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Viernes, 28 Noviembre 2025
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Preparando la Navidad en la Casa de los Bambú

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / Doctor en Humanidades, UPF Noviembre 28, 2025

Willy es un franciscano seglar que, desde la infancia, ha vivido una trayectoria de dolor, resiliencia y fe. Adoptado de pequeño por su tía Materna, su vida estuvo marcada por pérdidas, abusos y una lucha interna entre la oscuridad y la esperanza.

A lo largo de los años, encontró en la fe, en su educación y en la guía de su coach de vida, Pepe, un camino para transformar el sufrimiento en una fuerza creativa y luminosa. Este relato presenta un diálogo entre Willy y Pepe, nacido en un entorno simbólico y sereno: la casa de los Bambú, rodeada por el murmullo del corre corre de doce perros y la sombra hermosa de los árboles de bambú.

Es un encuentro de reflexión, ternura y búsqueda de sentido ante la tristeza que asedia durante la Navidad y ante la voz que invita al suicidio.

La casa de los Bambú, en medio del corre corre  de doce perros y la sombra de los árboles, se abre como un refugio.

Las paredes resuenan con el susurro suave del exterior, y el ambiente parece respirar junto a dos personas que se miran con paciencia. Willy llega con la espalda recta por la disciplina de su fe, pero los ojos cargados de cansancio y la voz baja, casi susurro, cuando saluda a Pepe.

Pepe, necesito hablar contigo. Este año ha sido duro, y la Navidad para mí ya no es celebración, sino una niebla que no termina de despejarse.

Pepe lo invita a sentarse. Sus ojos, serenos como un pozo, se fijan en Willy.

Hijo, gracias por venir. Aquí, en la casa de los Bambú, el silencio escucha cuando nosotros hablamos con el corazón. ¿Qué te trae a este umbral?

Willy respira profundo, como si exhalara parte de su peso.

Yo he perdido a siete familiares cercanos este año, entre ellos mis tías y mi madre. Cada pérdida es una herida que se abre de nuevo y que no quiero que me parta. Siento que la Navidad me roba la paz que intentaba cultivar con la oración. Y a veces escucho voces que me invitan al suicidio.

No sé qué hacer con ese pesar, Pepe. No quiero traicionar a nadie ni a mí mismo, pero la oscuridad me llama.

Pepe asiente, sin prisa, como si cada palabra mereciera su propio tiempo.

Me escuchas, Willy: la tristeza no es enemiga, es señal. Es señal de que tu alma cargó más de lo que un ser humano debería cargar solo. Pero también te digo algo importante: tú no estás solo en este camino. Dios no te dejó solo en los momentos más oscuros; te dio personas, herramientas, y una fe que te ha permitido seguir caminando. ¿Qué has hecho hasta ahora para sostenerte cuando la oscuridad se hace fuerte?

Willy mira las palmas de sus manos, como si buscara en ellas una señal de sí mismo.

He rezado, sí. He estudiado, he aprendido a escuchar a la gente, a orientar, a enseñar. He buscado a Pepe para pedir guía, porque tú me has enseñado que la vida no es una lucha contra la oscuridad, sino una fe que se traduce en acción.

Pero los pensamientos oscuros vuelven y me dicen que no valgo el respiro de la mañana, que la Navidad no es para mí. Y cuando veo el correo de doce perros, el sonido de los niños de la casa, siento que esa voz quiere apagarme.

Pepe toma un pequeño cuenco con agua y avanza, como si lo hiciera para anclar la conversación en un gesto concreto de cuidado.

Es humano que una Navidad cargada de recuerdos duros se vuelva un territorio inhóspito. Pero la Navidad también es un verbo: nacer, vivir, amar, cuidar. No se te pide que olvides, sino que puedas encontrar una forma nueva de vivir estas memorias. ¿Qué cosas buenas has descubierto este año, a pesar del dolor?

Willy suspira, y la respiración parece más clara.

