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Lunes, 18 Mayo 2026
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Salud Mental: cuando la memoria enciende la acción

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Especialista en Liderazgo, LEAD University Mayo 18, 2026

En 2013, el mundo parecía inclinarse ante ruidos pequeños y grandes: conversaciones que apenas se escuchaban, silencios que pesaban, miradas que evitaban ciertas certezas.

En medio de ese paisaje, la figura de mi hermano Alban emergía con una intensidad que no sabía medir. Alban era apenas un año mayor que yo, pero la vida en nuestro hogar se sentía de otra época, más cercana a una vulnerabilidad compartida que a la seguridad de las paredes. Alban luchaba contra un dolor que no tenía nombre fácil, contra un paisaje mental que se movía con la precisión impredecible de una tormenta.

Alban vivía con trastorno bipolar. No era una etiqueta que pudiera definirlo por completo, ni un obstáculo que pudiera encerrar su risa ni su silencio.

Era su manera de existir en el mundo: momentos de claridad en los que cada idea brillaba con fuerza, seguidos de fases de oscuridad en las que la habitación parecía cerrarse y el deseo de seguir adelante se volvía una pregunta sin respuesta.

Lo acompañé en ese recorrido, no como un experto, sino como alguien que ama, aprende y, sobre todo, escucha. Escuchar sin juicios, sostener sin invadir, ofrecer presencia cuando las palabras fallan y el cuerpo tiembla de miedo o de cansancio. Ser hermano no es una promesa de perfección, sino un pacto de cercanía: estar cuando la otra persona ya no puede estar sola. 

La mirada que llega con un diagnóstico llega tarde, pero llega. Cuando se hizo evidente, cuando los médicos dieron la palabra que necesitaba ser nombrada para entender el dolor, algo dentro de mí cambió sin mi permiso.

Comprendí que la lucha de Alban no era solo contra los episodios de la enfermedad, sino contra un mundo que aún no sabía mirar con compasión el sufrimiento mental. Fue ese momento el que encendió una chispa que, sin planearse, se convirtió en una vocación.

No era solo querer comprender; era un deseo profundo de que nadie más tenga que caminar solo por pasillos oscuros que nadie quiere reconocer.

La certeza de que la salud mental no es un asunto privado, sino una construcción colectiva, me llevó a pensar en soluciones que fueran más allá de la familia y de los consultorios.

Empecé a ver que la enfermedad, cuando no se acompaña de conocimiento y redes de apoyo, se queda atrapada en la soledad y el estigma.

Por eso, junto a profesionales comprometidos y con el ánimo de ampliar horizontes, imaginamos un proyecto que superara las fronteras de lo personal para abrazar lo social.

Quisimos fundar la primera ONG en Costa Rica dedicada a apoyar a personas con trastorno bipolar. No fue una misión individual; fue una red de voluntades, de saberes que se encontraban para construir un espacio seguro donde las personas pudieran hablar con dignidad, recibir tratamiento y encontrar esperanza.

La creación de esa ONG fue un proceso arduo, tedioso y, a la vez, profundamente significativo. En cada paso, apareció la generosidad de quienes creían que la dignidad de cada mente puede hacerse visible si se le da un lugar.

A lo largo de esa ruta, el camino estuvo marcado por un escepticismo que a veces muerde y por una fe paciente en lo que la sociedad puede llegar a ser cuando escucha a sus integrantes más vulnerables.

No fue fácil; hubo noches largas en las que parecíamos no avanzar, y días en los que un solo testimonio de alguien que encontró un apoyo concreto parecía encender un faro para todos nosotros.

Entre los gestos que dieron sentido a esa labor, la presencia de la fe jugó un papel crucial. En Costa Rica, la cooperación entre la salud y la espiritualidad mostró sus posibilidades cuando se entibia la conversación entre el cuidado y la creencia.

Encontramos en Monseñor Hugo Barrantes Ureña, entonces arzobispo de San José, y en el padre Marvin Danilo, conocido cariñosamente como el Padre Pollo, una apertura que superó límites y rompió muros que a veces separan a la ciencia de la humanidad.

Su apoyo no fue solo una ayuda práctica; fue una reafirmación de que la compasión no conoce fronteras y de que la solidaridad puede desmantelar el estigma que rodea a las personas con trastornos mentales.

Ellos creyeron en la misión cuando otros dudaban, y esa confianza fue un impulso poderoso para seguir adelante.

El camino no fue una sucesión de éxitos sin dolor. Fue una travesía plagada de desafíos: la complejidad de la institucionalidad, las resistencias culturales, la dolorosa realidad de la discriminación que persiste, incluso cuando se busca la igualdad de derechos.

Pero cada avance, por pequeño que pareciera, se convertía en una prueba de que la salud mental merece ser priorizada, y tratada con la seriedad que merece.

Las historias de quienes encontraron apoyo a través de la ONG se volvieron la evidencia que necesitábamos para sostener la causa cuando el cansancio amenazaba con vencer la motivación.

