Vivimos tiempos muy complejos en los que el tono de nuestra convivencia pública se ha endurecido. Las diferencias pueden convertirse rápidamente en enfrentamientos; el debate, en descalificación; las redes sociales, en espacios donde resulta más sencillo atacar que escuchar o rebatir con ideas. En medio de esta realidad, la espiritualidad franciscana nos recuerda que la paz no es una realidad acabada que se pueda dar por sentada, sino una tarea permanente que nos corresponde a todos.
Francisco hizo de la paz una forma de vida. Su conocido saludo, “Paz y bien”, expresaba la convicción de que el bien del otro también tiene que importarnos.
Construir la paz supone reconocer la dignidad de quien tenemos delante, incluso cuando existen profundas diferencias. Se construye en las familias, en las escuelas, en las comunidades, en los lugares de trabajo y en la manera en que los ciudadanos nos tratamos unos a otros.
Celebrar a San Francisco debería llevarnos a preguntarnos si estamos transmitiendo a las nuevas generaciones una cultura de paz o, por el contrario, una cultura de confrontación.
La respuesta comienza por la fraternidad.
Francisco descubrió que el Evangelio exige mirar al otro como hermano. No solamente al amigo, al vecino o a quien comparte nuestras ideas, sino también al pobre, al enfermo, al extranjero, al excluido y a quien piensa distinto.
La fraternidad cristiana nos impide aceptar como normal que haya personas solas, familias en pobreza, comunidades abandonadas, adultos mayores sin compañía o migrantes tratados como simples cifras. Nos recuerda que el desarrollo pierde su sentido cuando deja personas atrás.
Y la fraternidad exige también aprender a dialogar. Francisco de Asís fue capaz de acercarse al sultán en un contexto marcado por la guerra y la profunda división entre cristianos y musulmanes. Aquel encuentro constituye un testimonio histórico de que dialogar con quien es diferente no significa renunciar a la propia identidad. Significa reconocer que la otra persona merece ser escuchada y respetada.
Esta enseñanza es especialmente urgente en una época en la que hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para comunicarnos y, paradójicamente, muchas veces hemos perdido la capacidad de conversar.
Necesitamos recuperar el diálogo en Costa Rica. Dialogar no significa eliminar las diferencias ni fingir que todos pensamos igual. Significa rechazar la lógica según la cual quien discrepa se convierte automáticamente en enemigo. Una democracia necesita ciudadanos capaces de defender sus convicciones sin deshumanizar a quienes sostienen otras.
Francisco también tiene mucho que decirnos a los costarricenses de hoy sobre el cuidado de la creación. Costa Rica, país reconocido internacionalmente por su extraordinaria riqueza natural, tiene aquí una responsabilidad particular. No basta con admirar nuestros bosques, mares, montañas y ríos. Hay que protegerlos. El desarrollo económico, el consumo y las decisiones públicas deben considerar también el legado que dejaremos a quienes vendrán después de nosotros.
San Francisco nos enseña que no podemos decir que amamos al Creador mientras destruimos irresponsablemente su creación. Y tampoco podemos hablar de defensa de la naturaleza olvidando que las personas más pobres suelen ser las primeras víctimas del deterioro ambiental.
La fiesta de San Francisco de Asís en este Año Jubilar no debería pasar como una celebración más. Debe convertirse en una oportunidad para revisar el rumbo de nuestra convivencia.
En una sociedad tentada por la polarización, el individualismo y la indiferencia, el santo de Asís vuelve a recordarnos que hay otra manera de vivir: hacer de la paz un compromiso, de la fraternidad una forma de convivencia, del diálogo un camino y del cuidado de la creación una responsabilidad moral. Paz y bien para todos.

















