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El sacerdote Simón

  • Simón ejerció en Jerusalén, entre los años 219-196 a. C y, a los ojos del autor del Eclesiástico, fue un gran personaje.

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

Hoy vamos a conocer al sacerdote Simón, que aparece en el capítulo 50,1-21 del libro del Eclesiástico, después que su autor nos haya presentado, como en pasarela, a los hombres célebres de Israel y a quienes hemos estado presentando como protagonistas de la Biblia (Eclo 44-49). 

Veamos su bellísimo elogio: 

“También está el sumo sacerdote Simón, hijo de Johanán; en su tiempo fue reconstruido el templo y consolidado el santuario.

También en su tiempo fue reconstruida la muralla, con torres de defensa para el palacio real.  

También se cavó el estanque, que era tan grande como un mar.

El protegió a su pueblo del saqueo, y fortificó la ciudad contra los enemigos.   

¡Qué majestuoso era al asomarse desde el santuario, al salir de detrás de la cortina!

Era como una estrella que brilla entre las nubes, o como la luna llena en día de fiesta; como el sol que ilumina el palacio real o como el arco iris que aparece entre las nubes;  como las flores entre el ramaje en primavera, como azucena junto a un riachuelo o como rama de cedro en el verano;   como incienso que se quema en un sacrificio, como copa de oro martillado, adornada de piedras preciosas; como olivo frondoso cargado de aceitunas como árbol de frondosas ramas.  

Así era cuando se ponía ropa de gala y llevaba ornamentos espléndidos; cuando subía al magnífico altar y llenaba de esplendor el atrio del templo; cuando, de pie junto a la leña, recibía de los otros sacerdotes las porciones, mientras los jóvenes formaban una corona alrededor como retoños de cedro en el Líbano.  

Le rodeaban, como sauces junto a un río, todos los descendientes de Aarón, en su esplendor, llevando en las manos las ofrendas para el Señor delante de todo el pueblo de Israel.  

Cuando terminaba el servicio del altar, preparaba los sacrificios para el Altísimo, tomaba en sus manos la copa y ofrecía un poco de vino, derramándolo al pie del altar como olor agradable para el Altísimo, el Rey del universo.  

Entonces los sacerdotes, descendientes de Aarón, tocaban las trompetas de metal, y un sonido poderoso resonaba anunciando la presencia del Altísimo.  

Inmediatamente, todos los presentes se arrodillaban inclinándose hasta el suelo para adorar al Altísimo, al Dios Santo de Israel.

Entonces se escuchaba el canto, y sobre el pueblo resonaban dulces melodías.  

Todo el pueblo cantaba orando al Señor misericordioso. 

Cuando el sumo sacerdote terminaba el servicio en el altar, habiendo ofrecido al Señor los sacrificios prescritos, bajaba del altar con los brazos levantados sobre toda la comunidad de Israel, y pronunciaba la bendición del Señor, alegre de poder invocar su nombre.

La gente se arrodillaba una vez más para recibir de él la bendición.

Ahora, pues, bendecid al Señor Dios de Israel, que hace cosas prodigiosas en la tierra, que hace crecer al hombre desde el seno materno y lo forma según su voluntad. 

Que él os conceda sabiduría y que entre vosotros haya paz.  

Que el Señor mantenga su lealtad hacia Simeón y le cumpla las promesas que hizo a Finees; que no deje de cumplírselas a él y a sus descendientes, mientras el cielo exista” (Eclo 50,1-24)

Simón ejerció en Jerusalén, entre los años 219-196 a. C y, a los ojos del autor del Eclesiástico, fue un gran personaje, el que más brillo y esplendor supo dar al sacerdocio judío antes de Cristo, dejando una profunda huella en el pueblo elegido. 

En el próximo domingo comentaremos acerca de su atractiva figura y la presentación tan hermosa que hace Ben Sirá de él.