Nací un 3 de agosto de 1973. Nunca imaginé que vendría al mundo en un hogar formado por un padre campesino, agricultor, que sólo asistió a la escuela hasta segundo grado. Mi madre biológica era ama de casa. Ella tuvo 18 hijos e hijas. Dieciocho bocas, dieciocho historias, dieciocho formas distintas de pelearle a la pobreza.
En esa casa grande y apretada yo llegué siendo el número 10, y llegué enfermo de ausencia desde el primer día. Cuando nací mi madre biológica enfermó gravemente en el posparto. Mi padre, sin saber qué hacer con el dolor y con la urgencia, me dejó al cuidado de un tío materno. Después, como quien entrega lo más preciado porque ya no puede más, me entregó a mi tía materna, la hermana mayor de mi madre biológica. Ella sería mi madre adoptiva.
Ella me abrió su alma. Me abrió su corazón. Me dio todo lo mejor que pudo y tuvo, aunque “lo mejor” a veces era poco en cosas y mucho en amor. Desde entonces aprendí que madre no es solamente la que pare. Madre es la que se queda. La que lava, la que plancha, la que te enseña a rezar y a no rendirte.
“Te quiero a las diez de la noche”, escribió Benedetti, y yo la quería a todas las horas, porque con ella el mundo dejaba de pesarme tanto. Nunca comprendí por qué mi padre adoptivo me maltrató tanto física y psicológicamente. Y lo peor: enseñó a sus hijos e hijas a hacerlo también conmigo.
Mi niñez fue trágica. Fue triste. Fue terrible. Fue maltrato, crueldad y desprecio disfrazados de disciplina. Aprendí temprano que hay casas que no abrigan, que hay techos que pesan, y que hay golpes que no dejan moretón, pero te cambian la respiración para siempre.
“Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento”, dijo Neruda. Yo fui esa brizna. Me movían, me exigían, me rompían, sin preguntarme si dolía. Y dolía. Dolía en el cuerpo y dolía más en el alma.
Fui abusado sexualmente a los cinco años. No por un familiar. Fui abusado por un médico. Alguien que debía curar eligió herir. Alguien que debía cuidar eligió romper. Por años cargué una vergüenza que no era mía. Por años creí que el daño me definía. Con la ayuda de Dios perdoné ese pasado. