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La dignidad de la persona es sagrada

  • Homilía en la Solemnidad de Nuestra Señora de los Ángeles, 2 de agosto, 2018

Mons. José Manuel Garita H.
Obispo de Ciudad Quesada

Año tras año, el 2 de agosto nos convoca a unirnos -como pueblo creyente- junto a nuestra Madre y Patrona. Venimos a celebrar nuestra fe, iluminados por la Palabra de Dios, y para alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre del Señor Resucitado. Nuestra presencia en este Santuario Nacional es una presencia de creyentes, de personas de fe. Para nosotros, celebrar significa agradecer al Señor tantos beneficios recibidos de su amor de Padre, como nación y como Iglesia costarricense, por la mediación de Jesucristo y la intercesión materna de Nuestra Señora de los Ángeles.

Esta celebración también es motivo para pedir la solidaridad, la paz y la justicia en nuestra querida Centroamérica. Al cobijo de nuestra Madre Santísima, imploramos para que cese toda forma de violencia, y pedimos especialmente por nuestro hermano país de Nicaragua. Desde la experiencia del Beato Mons. Óscar Arnulfo Romero, quien clamó por la justicia, y cuya vida fue testimonio de santidad y martirio, depositamos las súplicas de los hermanos nicaragüenses.

Asimismo, la presencia aquí de Mons. José Domingo Ulloa, Arzobispo de Panamá, nos une fraternalmente y nos anuncia que estamos cerca de la Jornada Mundial de la Juventud en el hermano país panameño. La presencia del Papa Francisco, que ya ha sido anunciada, y el clamor de tantos jóvenes por un mundo diferente de la mano del Señor Jesús, nos llena de esperanza, y también pedimos a nuestra Patrona, la Reina de los Ángeles, que interceda por este gran encuentro de la juventud mundial.

Lectura salvífica de la historia

La homilía es una reflexión y una aplicación de la Palabra de Dios proclamada en una asamblea litúrgica como ésta. Por ello, me dirijo a ustedes, aquí presentes, y a quienes, consciente y devotamente, con auténtico sentido de fe, están unidos a nosotros en esta sagrada celebración eucarística. Precisamente, partiendo de la Palabra de Dios proclamada, su contenido y enseñanza nos permiten hacer una lectura salvífica de la historia, es decir, desde la fe. 

El Dios que se nos revela es un Dios cercano, que como dice la primera lectura del libro del Eclesiástico, “ha puesto su tienda en nuestra tierra y ha echado raíces en nuestro pueblo”. Conocer a Dios es la fuente del verdadero conocimiento. Conocer a Dios no es saber sobre Él, sino tener experiencia suya y entrar en comunión con Él, entrar en relación con su designio sobre toda persona y sobre la toda la humanidad. “En la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer”. En la hora de gracia, en la que Dios ha querido no solamente revelarse, sino manifestarse en el rostro humano de su Hijo Jesucristo, Dios mismo ha querido asociar a su obra salvadora a una mujer. Y ha sido Él el primero en querer entrar en comunión con los hombres, haciendo que su Hijo se encarnara para nacer de una de nuestro linaje que es “bendita entre las mujeres” y es dichosa porque ha creído al mensaje de Dios.

El Dios que se revela y entra en comunión con la humanidad -que “es obra de sus manos”- es capaz de asociar, en la persona de la Santísima Virgen María, a toda persona a su plan de salvación. Este plan que ofrece gratuitamente salvación y que en la cima del calvario ha alcanzado plenitud en la entrega del Hijo amado del Padre es una invitación constante a retomar el ideal del proyecto humano que Dios tiene para con cada uno de nosotros. Este proyecto es sobre el cual hemos reflexionado a lo largo de los días de la novena que nos preparaba para esta solemnidad. Hoy, especialmente, pedimos el don de la unidad para esta nación costarricense, unidad en la que nos congrega María, desde la experiencia del amor de Dios, que siempre es comunión y reconciliación para su pueblo.

