En la cocina de una Casa Cural, refugio sencillo donde la vida cotidiana se entrelaza con la vida de la fe, dos personas dialogan sobre vocación, maternidad espiritual y servicio.
Marujita, una mujer dedicada, cálida y experta en cuidar a los sacerdotes que llaman a la casa cural su familia, prepara frijoles y plátanos maduros con queso, signos de un cariño que alimenta tanto el cuerpo como el espíritu.
A su lado, Willy, un franciscano seglar de 52 años, observa con gratitud y curiosidad, recordando a su madre y aprendiendo de la experiencia de Marujita cómo la oración, la fe y la perseverancia sostienen la vida de la madre de un sacerdote.
Este diálogo busca iluminar, con humildad y esperanza, la dimensión sacramental de lo cotidiano: cómo una vocación de servicio se hace carne en la cocina, en las pequeñas cosas que fortalecen a quienes dedican sus días al cuidado de los ministros de la Iglesia. A través de citas de santas y beatas, la conversación ofrece miradas de fe que inspiran a seguir sembrando amor, paciencia y oración en medio de la vida diaria.
Willy: Te admiro, amiga. Me haz enseñado, al igual que lo hizo mi madre, que las oraciones de una madre llegan al cielo y son escuchadas por Dios. ¿Qué es para vos, como madre de un sacerdote, la oración, la fe y la perseverancia?
Marujita: Ay, Willy, gracias por tus palabras. La oración para mí es como ese hervor constante que no se ve, pero que sostiene todo. Es hablar con Dios en el silencio de la cocina, en las tareas, en las preocupaciones de cada día. Cuando un hijo es sacerdote, la oración se hace puente entre el corazón humano y el corazón de Dios. Es confianza puesta en las manos del cielo, incluso cuando no hay palabras grandes, sino sencillas.
Willy: Me pregunto por mi madre. Ella decía que las oraciones de una madre son perfume que sube al cielo y llega a Dios. ¿Cómo sostener esa fe cuando la vida se llena de pruebas?
Marujita: La fe es perseverar aun cuando el camino parece oscuro. Es creer que Dios camina contigo, como esa olla que hierve despacio hasta que todo se ablande. Cuando ves a un hijo sacerdote, entiendes que la vocación es un don que requiere humildad, paciencia y entrega.
Como decía Santa Teresa de Jesús: “Nada te turbe, nada te espante; dentro de ti, se mantiene firme.” La fe es esa serenidad que nace de la confianza en Dios, y la perseverancia es la constancia de cada día, en la cocina y en la oración.
Willy: En tu casa cural trabajas con un cariño que parece una vocación de servicio. Cuidas a estos sacerdotes como si fueran un regalo de Dios puesto a tus manos. ¿Qué significa para vos cuidar a los sacerdotes como si fueran familia?
Marujita: Significa reconocer que cada sacerdote es un hijo de la Iglesia, llamado a vivir el amor de Dios en medio de la gente.
Mi tarea aquí es ser un puente de paz: preparar la mesa, limpiar, escuchar, apoyar. Cuando cocino frijoles, dejo que la paciencia haga su trabajo; cuando pico los plátanos, imagino que cada gesto alimenta su espíritu. Si me preguntan cuál es mi vocación, diría que es servir con amor, porque el servicio es un acto de amor a Dios que se manifiesta en la cocina, en las palabras amables, en la fidelidad a la hora de la comida, en la presencia constante.
Willy: Hablando de amor y servicio, ¿qué ideas o citas de mujeres santas o beatas inspiran tu vida como madre de un sacerdote?
Marujita: Veo en María, la madre de Jesús, un modelo de fe y entrega. Pero me gustan más las palabras de mujeres que caminaron con valentía en la fe. Santa Teresa de Lisieux decía: “Nada de grande se puede hacer sin una gran humildad.” Santa Catalina de Siena decía: “Si eres lo que debes ser, harás lo que debes hacer.” Santa Teresa de Calcuta, con su simplicidad profunda: “La grandeza de una persona no está en lo que tiene, sino en cuánto ama.” En nuestra cocina, estas palabras se vuelven una receta: humildad, amor, paciencia y servicio constante.
