En el umbral del año 2026, me detengo a mirar el espejo de la fe y la vida, y descubro que la forma más fiel de verme es como Dios me ve: un ser amado, imperfecto y llamado a la grandeza de la humildad.
Quiero hacer de este deseo algo más que una idea: una experiencia cotidiana, un modo de vivir que transforme cada gesto, cada palabra y cada decisión. Ser franciscano seglar, en este tiempo, es abrazar la fragilidad como camino de santidad, dejar que la sencillez sea la brújula y que la caridad sea la lengua con la que hablo al mundo.
La humildad, entendida como camino, se convierte en la linterna que guía mi ruta. San Francisco de Asís nos recuerda que la grandeza pasa por la pequeñez, que la santidad no se fabrica en grandes logros visibles sino en la fidelidad constante al pequeño servicio de cada día.
“Seamos, pues, instrumentos de paz”, dice la tradición franciscana. Quiero que esa paz comience en mi propio corazón: una paz que no busca lucirse, sino sanar, acompañar y construir puentes donde hay muros.
En este sentido, mi proyecto para 2026 nace desde la humildad que se traduce en escucha respetuosa y en la disponibilidad para caminar junto a otros, especialmente con quienes viven en la vulnerabilidad. Como recordaba Santa Clara de Asís, “La verdadera grandeza está en el servicio humilde.”
La humildad, sin embargo, no es sumisión pasiva, sino una actitud activa de verdad. Reconocer que no soy el centro del universo me permite mirar a cada joven, a cada familia y a cada profesional que me rodea con ojos de aprendizaje y de servicio.
En la práctica, la humildad se manifiesta al aceptar errores, al pedir ayuda cuando es necesario, al agradecer con frecuencia y al otorgar crédito a quienes, con su testimonio diario, me enseñan más de lo que podría enseñarles yo. En palabras de San Antonio de Padua, “La paciencia es la paciencia de la fe.” Y la fe, para mí, se activa en la escucha, en la presencia constante y en la capacidad de quedarme cuando resulta difícil.
Imitar a San Francisco de Asís implica, ante todo, vivir la pobreza como estilo de vida y comprender la pobreza no como carencia, sino como libertad. Ser franciscano seglar en 2026 me llama a ser fuente de sencillez: una presencia que no agobia con palabras rimbombantes, sino que ofrece escucha, cercanía y servicio tangible.
Es la decisión de participar en la construcción de un mundo más humano, donde las personas recuperen su dignidad y donde la justicia se viva en cada pequeño acto de cuidado. San Francisco nos invita a abrazar la pobreza no como vergüenza, sino como libertad para amar sin condiciones: “Quien quiere ser grande entre vosotros, que sea el servidor de todos” (inspiración de su enseñanza y vida).
El llamado a la vida humilde también invita a la fraternidad. La vida en comunidad no es obstáculo; es modelo. Yo, deseo seguir de voluntario junto a los frailes terciarios capuchinos que dirigen el Centro Juvenil Luis Amigó, encuentro una oportunidad preciosa para vivir la comunión entre fe y acción.
En este centro habitan jóvenes que viven en condiciones de riesgo y que pueden encontrarse en conflicto con la justicia. Allí la misión se hace evidente: rescatarles no solo de la ruta del daño, sino acompañarlos en la construcción de un proyecto de vida que merezca ser vivido. Como enseñó San Buenaventura, “La vida en común es la escuela de la paciencia y de la esperanza.” Cada joven es un milagro en proceso, cada historia una posibilidad de redención.
Desde el ámbito profesional de la orientación educativa y familiar, mi compromiso es servir a Dios en la vida concreta de cada persona que llega a mí y a cada familia que busca apoyo.
Deseo que mi trabajo continúe articulándose con la visión franciscana: escuchar con paciencia, orientar con honestidad y acompañar con misericordia. La orientación educativa y familiar no es solo una intervención técnica; es un acto de fe en la posibilidad de cambio que reside en cada persona. Como decía Santa Teresa de Jesús, “Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa; Dios no se muda.” Este fundamento de serenidad me sostiene cuando me toca acompañar procesos complejos.
El Centro Juvenil Luis Amigó ofrece un espacio privilegiado para entrelazar la educación, la libertad y la responsabilidad juvenil.
Es un lugar donde la esperanza no es una idea lejana, sino una práctica cotidiana. Colaborar en este centro significa escuchar sin juicios, comprender sin etiquetas, acompañar procesos educativos que promuevan la autonomía y la responsabilidad personal, y crear redes de apoyo que integren a la familia, la escuela, la comunidad y las instituciones de justicia, para que el joven encuentre oportunidades reales para rehacer su historia.
Desarrollar proyectos que permitan a los jóvenes experimentar su dignidad como hijos de Dios y como sujetos de derechos se convierte en un compromiso práctico y profundo.
Como recordaba San Francisco de Asís, “Empieza por hacer lo necesario; luego haz lo posible; y de ahí surgirán lo mejor.” Siendo fiel a esa guía, cada paso se enmarca en una humildad que facilita el cambio.
En este marco, mi vocación se entiende como un servicio que no busca protagonismo, sino coherencia entre fe y obra. El objetivo mayor no es solo intervenir para impedir un daño, sino sembrar condiciones para que estos jóvenes descubran que pueden elegir otro camino y que su vida merece ser vivida con plenitud.
No se trata de un listado de tareas, sino de una presencia sostenida que crea interiores capaces de decir: “Todavía puedo elegir”. En palabras de Santa Teresa de Calcuta, “No podemos hacer grandes cosas; solo pequeñas cosas con gran amor.” Y ese “gran amor” es lo que guía cada interacción.