He aprendido a escuchar más a las personas, a darles un espacio seguro para expresar su dolor y su miedo.

He visto cómo se abre una rendija de esperanza cuando alguien se siente realmente acompañado. He encontrado consuelo en lo cotidiano: el tacto de la madera, el olor a pan tibio en la cocina, las palabras simples que dicen “estoy contigo”. También he descubierto que voy aprendiendo a perdonarme, poco a poco, por no haber podido evitar el daño que me hicieron. Eso ya es algo.

Pepe asiente con la cabeza, una sonrisa suave delineando su rostro.

Eso es mucho, Willy. Perdonarte es una de las obras más grandes que podemos hacer cuando llevamos cicatrices. ¿Y qué piensas hacer cuando la voz que te llama a la oscuridad se haga más fuerte?

Hablar contigo, contestar con la verdad de mi fe: que no soy mi dolor, que no soy ese eco que repiten los miedos. Quiero hacer un compromiso de cuidado personal: dormir bien, comer con regularidad, buscar ayuda profesional cuando haga falta y, sobre todo, recordar que hay personas que me aman, que están dispuestas a sostenerme, aunque a veces yo crea que no es así.

Pepe toma un sorbo de agua, y su voz es un susurro de confianza.

Eso ya es una promesa. Y, si te parece, podemos construir una pequeña oración de protección y de presencia de Dios que puedas repetir cuando la oscuridad se acerque. ¿Te parece?

Willy asiente, y un rayo de luz, como una línea sutil entre las sombras, parece atravesar la sala.

Sí, por favor. Me gustaría tener una forma concreta de invocar esa presencia en mis momentos más solitarios.

Pepe, con la paciencia de quien ha caminado muchos senderos, toma una libreta y escribe unas líneas. Después de leerlo en voz alta, lo comparte con Willy.

Repite conmigo: “Dios de la misericordia, acompáñame en este corazón cansado. No permitas que la oscuridad me posea. Envía tu paz, envía tu luz, envía a tus santos ángeles para que me rodeen con amor.

Dame la fuerza para pedir ayuda cuando esté al límite, y la valentía para dar un paso hacia la vida, un paso que me recuerde que valgo la pena." ¿Quieres intentar las palabras?

Willy repite, con una voz que tímidamente se fortalece:

“Dios de la misericordia, acompáñame en este corazón cansado. No permitas que la oscuridad me posea. Envía tu paz, envía tu luz, envía a tus santos ángeles para que me rodeen con amor. Dame la fuerza para pedir ayuda cuando esté al límite, y la valentía para dar un paso hacia la vida, un paso que me recuerde que valgo la pena.”

Pepe cierra los ojos por un instante, como quien escucha un latido en la quietud.

Ese es un comienzo. Pero la vida no se sostiene solo con palabras. ¿Qué acciones concretas crees que podrías incorporar esta semana para entender que hay alguien que quiere acompañarte?

Willy piensa un momento.

Hablar más con los que me rodean; abrirme a mis hermanos en la fe y a mis amigos. Aceptar que no debo cargar con todo solo. Pedir cita con un profesional de la salud mental para revisar el plan de apoyo, y comprometerme a una rutina de sueño regular. También buscaré momentos de descanso y de belleza: una caminata al atardecer, escuchar música suave, escribir un diario de gratitud, aunque sea breve.

Pepe asienta, contento con la concreción.

Eso me parece excelente. La vida de un ser humano no es una sola batalla; es un conjunto de pequeños actos de cuidado que, acumulados, crean una red de seguridad. ¿Qué recuerdos de tu tía Materna y de tu madre te sostienen ahora?

Willy cierra los ojos brevemente, como si abriera una caja de recuerdos y buscara una chispa de luz.

