

De pequeño iba a coger café y a jugar en el campo. Pero cuando era adolescente, comenzó a notar a unos frailes franciscanos, le llamaba la atención la manera cómo vivían, sobre todo la fraternidad que tenían entre sí.
Llegó en 1977 a Costa Rica, proveniente de España, para instalarse en una finca de banano de cientos de hectáreas donde apenas si había cuatro paredes y un techo que servían de templo y casa cural a medio terminar.