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Sagradas Escrituras: Las colaboradoras de Pablo

By Pbro. Mario Montes M. Noviembre 10, 2022

Una de las acusaciones que algunas mujeres le hacen a San Pablo es que era un machista, un misógino, es decir, que menospreciaba a las mujeres y que, por eso, es uno de los principales responsables de la opresión y relegación de la mujer, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Algunos lo acusan de decir que:

La mujer debe estar callada y sumisa, que no mande al varón ni enseñe en público, que Adán fue engañado por Eva... Que las mujeres estén calladas en la asamblea, que no les está permitido hablar; que deben estar sometidas como lo manda la ley. Si desean aprender algo, pregúntenle a sus esposos en sus casas, porque no está bien que la mujer hable en la asamblea... (ver 1 Tim 2,9-14; 1 Cor 14, 34-35).

¿Es verdad que para él no valían nada o muy poco? ¿Estaría discriminándolas del trabajo evangelizador? ¿Se pueden aplicar estos textos a las mujeres hoy día que trabajan en el hogar, la Iglesia, la sociedad y en tantos otros lugares en que su quehacer es indispensable? Pensemos en nuestras queridas catequistas de las parroquias, que tanto han dado y siguen dando a la Iglesia. Para defenderlo de estas acusaciones, por la forma en que redacta sus textos, vamos a ver el papel de las mujeres en la vida de Pablo. Primero que nada, tenemos que ver si Pablo fue casado, pues en una de sus cartas dice que no tiene esposa (1 Cor 7,7-8). Si como varón judío y maestro que tenía la obligación de casarse, según Gén 1,28 y además, como fiel cumplidor de la ley (Filip 3,5-6) hasta el fanatismo, debió contraer matrimonio. Lo que probablemente sucedió que habiéndose casado muy joven, como lo acostumbraban los judíos, cuando se hizo cristiano ya habría enviudado.

Pero fue en su vida de apóstol y misionero, cuando Pablo valora enormemente a las mujeres, sus grandes colaboradoras. Al despedirse de la comunidad en su Carta a los Romanos (Rom 16), manda saludos a 30 personas, entre ellas a 10 mujeres. Las nombra una a una de manera muy positiva y cariñosa: a Febe (Rom 16,1), que lleva el título de “diácono” (algunas Biblias traducen “diaconisa”), es decir, ella es “ministro” de la comunidad, como Pablo es ministro o diácono (Col 1,23). Luego a Prisca, colaboradora suya (Rom 16,3), mujer de Áquila, que aparece nombrada antes que su esposo, cosa no común en aquellos tiempos.

Menciona luego a María, que trabajó mucho (Rom 16,6), de seguro en la evangelización. Luego a Junia, a la que llama, junto con Andrónico, ilustres apóstoles (Rom 16,7), un título que era reservado sólo a los varones. Tenemos a Trifena y Trifosa, que tanto han trabajado y se han fatigado en el Señor (Rom 16,12), trabajo que, en el lenguaje de Pablo, es la evangelización. Nombra a Pérside, trabajando mucho... (Rom 16,12), y a la madre de Rufo (Rom 16,13), a la que llama “madre mía”. Finalmente, las dos últimas que menciona son Julia y la hermana de Nereo, nombradas antes de “todo el pueblo de Dios”, lo cual indica que tenían responsabilidades en la comunidad cristiana (Rom 16,15).

En otra carta, a los cristianos de Filipos (Filip 4,2-3), termina dirigiéndose a dos mujeres, a Evodia y a Síntique, que lucharon por el evangelio a mi lado, lo mismo que Clemente y los demás colaboradores míos... Estas mujeres fueron sus grandes colaboradoras, igual que los hombres, en la tarea evangelizadora. Y en su cartita a Filemón, menciona a Apia, la hermana, nada menos que en el encabezamiento de esta carta (Film 2). Algo inimaginable en aquellos tiempos.

Como podemos ver, San Pablo las tiene en un alto lugar, las quiere, las valora y les otorga un lugar privilegiado en la Iglesia. Las alaba y las reconoce, destacando en ellas sus cualidades y sus esfuerzos. Aún más, tenemos un texto muy revolucionario para aquella época, a favor de los derechos de las mujeres: en Cristo ya no hay judío ni griego, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer... (Gál 3,28). Es decir, que gracias a Cristo, la mujer no es un ser inferior, sino que tiene los mismos derechos y la misma dignidad que el hombre. Algo completamente novedoso en la sociedad judía y en nuestra sociedad machista.

Ahora bien, hay un texto en que san Pablo aconseja no casarse (1 Cor 7,25-28), poniendo entonces en tela de juicio, aparentemente, el matrimonio, tanto como lo presenta el Gén 1,18-24 y Jesús como sacramento (Mt 19,3-6), como relación estable y camino de comunión amorosa entre el hombre y la mujer. Habla de las desventajas del matrimonio. En realidad, la pregunta de si conviene o no casarse, se la hicieron, no la gente como tal, sino los ministros de la comunidad de Corinto. Pablo, dejando de lado de momento la doctrina del matrimonio, presenta la conveniencia de quedarse soltero o célibe como él, debido a las grandes necesidades de le evangelización.

De tal manera que Pablo deja a la libre decisión de los ministros, y no de la gente, el que quieran casarse o quedarse solteros, en razón de las tareas pastorales que demandan tiempo. Pero no indica, por lo tanto, que tener una mujer es una carga para el hombre ni nada por el estilo.

Finalmente, el texto que poníamos al principio de 1 Cor 14,34-35, en que las mujeres tenían que quedarse calladas, mantenerse sumisas y preguntarles a sus maridos en casa, y que tanto “molesta” a las señoras, hemos de decir que estos dos versículos no son de San Pablo, pues aparecen de manera brusca en el texto. En efecto, en este pasaje hasta el versículo 33, Pablo venía hablando del don de profecía y aconsejaba que en las reuniones no hablaran algunos solamente, sino que todos tuvieran la oportunidad de hablar. De pronto aparecen los susodichos versículos 34-35 (...), que hacen callar a las mujeres. Luego, el versículo 36 continúa la idea del versículo 33, en que se permite que todos hablen, al decir: “¿Acaso ustedes son los únicos que han recibido la Palabra de Dios?”.

Unamos pues los versículos 33 y 36 del texto. Los estudiosos de la Biblia, han llegado a afirmar que estos “molestos versículos”, fueron añadidos posteriormente a esta carta y que no reflejan el pensamiento genuino de Pablo sobre las mujeres. Fueron agregados dos décadas más tarde, cuando los excesos de algunas mujeres “predicadoras” y poco instruidas, que enseñaban doctrinas erróneas, aconsejaba hacerlas callar. Además, no olvidemos que ellas podían profetizar, según 1 Cor 11,5, cosa que relativiza esta prohibición. Esperamos que la imagen de Pablo como machista o enemigo de las mujeres vaya desapareciendo, para que lo veamos como amigo de ellas que era realmente.

 

Al despedirse de la comunidad en su Carta a los Romanos (Rom 16), manda saludos a 30 personas, entre ellas a 10 mujeres. Las nombra una a una de manera muy positiva y cariñosa.

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