

“Soy agustino, un hijo de San Agustín, que ha dicho: Con ustedes soy cristiano y para ustedes, obispo”. Estas fueron palabras del Papa León XIV durante su primer saludo Urbi et orbi, las cuales fueron pronunciadas por un gran santo de la Iglesia, San Agustín de la Iglesia, cuya vida es una historia de conversión y búsqueda de la Verdad.
San Agustín nació en Tagaste (actual Argelia) en el año 354. Su madre era cristiana, Santa Mónica, y su padre, llamado Patricio, era pagano. Desde joven se distinguió por ser muy estudioso.
Insertado en la historia de vida de uno de los grandes santos de la Iglesia, se esconde un relato que hoy deseo compartir, pues, según narra la tradición, los últimos meses de la vida terrena de Tomás estuvieron envueltos en un clima especial, casi misterioso.
Desde aquel diciembre de 1273, en el que durante la celebración de la Santa Misa, había experimentado una revelación sobrenatural, una sensación en demasía significativa había comenzado a envolver al sabio filósofo: ardía en su interior la certeza de que debía interrumpir todo trabajo. Fue debido a aquel momento de luz divina, que se iluminó su mente y, en un destello de claridad, comprendió que todo cuanto había escrito hasta entonces, no era más que "un montón de paja".