Antes de esa época decisiva, hubo un ayer silencioso en el que la salud mental quedaba oculta en los márgenes de la conversación pública. Sin embargo, en Costa Rica, hubo un antes y un después atribuible a una figura clave: la doctora Daisy María Corrales Díaz, entonces ministra de salud.

Su gestión marcó un giro radical. Enfrentó lo difícil con claridad: convocó a la academia, a la sociedad civil, a la asociación de psiquiatras y psicólogos, a los trabajadores de la salud y a las comunidades para construir la primera política nacional de salud mental.

Esa iniciativa convirtió un tema históricamente escondido en un eje transversal de políticas públicas.

Fue un acto de valentía y visión: hacer visible lo invisible, civilizar lo que había estado silenciado, y abrir puertas para que el país entero pudiera mirar de frente la salud mental.

Su liderazgo creó un marco que facilitó la prevención, la atención temprana y la protección de derechos, y permitió que proyectos como nuestra ONG encontraran un terreno más sólido para sostenerse y crecer.

La creación de esa ONG fue un proceso arduo, tedioso y, a la vez, profundamente significativo. En cada paso, apareció la generosidad de quienes creían que la dignidad de cada mente puede hacerse visible si se le da un lugar.

Yo, que había cambiado mi vida en el acto de reconocer el diagnóstico de mi hermano, descubrí que mi tarea no terminaba en el acompañamiento de Alban. Se convirtió en un compromiso de acción: transformar una experiencia íntima en una plataforma para que otras historias encuentren un camino de seguridad y dignidad.

No se trataba de buscar una gloria personal, sino de responder a un deber ético: cuidar, comprender y construir un mundo en el que la salud mental sea un derecho humano fundamental y no un secreto vergonzoso.

Este activismo no es una hazaña heroica aislada, sino una conversación que se sostiene en el tiempo entre científicos, profesionales de la salud, familias y, sobre todo, entre las personas que viven con trastornos mentales y quienes las rodean.

Alban ya no está físicamente conmigo, pero su presencia persiste como un faro que ilumina el sentido de mi trabajo.

Su memoria se convirtió en la chispa que encendió una causa que sigue creciendo. Cada persona que ha encontrado ayuda gracias a la ONG es una prueba de que el esfuerzo vale la pena, incluso cuando el camino es largo y cuando la conversación pública aún se ve invadida por voces que dudan.

En su memoria, aprendí que la vida, cuando se comparte, tiene la capacidad de sanar incluso las heridas más profundas. Esa es la promesa que llevo conmigo al escribir, al defender políticas públicas y al recordar que cada historia de acceso a la atención es una historia de dignidad retomada.

En Costa Rica, la salud mental dejó de ser un tema aislado para convertirse en una cuestión de políticas públicas, de comunidades, de escuelas, de hospitales y de familias que aprenden a mirar con esperanza.

Trabajamos para entender los determinantes de la salud mental, porque sabemos que las condiciones sociales, económicas y culturales pueden actuar como cadenas o como puentes.

No se trata solo de tratamientos, sino de condiciones que faciliten el acceso a la comprensión, a la prevención y a la recuperación. Contar con profesionales, personas que viven la experiencia y voces cuidadoras ha permitido construir una base más sólida para defender la dignidad de cada individuo.

Mi vida cambió aquel día en que reconocí el diagnóstico y, con ello, el deber de actuar.

No se trató solo de curar una herida personal, sino de abrir una puerta para que otros no tengan que recorrer el pasillo oscuro de la desinformación y la soledad.

Con ese entendimiento, me convertí en activista porque entendí que la salud mental es un derecho humano fundamental, así como la posibilidad de vivir una vida con sentido y libertad.

Este activismo no es un acto de gloria, sino una conversación continua entre voces que piden ser escuchadas, entre científicos, profesionales de la salud, familias y, sobre todo, entre las personas que viven con trastornos mentales y quienes las cuidan.

La pérdida de Alban sigue pesando, pero su memoria me da propósito. Cada día que trabajamos para que existan redes de apoyo, para que haya investigación, para que se preserven derechos y para que se eliminen los estigmas, siento que su presencia está cerca.

En su nombre, en su historia, en la esperanza de quienes siguen necesitando ayuda, sigo adelante. No es un camino de reconocimiento personal, sino de responsabilidad: la responsabilidad de cuidar, comprender y construir un mundo donde la salud mental se sienta acompañada, respetada y entendida.

En este momento de la historia, cuando la memoria se activa y la vida se reconfigura, la experiencia humana deja de medirse por las pérdidas para medirse por la capacidad de convertir el dolor en vocación de cuidado.

Cada paso que damos para entender y apoyar la salud mental es un paso que honra la memoria de Alban y abre puertas para quienes vendrán después. Esta es, en definitiva, una historia de amor, de lucha y de esperanza; una historia que, a través de la ONG, de la comunidad y de la amistad de quienes creyeron y acompañan, continúa escribiéndose cada día.

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