El abrazo de mi tía Hilda cuando era niño. Ella me decía que la vida, aunque dolorosa, tenía un sentido en la fe. También las cartas que me dejó mi madre, con su firma temblorosa, diciéndome que estaba orgullosa de mí y que no dejara que la oscuridad consumiera mi luz. Esas palabras me sostienen, incluso cuando la oscuridad quiere repetirme que no valgo la pena de vivir.

La sombra de los árboles de bambú parece ensancharse, como si el jardín hablara con ellos, compartiendo su propia paciencia.

Tu historia no define tu futuro. Pero sí te da una brújula: el deseo de vivir con verdad, con amor, con fe. ¿Sientes que la Navidad puede convertirse en un recordatorio de todo lo que aún puedes hacer por ti y por los demás?

Willy asiente, una sonrisa casi imperceptible cruzando su rostro.

Sí. Quiero que esta Navidad sea una ocasión para honrar a quienes se fueron, para agradecer por la vida que me fue dada, y para comprometerme a vivir en compañía de las personas que me quieren. Quiero que la casa de los Bambú siga siendo un lugar de refugio para mí y para los demás.

Pepe, con un tono suave y firme, añade:

Y si en algún momento te sientes débil, recuerda que este refugio está lleno de voces que te quieren escuchar: las voces de quienes te acompañan y las voces de la fe que te sostiene. Existen recursos, y existe una comunidad que quiere verte vivir. Vamos a crear un plan de apoyo con pasos claros: horarios de sueño, contacto regular con un terapeuta, una red de personas con las que puedas hablar cuando el silencio te presione, y prácticas diarias de gratitud y oración que te hagan tocar la presencia de lo sagrado en lo cotidiano.

Willy toma aire profundo.

Gracias, Pepe. Por tu paciencia, por tu quietud, por tu fe que no me empuja, sino que me acompaña. Me ayuda a creer que la Navidad puede ser una estación de encuentro con la vida, no de abandono.

Eso es, hermano. La vida que hemos heredado no es un destino fijo. Es un llamado que se renueva cada día. ¿Quieres que te acompañe en este camino, no solo como coach, sino como compañero en la fe?

Willy extiende la mano, y Pepe la estrecha con calidez.

Sí, quiero. Gracias por creer en mí cuando yo a veces no puedo creer en mí mismo.

La casa de los Bambú, con su quietud y su sombra, parece susurrar una bendición. Afuera, el correo de doce perros continúa su latido, como una orilla de vida que sostiene el paso de Willy. Dentro, la conversación se cierra, no con respuestas exhaustivas, sino con un compromiso: de mirar la tristeza con compasión, de buscar ayuda cuando sea necesario, de abrazar la vida con la esperanza que nace del amor y de la fe.

Pepe se levanta ligeramente, mostrando la cercanía de su presencia.

Recuerda, Willy: la Navidad no niega el dolor, lo trasciende. Y cuando sientas el peso de la noche, ven a este lugar, respira, y deja que la paz te alcance no para desaparecer el dolor, sino para enseñarte a vivir con él. Te quiero acompañar en cada paso que necesites.

Willy, con el peso aligerado por la conversación y la promesa, se levanta.

Iré a buscar ayuda profesional esta semana. Mantendré estas palabras contigo, y las transformaré en acciones. Gracias, Pepe, por escucharme y por ser esa luz que no quema, sino que guía.

Afuera, el viento entre los bambús parece responder con su propio murmullo, un murmullo que no ahoga, sino que invita a la respiración.

Que así sea, Willy. Que la paz que buscas te alcance. Y recuerda: estás siendo visto, estás siendo amado, y tu vida importa.

A medida que el encuentro llega a su fin, ambos se despiden con un abrazo fraterno, sabiendo que la semilla de la esperanza ha sido plantada en el terreno fértil de la fe, la memoria y el cuidado mutuo. En los pasillos de la casa de los Bambú, entre el correo de doce perros y la sombra de los árboles, Willy se aleja con una nueva claridad: la Navidad puede convertirse en una promesa de vida, si se elige vivirla con valentía, acompañamiento y amor.

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