La dimensión educativa y formativa de mi vocación se apoya en la convergencia entre experiencias de fe y herramientas de orientación educativa y familiar.
En 2026 quiero profundizar en prácticas de acompañamiento centradas en la persona: escuchar primero, intervenir después; fomentar espacios de diálogo que permitan a los jóvenes expresar sus miedos, sus sueños y sus preguntas sobre justicia, libertad y responsabilidad; potenciar redes de apoyo que incluyan a docentes, trabajadores sociales, personal de seguridad y familias, para que cada joven se sienta sostenido por una comunidad que lo comprende y que cree en su capacidad de cambio; integrar la espiritualidad franciscana como fuente de motivación ética: la humildad, la compasión y la misión de servicio como motor de las intervenciones.
No se trata de convertir la orientación educativa en una simple técnica de intervención; se trata de vivir la presencia como una forma de milagro cotidiano: recordar a cada joven que su vida tiene valor, que sus errores no definen su humanidad y que siempre es posible reescribir una historia con decisión y apoyo mutuo. Como diría San Francisco, “La humildad es la verdadera riqueza de la vida.”
Rescatar a jóvenes en riesgo social y en conflicto con la justicia implica, de manera esencial, una actitud de reverencia ante la dignidad de cada persona.
La mirada de Dios en cada rostro llama a la ternura y a la verdad. Hay realidades que duelen, pero también hay posibilidades de reconciliación, de reencuentro con la propia identidad, de reparación y de esperanza.
En este camino, la figura de San Francisco ofrece un marco de responsabilidad amorosa: no exigir lo imposible, sino acompañar lo posible con paciencia y fe. Santa Clara, en su testimonio de vida, nos recuerda que la verdadera fortaleza está en la fidelidad a la llamada recibida, día a día.
Mi deseo es que 2026 no sea solo un año de asistencia, sino de conversión constante: convertir la propia vida en un laboratorio de amor, donde cada encuentro con un joven se convierta en una semilla de cambio.
Así, lo que empieza como una acción profesional se transforma en una experiencia de gracia, en la que la experiencia de la fe y la esperanza se traduce en acciones concretas. En palabras de San Juan de la Cruz, “Donde hubo amor, allí hubo milagro.” Y cada encuentro en el Centro Juvenil Luis Amigó puede ser, si se recibe con apertura, un milagro pequeño que desate otros caminos.
“Hazte humilde y verás la gloria de lo divino en lo cotidiano.” (inspirada en la espiritualidad franciscana)
“Quien sirve a los demás, sirve a Dios.” (tradición cristiana)
“La humildad no es menos, es todo lo que se necesita para amar.” (relectura de San Francisco)
“La verdadera libertad no es libertad para hacer lo que me conviene, sino para amar como conviene.” (relectura de un pensamiento ético)
“Donde hay pobreza, triunfo la misericordia.” (inspirado en la vida de los santos)
“La paz que construimos entre nosotros es la paz que llevamos al mundo.” (pensamiento de fraternidad)
“La paciencia es la llave de la esperanza.” (San Felipe Neri)
“El amor no busca lo suyo, busca la gloria de Dios y el bien del prójimo.” (san Antonio de Padua)
Compromiso concreto para el año 2026:
Mantener una práctica de oración y reflexión regular que alimente la humildad y el discernimiento en la acción educativa y familiar. Como Jesús en su vida pública, cultivar el silencio y la escucha para que cada intervención tenga carácter de encuentro.
Desarrollar proyectos de intervención y acompañamiento que se integren con el trabajo del Centro Juvenil Luis Amigó, promoviendo iniciativas que reduzcan la vulnerabilidad y favorezcan la reintegración social de jóvenes en conflicto con la justicia. Implementar rutas que integren escuela, familia y comunidad, con un énfasis en la reparación y la dignidad.
Fortalecer lazos de cooperación entre la comunidad educativa, las familias y las autoridades, buscando respuestas holísticas que respeten la dignidad de cada joven y su derecho a oportunidades reales. Construir alianzas que permitan una visión compartida de futuro y una respuesta integral ante la vulnerabilidad.
Impulsar programas de mentoría, voluntariado y acompañamiento familiar que protejan a los jóvenes y les brinden herramientas para construir futuros posibles. Diseñar prácticas de acompañamiento que sostengan a las familias, para que el entorno cercano sea un instrumento de sanación y crecimiento.
Si Dios me mira, me ve como un ser amado que aprende, cae y se levanta; me ve como alguien capaz de cambiar, de crecer y de amar con verdad. En ese espejo divino quiero caminar hacia 2026: con la humildad como estandarte, con la curiosidad como motor y con la ternura como lenguaje.
Quiero vivir la experiencia de ser franciscano seglar no como un estatus, sino como una forma de estar en el mundo: sirviendo, acompañando y, sobre todo, amando a cada persona con la que la vida me cruza.
Mi esperanza más profunda es que el Centro Juvenil Luis Amigó siga siendo faro de esperanza para jóvenes en situación de riesgo, un lugar donde la justicia se entienda como protección y donde la educación se transforme en liberación. Si Dios me ve así, como alguien que intenta imitar la vida de San Francisco en cada acción, entonces mi año 2026 tendrá sentido, y mi camino, una promesa de bendición para todos los que me rodean.
Porque, al final, Vernos a nosotros mismos como Dios nos ve no es una pretensión de grandeza, sino un compromiso de amar con verdad. Y amar, cuando se practica con constancia, puede cambiar el mundo, una vida a la vez.
En ese pequeño giro cotidiano reside la promesa de que cada joven que se acerque a mi servicio encontrará un lugar donde la dignidad es posible, donde la esperanza puede renacer, y donde la fe se traduce en acciones que tocan, fortalecen y liberan.
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