Con profundo sentido de fe, y como pastores de la Iglesia, estamos convencidos de que el proyecto que Dios tiene sobre la historia humana es un plan de bondad, unidad y comunión, en el cual no triunfa la fuerza del poder o del tener, sino la fuerza regeneradora del amor como bien supremo. Este proyecto tiene como fin pasar de la esclavitud a la libertad, de la servidumbre a la filiación, y queda muy bien plasmado en una frase de San Pablo en la segunda lectura de hoy: “ya no eres siervo, sino hijo; y siendo hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”. 

Dignidad de la persona humana

Hoy, en esta fiesta de comunión nacional y eclesial, los pastores de la Iglesia Católica costarricense queremos hacer eco del valor fundamental de la dignidad de la persona humana y de las situaciones que nos preocupan que atentan contra ella como pueden ser el odio y la división, la intolerancia y la discriminación, la corrupción, los privilegios escandalosos de unos pocos -llámense salarios y pensiones de lujo, pluses, anualidades o como sea-, el exceso o defecto de autoridad para desestimar o encubrir situaciones graves en el ejercicio de la función pública, la “ideologización de la educación”, la falta de control en el gasto público, el desempleo, el rezago de la infraestructura (ejemplo el eterno y costosísimo proyecto de la carretera a San Carlos), la drogadicción, el narcotráfico, etc. 

Como pastores nos corresponde cumplir con la misión de la Iglesia, la cual precisa claramente el decreto conciliar Apostolicam actuositatem, en su n. 5, diciendo que: “La obra de la redención de Cristo, que de suyo tiende a salvar a los hombres, comprende también la restauración incluso de todo el orden temporal. Por tanto, la misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico”. Por consiguiente, se equivocan quienes creen que la misión de la Iglesia se encierra en cuatro paredes o en una sacristía.  La dignidad de la persona es sagrada, porque su fuente y origen es Dios; por ello, cada uno -desde su responsabilidad y obligación- está llamado a proteger y promover la dignidad integral de la persona humana, pues ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Y la Iglesia ha de hacerlo especialmente, como Madre, Maestra y experta en humanidad.

Por ello, la búsqueda del bien llena toda la existencia humana. De allí que los grandes interrogantes que se anidan en el corazón de cada persona, y los dramáticos retos que la sociedad y nuestra nación enfrentan, solamente podrán encontrar respuestas acertadas desde la luz de la verdad y la búsqueda conjunta de una caridad creativa que lleve al cultivo de la solidaridad, al desarrollo de la justicia y a la cultura del diálogo conjunto, en un marco social de valores humanos y cristianos. “El bien siempre tiende a comunicarse... Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien” (Evangelii gaudium 9).

Al celebrar las maravillas que Dios ha realizado en la Santísima Virgen María, el plan divino sobre todo acontecimiento humano queda esclarecido en su verdad más profunda, y el ser humano renueva su llamada a la plenitud de la verdad y del amor. Asociada al misterio redentor desde Nazaret hasta la cruz, la Madre de Cristo nos muestra el camino de la fe que todo bautizado realiza en su propia existencia. En este sentido, cada 2 de agosto, toda la nación costarricense junto a ella, la “servidora del Señor”, descubre la huella innegable de Dios en la historia patria de ayer y en la construcción de una Costa Rica mejor hoy. 

Nuestra Madre y Patrona 

La presencia materna de Nuestra Señora de los Ángeles, en la conciencia de nuestro pueblo, se renueva año tras año y se expresa en los miles de costarricenses que peregrinamos hasta este Santuario Nacional de Cartago para orar, agradecer y pedir -a la que es nuestra Madre y Patrona- su intercesión y amparo, para vivir en la verdad, para renovar su conciencia bautismal que nos hace a todos “luz del mundo” y “sal de la tierra”; y para hacer posible la realización siempre exigente, y a la vez novedosa, del mandamiento del amor fraterno que nos une a todos en Cristo.

