

Ante la actual división y enfrentamiento social donde, no sólo hay diferencias por condiciones de procedencia, status económico, sexo, religión, forma de pensar, entre otros, sino que, además, existe la lucha por imponer la propia percepción o criterio, y hasta hay quiénes se ocupan de profundizar esta división cultivando la “cultura del desencuentro”, tejida sobre la urdimbre de la desconfianza y la enemistad, viene a nosotros el plan de Dios con la humanidad, un plan de paz, reconciliación y encuentro: “Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros y hemos visto su gloria, la que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y verdad” [1].
Es Dios mismo quien, en la persona del Hijo viene a nuestro encuentro, aún más, a “establecer” su morada entre nosotros. Sin dejar de ser Dios, "el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado."[2]
En el plan de Dios tiene su fundamento, algo en lo que el Papa Francisco insiste, a saber, “la cultura del encuentro”. Concepto y llamado que, en forma persistente hizo, primeramente, como arzobispo de Buenos Aires-Argentina, y hoy nos exhorta a construir esa cultura del encuentro, diciendo que, de manera simple «como hizo Jesús»: “no sólo viendo sino mirando, no sólo oyendo sino escuchando, no sólo cruzándonos con las personas sino parándonos con ellas, no sólo diciendo «¡Qué pena! ¡Pobre gente!» sino dejándonos llevar por la compasión; «para después acercarse, tocar y decir: “no llores” y dar al menos una gota de vida».[3]