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Sábado, 02 Marzo 2024
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Siempre hemos escuchado la frase que nadie, absolutamente nadie, es perfecto, que, por nuestra condición humana, cometemos errores y fracasos, estoy convencido que es así, que siempre tenemos la oportunidad de reinventarnos en mejores personas.

En mi niñez vendí naranjas descalzo a los 6 años, al ser adoptado desde que tenía solo cinco días de nacido, sufrí el maltrato físico y psicológico de quienes eran mi familia adoptiva, nunca entendí por qué me odiaron si era solo un niño indefenso.

Ante tanto maltrato, mis noches eran terribles, llenas de pesadillas, me levantaban de la cama arrojándome agua fría, dándome golpes con los objetos que encontraran… dejé de controlar esfínteres a la edad de 11 años, mis agresores me golpeaban con brutalidad, con absoluta  crueldad, al ir creciendo descubrí que nunca podía ser como ellos, que debía amar y respetar a las personas indefensas. Que era mi deber cuidar de mi madre adoptiva porque ella si me amó y me protegió como mejor pudo hacerlo.

¿Quiénes no hemos tenido una noche oscura, donde hemos necesitado ser escuchados en esos momentos de aflicción, donde todo se ve oscuro y necesitamos esa voz amiga que nos permita ver una luz de esperanza para salir adelante? Como católico practicante he tenido la dicha de tener ese auxilio espiritual que nos ofrecen nuestros sacerdotes.

Debemos aprender que la espiritualidad es la vida interior. Las expresiones y prácticas de espiritualidad son personales, es cómo usted entiende el mundo y el universo en su interior.

La espiritualidad no implica necesariamente ser religioso. De hecho, muchos se consideran muy espirituales y para nada religiosos. Ser espiritual no quiere decir que usted sea miembro de una Iglesia, un templo o de un grupo religioso organizado, a pesar de que muchas personas canalizan sus necesidades espirituales a través de la religión.

La forma en que usted conecte su espiritualidad es una decisión únicamente suya. Cada individuo tiene que redescubrirse constantemente y hacerse y rehacerse a medida que vaya por la vida.

La espiritualidad es una parte importante de este proceso ya que nos ayuda a construir la estructura de lo que somos.

Cuando nos conectamos más a nuestra espiritualidad, mejoramos nuestra relación con los demás y con el mundo. Ya sea en la búsqueda de la espiritualidad mediante una religión o siguiendo su propia fe, la forma en que usted se conecte con los demás y con el mundo a su alrededor son una parte importante en el desarrollo de su espiritualidad.

Pensar en la espiritualidad y hacerla parte de nuestra vida nos ayuda a sobrellevar el trabajo, el estrés, los problemas y las veces en que la vida nos parezca dura.

Hacer de la espiritualidad una parte íntegra de nuestro plan para una vida saludable nos aportará muchos beneficios. A medida que crezca nuestra espiritualidad, nos ayudará a descubrir el sentido de la vida, a mejorar sentimientos de paz, a sobrellevar los tiempos difíciles y de estrés, a sentirnos más seguros, a comunicarnos mejor con las personas más cercanas para compartir las cosas alegres y las tristes. Todo esto mejorará su bienestar emocional y mental y su salud en general.

Siempre me ha gustado aprender sobre el niño interior, es hermoso cuando se nos dice que debemos amarnos y sanarnos desde los recuerdos de nuestra infancia.

Fui adoptado cuando solo tenía cinco días de nacido, mi madre adoptiva me amó, me cuidó y me protegió, no así mi padre adoptivo ni mis hermanos, quienes siempre fueron mis agresores más violentos y crueles. Crecí como miedos y con temores, mi casa era un círculo de violencia. Solo contaba con el amor incondicional de mi madre, que sufría violencia por amarme y cuidarme. Mi padre adoptivo enseñó a mis hermanos adoptivos a odiarme y a golpearme, él nunca aceptó mi adopción.

Mi maestra de Kínder sin preguntarme nada, me llevaba a su casa como medio de protección y me introdujo en esa pedagogía del niño interior que debía ser amado y sanado.

Para poder enfrentarse a estas situaciones de alta carga emocional, los niños necesitan experimentar relaciones de confianza sólidas, comprensivas, estables, amorosas, respetuosas y cariñosas.

Unos vínculos que les protejan y acompañen emocionalmente a enfrentarse a las dificultades naturales de la vida, como responsabilidades, situaciones sociales adversas, nuevos escenarios, cambios, etc.

Pero no todos tenemos el acceso a esas relaciones todo el rato o en el nivel que necesitaríamos.

Por ejemplo, puede que los responsables de cuidarnos (padres, maestros, educadores, etc.), estuviesen ocupados, o preocupados y no quisiéramos molestarlos con nuestras historias. O puede que, ellos mismos, no tuvieran las habilidades emocionales para acompañarnos a resolverlas.

Porque en su propia historia de aprendizaje tampoco las tuvieron. Y en otros casos, puede que fueran ellos mismos los que nos criticaban o exigían. Generalmente desde la buena intención de ayudarnos a crecer, pero con un enfoque inadecuado.

Nuestra mente empieza a funcionar igual que de pequeños. Entonces aparecen las ideas infantiles que teníamos en esos difíciles momentos. También nuestros diálogos internos en su forma y contenido. Así como las creencias negativas inconscientes sobre uno mismo, los demás y la vida.

Por ejemplo, imaginemos que hoy en día estamos en un grupo de amigos y  amigas y notamos que no nos hacen caso. Esta situación puede evocarnos experiencias negativas de integración en grupo. Entonces, el pensamiento puede acelerarse tratando de comprender qué está pasando, qué hemos hecho mal, o por qué no nos atienden.

