Este articulo presenta un diálogo entre dos interlocutores, Don Emilio, sacerdote, y Willy. En su conversación, Don Emilio guía a Willy para entender la Navidad desde la mirada de un franciscano seglar, especialmente cuando la tristeza por la pérdida de seres queridos acompaña la celebración.
A través de su intercambio, exploran cómo la humildad de Dios que se hace niño, la cercanía de Emmanuel y la misión de servicio pueden convertir el dolor en una presencia que consuele y acompañe a otros.
El diálogo busca ofrecer reflexión, esperanza y una ruta práctica para vivir la Navidad con sencillez, alegría y cercanía a los necesitados, sin silenciar el dolor, sino integrándolo en la fe y la acción.
Don Emilio: Willy, me alegra que hayas decidido acercarte a conversar. Dices que la Navidad te produce tristeza por la pérdida de tu madre y de otros seres queridos.
En mi experiencia, la Navidad no es un escaparate de luces que esconden el dolor, sino un convite a contemplar la cercanía de Dios que se hace hombre precisamente para fortalecernos en la vulnerabilidad. ¿Qué significa para ti la Navidad cuando la miras con ese dolor presente?
Willy: Gracias, padre. A veces siento que la tristeza es una sombra que acompaña a cada villancico y a cada gesto de alegría.
Recuerdo a mi madre, a mis tías y a otros familiares, y me pregunto si la Navidad puede ser también un lugar donde el recuerdo se transforma en servicio y presencia.
Quiero entenderlo desde la experiencia de un franciscano seglar: la humildad de Dios que se hace niño, la abundancia de la alegría que no niega el dolor, la pobreza del pesebre como lenguaje de cercanía.
Me gustaría que la Navidad no me deprima, sino que me llene de una alegría que brote del acto de hacer presentes a Dios para los demás.
Don Emilio: Esa pregunta es muy clara y muy necesaria. La Navidad, en la tradición franciscana seglar, se llama la fiesta de las fiestas porque reúne lo más profundo del misterio cristiano: el Dios que se abaja y se hace uno de nosotros para que nosotros, en ese mismo acto, podamos acercarnos a los demás con la misma humildad.
El Pesebre en Greccio no era un adorno, era una experiencia. San Francisco buscaba una manera de contemplar la Encarnación no desde la teoría, sino desde la vida: Jesucristo Niño, Dios que se hace cercano y comparte nuestra realidad.
Si nos quedamos solo en la alegría exterior, podemos perder la profundidad. Pero si abrazamos esa profundidad, la alegría se transforma en una fuerza que nos llama a estar presentes para los demás, especialmente para los pobres y marginados. ¿Qué significado le das tú a esa cercanía de Dios cuando escuchas esta historia?
Willy: Yo lo leo como una invitación a que mi vida sea una presencia, no una espera. Si Dios se hace cercano, entonces mi tarea no es esperar que Él venga a resolverlo todo desde arriba, sino salir a buscar a los que están solos, a los que sufren, a los que no tienen quien los escuche.
Mi memoria de mi madre fallecida me acompaña, pero quizá la forma de honrarla es convertir mi dolor en un pacto de servicio; por ejemplo, acompañar a una persona mayor, preparar una comida para alguien que vive solo, o simplemente sentarme a escuchar a quien nadie escucha. Esa idea de pobreza no es escasez, sino un camino de cercanía. ¿Cómo se traduce eso en una actitud práctica durante la Navidad?
Don Emilio: Se traduce, ante todo, en humildad: la humildad de reconocer que lo grande y bello puede nacer en un pesebre también está disponible en nuestras manos. No se trata de grandes gestos, sino de gestos hechos con sencillez, acompañados de la atención a la persona que está frente a ti.
Por ejemplo, una visita a una persona mayor o enferma, que la Navidad no sea solo una visita ritual sino un encuentro significativo. Otra práctica es la escucha, porque la cercanía de Dios se refleja también cuando damos espacio para la memoria y el dolor del otro, sin apresurarnos a ofrecer soluciones fáciles. ¿Qué gestos pequeños podrían convertirse hoy en señales de la presencia de Dios para quien te rodea?
Willy: Podría empezar por una llamada o una visita a alguien que vive solo, incluso alguien de mi propio entorno que quizá nadie acompaña.
También podría convertir el tiempo de preparación de la mesa navideña en un acto de compartir: invitar a quien menos tiene para comer, o hacer algo práctico para quienes requieren atención especial, como acompañar a un vecino mayor al médico o ayudar con las compras. Y, en medio de todo esto, mantener una escucha atenta a mi propia tristeza para que no se convierta en un muro que me aísle. ¿Cómo unir estas acciones con la dimensión espiritual que mencionas: oración, contemplación y presencia?
Don Emilio: La relación entre acción y oración es inseparable. La oración no es un escape hacia lo interior, sino el combustible que sostiene la disponibilidad de corazón para los demás.
