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El derecho a la enseñanza religiosa

By Mons. José Rafael Quirós / Arzobispo de San José Diciembre 06, 2021

Con el surgimiento de movimientos ideológicos, políticos y hasta pseudo-religiosos en Costa Rica, se nos quiere imponer la idea de que una sociedad cuanto más secularizada e “inclusiva”, al margen de doctrinas religiosas, es más pacifista y abierta. Asimismo, apelando a la ciencia como único soporte formativo, sin ningún empacho, diversos grupos de interés y promoción con injerencia real en posturas oficiales, condicionan la existencia de la enseñanza religiosa en las instituciones educativas de nuestro país.

Dichos grupos de presión, titulares de una visión de hombre y de mundo confrontada con los valores cristianos, se convierten en autores “legitimados” cuyo poder equiparable al político, les permite implantar de forma sistemática, su propia interpretación ideológica o ética opuestas a la existente.

No es ni remotamente inocuo querer eliminar la presencia de valores cristianos o recomendar un abierto sincretismo religioso en contra de las confesiones cristianas, en particular, de la Iglesia Católica. Han quedado manifiestos los intereses y pretensiones particulares de estos grupos que, valiéndose incluso de muchos medios e instituciones, tienen impacto en la vida pública.

Por este motivo, es justo señalar que la enseñanza religiosa, a la luz de la normativa vigente, constituye un fin y un pilar de importancia dentro del sistema educativo costarricense. En realidad, dicha enseñanza promueve el desarrollo integral de la persona y sus valores éticos, estéticos y religiosos, además de capacitar la apreciación, interpretación y creación de la belleza. Pero, sobre todo, la educación religiosa cultiva los sentimientos espirituales y morales; fomentando la práctica de las buenas costumbres según las bases cristianas sobre las que se ha construido nuestra identidad como Nación.

Un acercamiento simplista a esta cuestión pasa por alto que todo sistema educativo que sea considerado de verdad integral no puede obviar la dimensión religiosa y espiritual de la persona. La educación en general, como ha quedado plasmada en el pensamiento del Papa Francisco, es a imitación de Jesús, nuestro Maestro: “enseñar a vivir bien”; es decir, enseñar a cómo realizar una existencia que tenga un sentido profundo, que dé entusiasmo, alegría y esperanza, esto es un nuevo estilo de vivir en el que se viva el amor y del amor, la confianza, la gratuidad y la alegría de la vida”[1].

Por tanto, la dimensión religiosa de los niños y jóvenes no es un simple anexo, sino que forma parte de la persona, ya desde la infancia; es apertura fundamental a los demás y al misterio que preside toda relación y todo encuentro entre los seres humanos. La dimensión religiosa humaniza en verdad a toda persona.

Otro aspecto, no menos importante, es la defensa de un derecho, en este caso, en cuyo ejercicio y garantía confluyen por una parte, las competencias del Estado y las administraciones públicas, con el sistema de enseñanza; los derechos y deberes de que son titulares los padres en virtud de las relaciones paterno-filiales y el derecho a la libertad religiosa; y, por último, los derechos a la educación y a la libertad religiosa y de creencias.

Nunca podemos ignorar el derecho de los padres a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus convicciones, violentado últimamente por el adoctrinamiento ideológico respecto a la familia, la persona y la identidad sexual de los gobiernos, que proponen un modelo de ética ajeno a la voluntad del pueblo.[2]

Animo a los docentes en educación religiosa a mantener siempre sus ideales con el convencimiento de que la enseñanza religiosa católica favorece la reflexión sobre el sentido profundo de la existencia, ayudando a encontrar, más allá de los múltiples conocimientos, una articulación extraordinaria porque esa enseñanza pone en el centro a la persona humana y su inviolable dignidad, dejándose iluminar por la experiencia única de Jesús de Nazaret.

 

 

[1] Papa Francisco, Mensaje a los estudiantes de las escuelas de Jesuitas en Italia y Albania, de junio de 2013.

[2] Cfr. Declaración Universal de Derechos Humanos art. 26; Convención Americana de Derechos Humanos, art. 12, 4.

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