La participación en esta celebración eucarística en honor a la Santísima Virgen María, nuestra Madre y Patrona, nos obtenga de su Hijo la gracia de la fe y la conciencia de la presencia del Espíritu que nos da la fortaleza necesaria para confiar, porque “ya no somos siervos, sino hijos”.  Necesitamos renovar la confianza y la unidad para proseguir caminando y construyendo el Reino de Dios porque: “No hay sistemas que anulen por completo la apertura al bien, a la verdad y a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los corazones humanos” (Laudato Si 205). 

La confianza en la acción paterna de Dios, que actúa en el corazón de todo hombre y mujer de buena voluntad, nos renueva en la esperanza, y nos hace recordar que no estamos a merced del mal que aparentemente triunfa; o solos frente al devenir de la historia, pues la certeza de la paternidad de Dios nos renueva en el gozo de su fidelidad y nos libera de la angustia y el desaliento, como muy bien lo ha expresado el salmo 33 en esta celebración: “Proclamemos qué grande es el Señor y alabemos su nombre. Cuando acudí al Señor, me hizo caso y me libró de todos mis temores”.

La constatación de la fidelidad del Señor la encontramos en el rostro moreno de la Santísima Virgen, Reina de los Ángeles. Ella ha estado y sigue caminando con nosotros que somos su pueblo. Es la Madre firme y fiel, la misma que hoy contemplamos al pie de la cruz de su Hijo, como nos cuenta San Juan en el evangelio. No se separa ni abandona a Jesús en el momento más dramático y doloroso; es la Madre que siempre permanece y persevera. La imagen de esta Madre fiel es una memoria permanente del inmenso amor del Padre por nuestra Patria. En efecto, somos una nación con profundas raíces cristianas que, a lo largo de los últimos siglos, ha encontrado en el amor filial a la Madre de Dios un vínculo común de unidad gestor de una convivencia pacífica. Así “cada vez que miramos a María volvemos a creer en la revolución de la ternura y el cariño”, nos dice el Papa Francisco en Evangelii gaudium 288. Ella nos indica el camino de la unidad, la paz y la integración de todos los sectores de Costa Rica, como una sola familia que celebra la fe y se compromete a proclamarla. Por ello, la temática propuesta para esta solemnidad nos invita a reflexionar sobre “Santa María, Madre y Reina de la unidad”.

Nuestra Señora de los Ángeles, Madre amada de nuestra Patria, interceda por todos los costarricenses en esta hora de gracia, renovación y compromiso. Ella nos ayude a ser coherentes y consecuentes con la fe que profesamos, nos obtenga de su Hijo la fuerza siempre atractiva de un testimonio convincente y valiente de nuestra fe. Nos enseñe a integrar, en un solo proyecto existencial, fe y vida; sin rupturas, contradicciones ni ambigüedades. Nos impulse en la edificación de la deseada “civilización del amor”, y nos conceda, con su segura y eficaz intercesión, una cultura solidaria y cristiana frente a los nuevos y actuales retos que tenemos, para no caer en la fácil tentación de encerrarnos en nuestras zonas de confort e indiferencia. Al contrario, que con Ella aprendamos a vivir mirando siempre al Señor, y sirvamos a los hermanos con corazón generoso, porque “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios” (Deus caritas est 16).

Lucha contra cultura de la muerte

Sólo mirando al Señor podremos actuar con rectitud y justicia para luchar con valentía contra la cultura de la muerte que trae consigo el irrespeto a la vida y a la dignidad de la persona, de modo particular en el aumento de la violencia con sus múltiples rostros. Cito sólo cuatro casos que son expresión vergonzosa de esta cultura de violencia y muerte: 1.- La promoción del aborto, que no es más que matar la vida del más indefenso que está en el vientre de su madre. 2.- La cantidad de muertos por accidentes en carreteras; sólo entre el año 2013 y el año 2016 la tasa de muertes por accidentes viales pasó de 5,39 por cada 100.000 habitantes a 9,16 por cada 100.000 habitantes. 3.- La tasa de asesinatos que superó, en 2017, 12 por cada 100.000 habitantes, siendo considerado este mal como una epidemia por la Organización Mundial de la Salud. 4.- La ola creciente de violencia contra la mujer ha dejado ya 10 feminicidios en lo que va de este año; y que entre 2014 y 2017 se registraron entre 24 y 26 feminicidios por año.