Puedes mantener breves momentos de oración a lo largo del día: un Padre Nuestro, un Ave María, una mirada de gratitud por cada gesto recibido, y una reflexión corta sobre lo que la Navidad significa en la vida diaria.
La contemplación no es algo privado y estático, sino una mirada que se abre al misterio de la Encarnación: Dios que se hace cercano en medio de nuestra realidad, en cada encuentro y en cada silencio. ¿Cómo te imaginas incorporar la contemplación en tu rutina navideña?
Willy: Podría reservar momentos de silencio antes de las comidas, antes de las reuniones familiares o durante las caminatas.
En esas pausas, podría recordar a mi madre y a mis seres queridos, no para ahogarme en la tristeza, sino para pedir ayuda para traer su memoria al servicio de los demás. También podría leer pasajes que hablen de la Encarnación y de la cercanía de Dios, quizá Lucas 1–2, y dejar que una frase sencilla se quedara en mi corazón para el día siguiente. ¿Qué papel juega el Pesebre de Greccio en estas prácticas?
Don Emilio: El Pesebre en Greccio es una invitación a vivir la Encarnación como experiencia, no como decorado.
No se trataba de exhibir una escena, sino de experimentar que Dios se hace cercano, que Jesús Niño comparte nuestra realidad y que nuestra vida debe volverse una escena de esa cercanía para los demás.
Así, cada gesto de servicio, cada visita, cada comida compartida, se transforma en un pequeño pesebre donde se revela la presencia de Dios. ¿Qué experiencia concreta podrías proponer para que este año la Navidad sea, ante todo, presencia y no solo celebración?
Willy: Propongo dos acciones concretas: primero, una “peregrinación de servicio” durante la semana de Navidad, dedicada a una acción significativa para alguien necesitado (acompañar a una persona sola, ayudar a alguien con sus compras, preparar una comida compartida).
Segundo, una acción de memoria: una vigilia breve para honrar a mi madre y a los demás familiares, quizá con una oración, una lectura y una ofrenda en su memoria, integrada en la vida de oración diaria. ¿Cómo mantener la alegría de la Navidad sin negación del dolor?
Don Emilio: La alegría navideña nace de la certeza de que Dios está con nosotros, incluso cuando el dolor persiste.
La alegría auténtica no es ignorar la pérdida, sino verla iluminada por la presencia de Dios que se abaja para levantarnos. En la vida cotidiana, la alegría se expresa en palabras de aliento, gestos de bondad y momentos de gratitud compartidos, incluso cuando la tristeza está presente.
La misión de los franciscanos seglares es ser presencia de Cristo entre los necesitados y marginados, haciendo que el amor de Dios se haga tangible en gestos simples. ¿Qué te motiva ahora a vivir la Navidad como una presencia que consuele y acompaña?
Willy: Me motiva la posibilidad de que mi dolor se convierta en una ruta de servicio y consuelo para otros.
Si cada gesto de ayuda, cada escucha atenta y cada presencia se convierte en una señal de Dios, entonces mi experiencia de pérdida deja de ser un peso aislante y se transforma en una llamada a la comunión.
También me impulsa la idea de que la humildad no es menos, sino más: menos ostentación, más cercanía.
Quiero que la Navidad, para mí y para los demás, sea una invitación a buscar a Cristo en los más necesitados, a sostenernos mutuamente con la esperanza que nace del Verbo que se hizo carne. ¿Qué cierre podemos dar a este diálogo para que sea una invitación a la acción concreta?
Don Emilio: Que la Navidad sea, para ti y para quienes te rodean, un camino de presencia real.
Te propongo un compromiso sencillo: durante esta Navidad, elige una acción de servicio concreta cada día, por modesta que sea, y acompáñala con una oración breve que se refiera a la memoria de tu madre y familiares.
Haz de cada gesto una pequeña encarnación de Emmanuel: Dios con nosotros. Contempla la realidad que te rodea, escucha con el corazón y actúa con un amor práctico que fortalezca a quienes te rodean. Y recuerda que la esperanza no se opone al dolor; lo transforma cuando se ofrece a Dios y se comparte con los demás.
Te invito a volver a conversar dentro de una semana para compartir las experiencias vividas y fortalecer el camino recorrido. ¿Te parece?
Willy: Me parece un cierre lleno de sentido. Acepto el reto y agradezco su claridad y su cercanía. Si la Navidad puede ser, para mí, una presencia que consuele y que impulse a servir, entonces la tristeza ya no será solo un peso, sino una luz que guía hacia los demás. Gracias, don Emilio, por abrir un espacio de conversación que integra fe, memoria y acción.
En la tradición franciscana seglar, la Navidad es la fiesta de la humildad que nos llama a ser presencia de Dios cercana a los pobres, con alegría, servicio y oración, especialmente en la hondura de la tristeza, para que el amor de Dios se haga palpable en cada gesto sencillo.
Que este diálogo sirva como ruta práctica para vivir la Navidad con sencillez, apertura y servicio, sin negar el dolor, sino integrándolo en la fe y la acción.
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