Hoy tengo doce perros adoptados en casa. Cada uno llegó herido. Cada uno llegó desconfiado. La mayor Habana tiene 14 años y es sorda. Duerme al lado de mi hijo que tienen pesadillas. La más pequeña Salomé llegó con sarna y temblando. Hoy es la primera que recibe a las familias en la puerta. Benjamín y yo nos turnamos para sus comidas, sus paseos. Pero la verdad es que ellos nos cuidan más a nosotros.
Adoptar es un acto educativo. Le enseña a Benjamín responsabilidad. Le enseña a esperar. Le enseña que el amor también es limpiar cuando nadie ve. El otro día me dijo: “Papá, ¿tú crees que los perros saben que nosotros también fuimos rescatados?”. No supe qué responder. Solo lo abracé. Tal vez sí lo saben. Tal vez por eso nos eligieron.
La American Humane Association señala que los niños y niñas que crecen con mascotas desarrollan mayor empatía, autoestima y habilidades sociales. Lo veo todos los días. Benjamín a sus 12 años explica mejor que muchos adultos qué es el respeto: “A Dalila no le gusta que la abracen fuerte cuando come”. Eso es inteligencia emocional. Eso es poner límites con cariño.
En mi trabajo llevo a “Terapia” dos veces al mes. Es una perra mestiza, tranquila, de mirada suave. Trabajamos con estudiantes con autismo, TDAH y dificultades de aprendizaje. Un metaanálisis publicado en Anthrozoös encontró que la presencia de perros en contextos educativos mejora la atención, reduce conductas disruptivas y aumenta la motivación.
No es magia. Es neurociencia. El perro baja la amenaza. Y cuando baja la amenaza, el cerebro puede aprender. Paulo Freire decía: “La educación no cambia el mundo. Cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. Los perros cambian a las personas. Y esas personas cambian el mundo.
Trabajar con familias que sufren es duro. Escuchas historias de abandono, violencia, duelos. Llego a casa agotado. Y están ellos. Sin preguntar. Sin dar consejos. Solo estando. Esa presencia no juzgadora es medicina. El Journal of Psychiatric Research confirma que la interacción con perros reduce síntomas de estrés postraumático y depresión en cuidadores y profesionales de ayuda. Yo lo llamo descarga emocional. Ellos absorben sin romperse.
Mi tía me adoptó y me dio una oportunidad. Yo no pude salvar mi infancia. Pero puedo salvar vidas de perros. Y ellos, a cambio, me salvan a mí todos los días. Tener doce perros no es tener muchos perros. Es tener un compromiso de doce vidas. Implica decirle a Benjamín: “Hoy no hay salida, hay que limpiar”. Eso también es orientar. Enseñar que el cuidado es un verbo.
Temple Grandin, doctora en ciencia animal y autista, escribió: “Los animales me enseñaron a pensar en imágenes. Me enseñaron amabilidad”. Los perros nos enseñan eso. Nos enseñan a mirar a los ojos. Nos enseñan a no tener prisa. Nos enseñan que el valor no está en la perfección, sino en la constancia.
Por eso creo que las instituciones también tienen que abrir la puerta. En escuelas, en hospitales. No como mascotas. Como recurso terapéutico y educativo. Costa Rica tiene la Ley 7451 de Bienestar Animal. Tenemos el marco. Nos falta la voluntad. Necesitamos programas de caninoterapia en centros para personas con discapacidad.
Necesitamos perros de apoyo en aulas de educación especial, con protocolos claros. Necesitamos campañas de adopción responsable lideradas desde lo público. Invertir en esto es invertir en salud mental. Es más barato prevenir una crisis de pánico que atenderla en una emergencia.
A veces me preguntan cómo hago para cuidar a doce. Y yo pregunto cómo hacen otros para vivir sin ninguno. Porque un perro te devuelve al presente. Cuando estás con él, no puedes estar en el pasado ni en el futuro. Tienes que estar ahí. Darle agua. Sacarlo. Mirarlo. Esa es una práctica de atención plena que ninguna app te enseña.
Los perros no curan. Acompañan. Y a veces, acompañar es la cura. No te piden que seas perfecto. Te piden que estés. Que le abras la puerta. Que lo mires. En un mundo de diagnósticos, requisitos y evaluaciones, ellos nos recuerdan lo esencial: que somos seres que necesitamos vínculo para vivir.
Fui un niño con crisis de pánico. Hoy soy un profesional que orienta. Fui una persona abusada. Hoy soy una persona que protege. No lo logré solo. Lo logré con terapia, con mi tía, con Benjamín… y con perros. Cada cicatriz mía encontró consuelo en una cicatriz de ellos.
Si estás leyendo esto y tienes miedo, dolor o soledad, te invito a dos cosas. Busca ayuda profesional. Y si puedes, adopta. No adoptes por lástima. Adopta por reciprocidad. Porque te van a enseñar más de lo que tú les enseñes. Adopta sabiendo que es un compromiso de años. Que implica responsabilidad. Que implica amar incluso los días en que estás cansado.
Mahatma Gandhi dijo: “La grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgado por la forma en que trata a sus animales”. Si eso es cierto, entonces empecemos por nuestras casas. Por nuestras escuelas. Por la forma en que miramos al que es distinto.
Benjamín y yo tenemos doce maestros en casa. Doce que nos recuerdan cada mañana que la vida, incluso después del dolor, puede volver a mover la cola. Doce que nos enseñan que el amor no se mide, se demuestra. Doce que me recuerdan al niño de cinco días que fue adoptado y que hoy puede adoptar.
Anatole France escribió: “Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida”. Despertemos esa parte. El mundo la necesita. La necesita en las aulas, en los hospitales, en las familias. La necesita para aprender que sanar es posible. Que se puede empezar de nuevo. Que siempre hay alguien dispuesto a esperarte en la puerta, sin preguntar qué te pasó, solo feliz de que llegaste.
Y si hoy sientes que no puedes más, respira. Busca una mano. Puede ser la de un terapeuta. Puede ser la de un hijo. Puede ser la de un perro. A veces, las tres a la vez. No compramos una mascota, salvamos una vida. Y a cambio, ellos decidieron regalarte su fidelidad eterna.

















