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Viernes, 27 Marzo 2026
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Escribir para sanar vivir para ayudar a los demás

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF   Marzo 27, 2026

 

En la casa de los Bambús, la brisa de Aserrí susurra historias que parecen venir de Brasil y de Costa Rica a la vez.

Dos voces se encuentran en un patio donde la vida se escucha en múltiples tonos: el ladrido de perros rescatados, el murmullo de las hojas, el paso de los visitantes y el tacto de las palabras que se tejen con paciencia para dejar huellas.

Uno es Willy, orientador familiar y educativo, artesano de la escucha que transforma la presencia en cuidado; el otro es Jorge Amado, un escritor que ha vivido entre culturas y ha aprendido a mirar el mundo con una ética de la escritura como oficio de cuidado, y con la emoción como motor de la memoria.

Este encuentro no pretende ser una réplica de una conversación real, sino un diálogo que busca comprender cómo las palabras pueden sanar, acompañar y sostener a las personas en su realidad cotidiana. 

Willy: ¿Qué ves cuando miras Brasil desde aquí, desde este patio lleno de ruido suave y ladridos que parecen celebrar la llegada de la inspiración?

Jorge: Veo un mosaico de vidas, una sinfonía de memorias y ritmos que laten al mismo tiempo, incluso cuando la realidad se muestra dura. Detrás de cada noticia hay una historia que merece ser escuchada con dignidad, y cada palabra que elegimos escribir tiene el poder de sostener o de herir. ¿Y tú, Willy, qué preguntas te trae el día?

Willy: Me pregunto cómo la escritura puede sostener la emoción sin convertirla en espectáculo. En mi labor como orientador, he visto que las palabras pueden sanar o herir, según el precio que les pongamos.

A veces me pregunto si el lector escucha más allá de la página, si la emoción que parece delirar en la sala de clases encuentra un cauce humano en la memoria de las familias.

 Jorge: Esa pregunta es el corazón del oficio. La emoción es combustible, sí, pero también una responsabilidad. Cuando se escribe, cada frase debe ser un puente entre lo que siente el lector y lo que la vida reclama con su propia verdad.

No se trata de manipular la vulnerabilidad ajena, sino de acompañarla para que emerja su propia voz. ¿Qué experiencias te han mostrado que esa voz necesita ser protegida?

Willy: Hablas de voz. En mi lectura de la ética de la escritura encuentro un marco para dialogar entre arte, historia y bienestar.

No se trata solo de describir el mundo, sino de cuidar el alma de quien lee y de quien escribe. A veces una palabra puede sostener una esperanza, y a veces puede arrastrar a la desesperanza si no se elige con cuidado.

Jorge: Exacto. Un escrito puede abrir una ventana o encerrar a alguien. Un semanario, una columna, una crónica: todos estos formatos abren puertas cuando el autor recuerda que la lectura es una conversación en la que el lector aporta su propio cielo y su propio techo. ¿Cómo integras esa influencia en tu diario vivir, en la relación con las familias que acompañas? 

Willy: Practico la escucha profunda: antes de proponer una guía, escucho el silencio que precede a la palabra. 

En cada casa, en cada historia, hay una vibración distinta: una esperanza, una preocupación, un recuerdo que aún sangra un poco.

El silencio, cuando se escucha con paciencia, se vuelve guía más fiable que cualquier diagnóstico.

Jorge: Esa escucha es ya una acción ética. La comprensión que nace del silencio permite responder con precisión, evita simplificaciones y evita herir a quienes ya han vivido mucho dolor. ¿Qué descubrimientos te ofrece ese silencio cuando trabajas con jóvenes y padres?

Willy: Descubro que las palabras que acompañan a una familia deben ser como un faro suave: presentes, pero sin invadir. A veces la orientación no es decirles qué hacer, sino acompañarlos a descubrir qué lugar toman sus propios recursos, sus redes de apoyo, sus valores.

Las historias que me cuentan, cuando las dejo respirar, se vuelven ellas mismas preguntas que guían la acción.

Jorge: Esas son herramientas de convivencia, no solo técnicas de intervención. En esa misma línea, ¿cómo dialogas tú con la memoria colectiva de Brasil y Costa Rica para tejer ese hilo entre culturas sin forzar paralelismos ni simplificaciones?

Willy: Reviso mis lecturas y mis experiencias para evitar las trampas del juicio apresurado. Brasil no es un espejo plano; es un país de contradicciones ricas: belleza y dolor, humor y resistencia, rapidez y paciencia.

Mi amigo de Brasil, como tú, me recuerda que la narración debe permitir a cada lector caminar dentro de su propio mapa emocional. No se trata de comparar para medir, sino de mirar desde la curiosidad y la humildad.