Willy: Me conmovió esa idea: humildad y servicio como recetas. ¿Qué otras imágenes te inspiran para transmitir esa vocación a los jóvenes que te ven trabajar?
Marujita: Pienso en la imagen de una madre que cuida a sus hijos con paciencia, sin perder la esperanza. Recuerdo también a la Virgen de la Medalla Milagrosa, que dice que Dios está cerca y escucha.
Pero, sobre todo, imagino a las hermanas religiosas que abren camino con su sencillez: la tarea cotidiana se convierte en oración cuando se hace con amor. En la cocina, cada estación, cada olla, cada plato servido es una pequeña ofrenda.
Willy: ¿Y qué consejo darías a un joven que quiere acercarse a una vocación sacerdotal, pero tiene dudas?
Marujita: Le diría que escuche su corazón y mire la vida con ojos de servicio. La vocación no es un trofeo, es una entrega diaria. Es aprender a amar sin condiciones, a perdonar, a agradecer. Si al mirar dentro de sí encuentra hambre de Dios, que no tema; Dios le acompañará en el camino. Como dijo Santa Teresa de Ávila: “Nada te turbe; nada te espante.” Que esa serenidad guíe cada decisión.
Willy: En esta casa cural, trabajas para que cada detalle hable de cuidado. ¿Cómo influyen tus oraciones en el día a día, en la cocina y en las relaciones?
Marujita: Las oraciones son el hilo invisible que sostiene la casa. Cuando estoy cocinando, pido por cada sacerdote, por su salud, por su serenidad ante las dificultades, por la paz en su labor.
En las conversaciones, dejo que las palabras sean cuidadosas, que no falten las sonrisas ni la paciencia. La oración transforma el ritmo de la casa: menos prisa, más escucha; menos egoísmo, más servicio. Y cuando llega un momento de cansancio, recuerdo las palabras de Sor Juana Inés de la Cruz: “¿Qué te agobia a vos, si todo es para Dios?” y sigo adelante con humildad.
Willy: ¿Qué gesto de la vida cotidiana te recuerda que estás viviendo una vocación de madre de sacerdote?
Marujita: Cada vez que preparo la comida con el corazón, cada vez que escucho atentamente a uno de los sacerdotes que llega más cansado, cada vez que apoyo en la liturgia o en la celebración como ministra de la eucaristía, siento que es una vocación.
El acto de cuidar de ellos, como de un hijo, es una forma de amar a Dios en su presencia. Y cuando veo la cara de satisfacción de un sacerdote al probar un plato que sale del corazón, entiendo que ese cuidado es un sacerdocio vivido en lo cotidiano.
Willy: A veces la distancia entre la fe y la vida diaria parece grande. ¿Cómo logras mantener la esperanza en medio de desafíos?
Marujita: Mantengo la esperanza en tres cosas: la comunidad que me rodea, la fe que sostiene cada respiración, y la certeza de que Dios no abandona a sus hijos. También me sostienen las pequeñas gratitudes: una sonrisa de uno de los sacerdotes, un gesto de solidaridad entre colegas, la seguridad de saber que el Señor está al frente.
En palabras de Santa Ángela de Foligno: "La esperanza es la cosa que canta dentro de la piel." Yo siento esa canción cada día en la cocina.
Willy: Hablemos de la cocina. ¿Qué sabor de la casa cura te recuerda que estás trabajando para Dios?
Marujita: El sabor de la sencillez y la paciencia. Los frijoles cocidos con cariño, el plátano maduro con queso dorado, la mesa que siempre recibe a quien venga.
Es una cocina que abraza a todos, que sana cansancios y alimenta la fe. Cuando sirven para la oración de la casa, se convierten en un regalo para quienes dedican su vida al servicio del pueblo. Esa es la verdadera sazón: la humildad y la constancia.
Willy: Antes de terminar, ¿qué quisieras decir a quienes leen este diálogo sobre la maternidad espiritual en la vida de un sacerdote?
Marujita: Que la maternidad espiritual no termina cuando el hijo entra en el sacerdocio; se transforma en una compañía constante, en un compromiso de amor que atraviesa la vida cotidiana.