Y comenzamos a buscar soluciones rápidas y desesperadas para evitar el malestar. Generalmente, los niños en situaciones difíciles tienen pensamientos intensos, negativos, de blanco o negro, o catastrofistas.

Esto es lo que se conoce como el pensamiento mágico infantil. Un tipo de pensamiento más intenso y muchas veces no conectado con la realidad. Así hoy, puede que anticipemos o vivamos con mucha intensidad determinadas situaciones.

Igualmente, podemos empezar a decirnos cosas feas a nosotros mismos y tener unos diálogos internos cargados de cierta crítica.

“Claro, es que no tienes nada que decir, es que no soy interesante, atractivo, ocurrente, qué vergüenza, todos lo van a ver, tengo que hacer algo”. O también podemos decirnos: “son tontos, no saben apreciarme, la gente siempre me ignora, en la vida estoy solo”. Estos diálogos infantiles dejan entrever algo muy importante para nuestra autoestima: las creencias infantiles negativas. Es decir, lo que en su momento creímos que éramos y merecíamos, lo que creíamos que era y hacen los demás y la naturaleza misma de la vida.

Con razón y sabiduría Cristo distinguió el perdón de los pecados -ἁμαρτία, dice Lucas- y las ofensas (ὀφειλέω), pero a la vez, en el Padrenuestro, condicionó la remisión de los primeros a las segundas. Porque el amor al prójimo ha de ser característico de los cristianos: el que diga que ama a Dios a quien no ve y odia a los que sí ve e interactúa a cada instante, es un mentiroso (Cfr. I Jn 4, 20-21).

Adrede o no en nuestras relaciones sociales, incluso en el matrimonio; se da la ofensa y hasta el agravio. Mas ante Dios y la convivencia social nos conviene el perdón.

 

Refrendo del perdón

 

La sicología social y la siquiatría; han venido a ratificar científicamente la importancia del perdón como nos lo manda Cristo-Dios al pedirnos ir más allá de amarle sobre todas las cosas y a los demás como así mismo: amar a los enemigos, rezar por ellos (Mt 5,44) y devolverles bien por mal. Nadie ha dicho que esto sea fácil: “No devolver mal por mal, insulto por insulto” “procurar siempre el bien mutuo”, pues “hacer bien a los que me aman ¿qué mérito tiene? (Cfr. Rom 12,17; I Tes 5,15; I Pe 3,9; Lc 6,33; entre otros).

La lista de experiencias crueles, que roen el alma es interminable: divorcios, violar y/o matar, infidelidad, traición, heridas físicas o emocionales, insultos, reclamos, decepciones, violencia doméstica, murmuración, estafas, agresión, secuestro, abandono de hijos por sus padres o viceversa, en el ocaso de su vida. Ah, la reacción instintiva es: venganza, represalia, rencor, “me las va a pagar”, ignorar o la evasión mutua. Lo cual produce infelicidad en ambos y el perdón “es la única cura para el cáncer del rencor” señala bien James Dobson, (Cuando lo que Dios hace no tiene sentido, Edit. Unilit, Miami, 1993, p.261; si bien tenemos varias objeciones teológicas, empezando por ese título herético). En la historia la actitud vengativa ha generado: asesinatos, guerras, terrorismo, genocidios, secuestros, etc.

“Perdonar -en criterio de la experta en felicidad, Sonja Lyubomirsky- es la clave para romper el círculo de la venganza defendida por las religiones del mundo con base en que Dios nos ha perdonado.” - (La ciencia de la felicidad: un método probado para conseguir bienestar, Edit. Peguin, N.Y. 2007, p. 170). Pero es un proceso; el cual conlleva la intención firme de suprimir o mitigar el impulso de la: ira, hostilidad, el desquite; cuando lo ideal es reemplazarlos por: actos y sentimientos positivos, benéficos o sorprender al hacer bien al agresor.

Algunos dicen: yo perdono, pero no olvido; desde la neurología eso sería borrar de la memoria cerebral el ultraje o deshonra, lo cual resulta casi imposible.

En sicología perdonar no significa: reconciliación, condonar o tolerar el daño, tampoco es excusar o justificar lo que se hizo drogado, fuera de sí, negar el daño o vejamen.

Entonces, ¿Cómo saber si Ud. ya perdonó a alguien? “Cuando disminuya su mala intención de perjudicar al ofensor y la balanza se incline hacia hacerle bien.” (afirma la sicóloga social Sonja, Op. Cit. p. 171). En términos bíblicos: “devolver bien por mal.” Prv 25,21-22; Rom 12,20: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber así lo pondrás colorado y Yahvé te recompensará.”

Pero entre más se identifique Ud. con esta escala: haré que pague, quiero verle herido, miserable, para mi él/ella no existe, le quiero tan lejos como sea posible; son señales obvias que se ha de trabajar más para lograr el perdón.

Ocurre un efecto liberador, de descarga, alivio y satisfacción en la conciencia al perdonar, pues es un acto que uno hace más en beneficio personal que del agraviante.

La investigación científica confirma el adagio de Buddha: “Aferrarse a la ira es como sostener en la mano un carbón encendido, con la intención de tirárselo al otro, porque Ud. es quien se quema.” (citado por Mc Cullough: La sicología del perdón, confer Sonja, Op. Cit. p.172).

El perdón es el acto más misericordioso y de caridad cristiana que podemos hacer cuando una persona nos ha perjudicado. Errar es de humanos, y perdonar nos libera de ataduras, resentimientos y rencores, el hacerlo nos hace caminar livianos, tranquilos y en paz.

La Palabra de Dios es muy clara, es sumamente necesario que perdonemos, nadie en la tierra ha padecido más que Cristo. Es dificil; pero no imposible, por eso debemos compreder que el perdón no es un sentimiento sino una decisión.

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