con poco espacio.

El problema más grande es la falta de Dios

Su acercamiento a la fe comenzó cuando ingresó a un colegio católico, donde escuchó sobre un proyecto de la institución que consistía en ir a hacer misión a República Dominicana durante un año. 

Con 16 años fue a servir a ese país. En ese entonces, la idea de ser cura no le pasaba por la mente, pero aquella experiencia lo marcó hasta la actualidad.  

Otro hecho que repercutió en su vida fue una vez que llevaron una imagen de la Virgen María a su casa. Eso ayudó a motivar a la familia a interesarse más por la fe, a su vez él comenzó a rezar el Rosario todos los días y a participar en grupos pastorales.

Dentro de sus reflexiones sobre cómo ayudar a los demás llegó a una conclusión: “En el mundo hay muchos problemas, pero el problema más grande es la falta de Dios en el corazón de la gente”.

Dejó la carrera de Informática y decidió entregarse completamente a Dios ingresando al Seminario de una comunidad religiosa en México. 

La noticia fue un poco difícil para sus padres, no solo por tener que separarse de su hijo, sino porque tampoco comprendían muy bien aquello de hacerse cura, de hecho, fue hasta después que ellos comenzaron a participar de las actividades de la Iglesia.

En tierra de narcos… 

Cuando vivió en México, en la sierra, se encontraba en una zona ocupada por grupos narcotraficantes. Casi siempre que caminaba cuatro horas para subir a las comunidades se encontraba con sicarios, quienes lo recibían con ametralladoras.

Cuenta que el día de su ordenación sacerdotal, el 30 de julio de 2011, en la Parrroquia de San Ignacio de Loyola, en Atascaderos, Chihuahua, para llevar a las personas que iban a asistir a la ceremonia hubo que coordinar con el ejército y los grupos de narcotraficantes para que no intervinieran y evitar que hubiesen problemas. 

Al Padre le encanta el agua, cuando puede va a la playa, las piscinas, las termales o los ríos. Le gusta cocinar platos italianos y crear recetas. Disfruta del cine y la música de todo tipo.

“Pienso que el amor verdadero, el que nos habla Jesús, no es un amor filosófico o sentimental, como el de las generaciones de hoy, es más bien la capacidad que tenemos de dar la vida por nuestros amigos”, comentó el Padre Harvey. 

“Cada lugar donde uno llega a servirle a Dios se convierte en tu hogar”. Dice que aunque extraña su tierra, ha descubierto que en cualquier lugar donde llega encuentra una familia, padres, hermanos, amigos… 

Actualmente sirve en San José de Upala y es el administrador del Centro de Animación Pastoral de Birmania de Upala. Visita más de 30 comunidades, recorre largas distancias y muchas veces a través de caminos en mal estado. Cuenta con el apoyo del diácono permanente Norman Rodríguez. 

“Es un desgaste fuerte, es bueno porque uno se consume al servicio de Dios y la gente, trabajamos con amor y espíritu de servicio, buscando desarrollar iniciativas en las comunidades, aun con las dificultades y limitaciones”. 

El presbítero habla sobre las necesidades de infraestructura que tiene la comunidad de Upala y pide apoyo para la gente. Uno de sus proyectos actuales es ampliar el templo parroquial, que además sufrió daños tras el paso del Huracán Otto. 

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