Jorge: Esa prudencia es crucial. La ética del escritor no es una camisa de fuerza, sino una brújula flexible. ¿Cómo mantienes esa brújula cuando la noticia del día te golpea con su intensidad y te empuja a tomar partido?

Willy: Mantengo la brújula anclada en la dignidad de las personas. Cuando la noticia interpela la vida de una familia, no intento simplificar para encajarla en una agenda. Intento entender desde dentro, acompañar a las personas en su propio proceso de sentido, y luego comunicar esa comprensión con honestidad, sin sensacionalismo.

El equilibrio no es evitar la emoción, sino dirigirla hacia un propósito que no desfigure la verdad.

Jorge: Esa honestidad exige valiente humildad: admitir dudas, reconocer límites, y evitar la tentación de convertir el dolor en espectáculo para el lector. ¿Qué papel juega la emoción en esa honestidad?

Willy: La emoción es la condición humana que nos conecta. Sin emoción, la escritura se seca y se vuelve fría; con demasiada emoción, corre el riesgo de desbordarse y perder el foco.

Mi tarea es armonizar emoción y razón, permitir que broten imágenes y sensaciones que iluminen la realidad sin oscurecerla. ¿Qué experiencias te han llevado a entender esa necesidad de equilibrio?

Jorge: En mis años de lectura y observación, aprendí que el equilibrio nace de la atención sostenida: prestar atención a las pequeñas señales, a los gestos que la gente quiere ocultar, a los silencios que dicen más que palabras.

Cuando uno escucha así, la historia se revela con más verdad y menos juicios previos. ¿Cómo mantienes esa escucha cuando la vida te apremia?

Willy: Y cuando la historia llega a un final, ¿qué queda como residuo para el lector? ¿Qué invitación lanzas para que esa experiencia no se quede en la página, sino que transite hacia la vida real de quien lee?

Jorge: Quedo con la idea de que cada texto es una conversación que no termina en la última página. Dejo una invitación a mirar más allá de la superficie, a preguntar qué cambios puede acoger la vida diaria, qué emociones pueden transformarse en acciones concretas de bondad, de justicia y de cuidado mutuo. ¿Qué tipo de cambios buscas provocar tú, Willy, en quienes te leen y en quienes te rodean?

Willy: Busco despertar una conciencia activa: que cada lector se pregunte qué significa vivir con responsabilidad cuando se escribe, se enseña o se acompaña a una familia.

Quiero que el texto sirva como espejo y como llave: que nos invite a ver lo que somos y a abrir puertas a lo que aún podemos volverse. Si alguien lee y decide escuchar con más atención, si otro se atreve a escribir con más cuidado, ya habremos ganado algo significativo.

Jorge: Esa aspiración resuena con la ética de la escritura como oficio de cuidado. No se trata solo de entretener, sino de sembrar condiciones para que las personas se cuiden y cuiden a los demás. ¿Qué papel juegan las historias pequeñas, las anécdotas cotidianas, en ese proyecto?

Willy: Las historias pequeñas son las que sostienen la gran escala de la vida. Una anécdota de un niño que encuentra una respuesta en medio de la ansiedad de un examen, una madre que descubre su propio valor para sostener a su familia, un vecino que comparte una olla de comida para quien llega tarde.

Es en lo cotidiano donde la ética se vuelve práctica, donde la escritura se vuelve una mano amiga que sujeta la del otro sin invadirla. No hay gesto pequeño cuando se trata de sostener a alguien que está al borde.

Jorge: Si la escritura quiere servir, debe hacerlo con las manos abiertas y los ojos atentos. ¿Qué consejo final darías a quien quiere cultivar ese oficio de cuidado a través de la palabra?

Willy: Consejo final: cultivar la paciencia. Buscar la verdad con calma, permitir que la palabra llegue cuando tiene que llegar, y no cuando uno la quiere obligar.

Practicar la humildad ante la complejidad de las vidas que entran en escena, y recordar que cada lector es un copiloto con su propia historia. Si logramos sostener esa humildad, cada texto puede convertirse en un espacio seguro donde la emoción, la memoria y la esperanza se encuentren para crear caminos posibles.

Jorge: Gracias por este diálogo, Willy. Que sigan las historias que cuidan, que preguntan y que dejan a cada lector la posibilidad de hacer una elección consciente: leer para entender, escribir para sanar, vivir para ayudar a otros a vivir con verdad.

Willy: Gracias a ti, Jorge. Que este patio siga siendo un lugar de encuentro entre voces diversas, donde la ética del escribir y el deseo de bienestar se sostengan como dos ramas de un mismo árbol, que crece con paciencia y luz. Y que, a través de estas palabras, cada lector encuentre el significado de su propia tarea en el mundo. Este es un dialogo ficticio entre el escritor y Jorge Amado, (q.D.g.).

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