Al amparo de nuestra Madre y como Iglesia debemos luchar también contra la desigualdad y la pobreza extrema. Ya el último Informe del Estado de la Nación daba cuenta de más de una década en que Costa Rica vive una creciente desigualdad, y pone de manifiesto también el estancamiento de la pobreza por más de dos décadas que nos tiene con 307.270 hogares sumidos en la pobreza y 1.115.261 personas que no cuentan con recursos para sus necesidades mínimas. Por ello, debemos hablar de la necesidad de una reforma fiscal equitativa y solidaria, y de que es hora de acabar también con los privilegios escandalosos de unos pocos frente a las numerosas necesidades de una inmensa mayoría. Que la Madre de Dios nos brinde la luz de su Hijo para atacar todo brote de corrupción y mentira. Con ella celebremos a su Hijo que es “el Camino, la Verdad y la Vida”. Solamente junto al Señor descubrimos los auténticos caminos del desarrollo y la justicia por los cuales debe avanzar nuestra nación con una actitud solidaria y fraterna, frente a los grandes sectores marginados de la población. “Cualquier cosa que antepongamos a Dios, a su designio y a su llamada, se transformará en limitación, desunión e injusticia”, tal como lo hemos expresado recientemente los Obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, en el Mensaje con ocasión de la Romería a este Santuario Nacional. 

Como pastor de la Iglesia -que es Madre, Maestra y experta en humanidad- por la unidad y el bien común de nuestro país, me dirijo a todos los fieles católicos que deben ser consecuentes con las exigencias de su fe y con las enseñanzas de la Iglesia, me dirijo también a las personas de buena voluntad y recta conciencia; en esta ocasión les digo, trabajemos y comprometámonos todos, especialmente los católicos que tienen responsabilidad legislativa, ejecutiva y judicial, trabajemos de verdad en los siguientes aspectos medulares de actualidad nacional:

1. En el respeto irrestricto a la vida humana desde la concepción hasta su fin natural, descartando absolutamente el crimen del aborto, llámese como se llame, o como lo quieran llamar.

2. En la conservación y fortalecimiento de la familia, tal y como Dios la ha concebido, basada en el matrimonio entre varón y mujer.

3. En la promoción de una cultura de paz y seguridad como respuesta a la violencia desmedida y a la epidemia de homicidios y feminicidios que nos aqueja.

4. En la concreción pronta de una reforma fiscal, necesaria para el país, y que habrá de estar basada en los principios de equidad y solidaridad. Como decía Monseñor Romero, “la Iglesia no puede callar ante esas injusticias del orden económico, del orden político y del orden social. Si callara, la Iglesia sería cómplice con el que se margina y duerme un conformismo enfermizo y pecaminoso; o con el que se aprovecha de ese adormecimiento del pueblo para abusar y acaparar económica y políticamente, y marginar una inmensa mayoría del pueblo” (Homilía 24 de julio de 1977, I-II p. 142). Es hora de que en Costa Rica volvamos los ojos hacia los más pobres y se acabe con tanta desigualdad.

5. En la implementación de una estrategia migratoria que responda especialmente a las consecuencias que ya tenemos de la grave y lamentable crisis nicaragüense.

Hermanos, al Señor Jesús y a su Madre Santísima, Nuestra Señora de los Ángeles, encomendamos el presente y el futuro de Costa Rica, porque: “Lo que se nos promete es siempre más. No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido” (Amoris laetitia 325), para que, en nuestra querida Patria, como canta nuestro Himno Nacional, “vivan siempre el trabajo y la paz”. 

Que así sea, amén.