

El miedo es un sentimiento de angustia por un riesgo o daño real o imaginario. El miedo nos paraliza y bloquea. No somos capaces de superarlo si no desaparece la amenaza que tenemos delante. Cuando sentimos miedo, regresamos un poco a nuestra propia infancia, reviviendo situaciones en las que nos sentíamos indefensos, ante situaciones que no éramos capaces de manejar o frente a las cuales nos sentíamos impotentes. Pero la única manera de superar el miedo, es también recurriendo a las experiencias propias de la infancia: recordando momentos en los que nos hemos sentido acompañados y apoyados, respaldados y afirmados por alguien que nos inspiraba seguridad.
Cuando niños, en las familias y pueblos rurales de antaño, a todos os asustaban con las leyendas de la Tule Vieja, La Llorona, el Dueño de Monte, el Cadejos, la Segua y demás “espantos” como les llamábamos y que, en la práctica, no le hacían daño a nadie. Simplemente la posibilidad de encontrarnos con ellos era lo suficiente para atemorizarnos. Ya pertenecen a la leyenda y al folclor nuestro.
Hoy, a lo que realmente le tenemos pavor, es cuando nos enfrentamos a diario con la violencia y con el miedo que resulta de una sociedad convulsa. Casi a diario las noticias dan cuenta de asesinatos, ajustes de cuentas, amenazas y un aumento significativo del narcotráfico. El crecimiento de la violencia ha causado en los costarricenses, un estado de zozobra permanente que, de alguna forma, nos arrebata la tranquilidad de la que tanto nos ufanamos en tiempos pasados. Y podríamos alargar la lista de situaciones que nos atemorizan y hasta nos quitan el sueño: la incertidumbre en que vivimos, la pobreza, falta de trabajo y de oportunidades, la situación económica incierta, etc.
Pero ¿qué nos dice el Evangelio de este Domingo de Pascua? Veamos:
“Pasado el día de reposo, cuando ya amanecía, el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro. De pronto hubo un fuerte temblor de tierra porque un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, quitó la piedra que lo tapaba y se sentó sobre ella. El ángel brillaba como un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve.
Al verlo, los soldados temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel dijo a las mujeres: – No tengan miedo. Yo sé que están buscando a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, sino que ha resucitado. Como dijo. Vengan a ver el lugar donde lo pusieron. Vayan pronto y digan a los discípulos: ‘Ha resucitado, y va a ir a Galilea antes que ustedes; allí lo verán’. Esto es lo que tenía que decirles.
Mientras las mujeres abandonaban rápidamente el sepulcro, miedosas y, al mismo tiempo, llenas de gozo, se encontraron con el Resucitado, que la saludó y les dijo: “Alégrense. No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allá me verán” (ver Mt 28,1-10). Ellas dejaron el miedo, no se quedaron llorando junto a la tumba vacía, como María Magdalena (Jn 20,11), ni tampoco en Jerusalén, sino que emprendieron su viaje a Galilea. Fue entonces cuando Jesús les sale a su encuentro para darles su mayor consuelo: “Alégrense”. El ángel de la anunciación había dicho a María, la madre de Jesús: “Salve”, es decir, “alégrate”, “agraciada” (Lc 1, 28). El Resucitado dice a las mujeres (entre las que estaba probablemente su madre): ¡Alégrense!, “agraciadas” Terminó la tristeza, el llanto y el luto. Así nace con gozo esta primera iglesia compuesta de mujeres (las primeras cristianas), quienes responden echándose a sus pies, en gesto de cariño cercano, pues lo agarran, lo acarician y lo adoran.
En todos los pueblos del mundo (y Costa Rica no es la excepción), encontramos lugares ligados a acontecimientos. Por ejemplo, Los Ángeles en Cartago gracias al hallazgo de la imagen de la Patrona de Costa Rica, Nuestra Señora de los Ángeles. El Codo del Diablo, un lugar de Siquirres, Limón, donde ocurrió un terrible crimen de seis presos políticos, un 19 de diciembre de 1948. En la capital, San José, el famoso Paseo de los Estudiantes, por citar alguno de tantos. Es uno de los bulevares más transitados diariamente en San José, pero pocas personas conocen el porqué de su nombre. En 1937 se le llamó así para reconocer el esfuerzo que hicieron los estudiantes josefinos, en la lucha contra la dictadura del presidente Federico Tinoco, junto con trabajadores y otros personajes importantes de la tradición costarricense. En la actualidad, es más reconocido como “Barrio Chino”, pero es importante recordar el valor histórico que este lugar representa para el país. Y así por el estilo. Tienen un valor simbólico para todos nosotros.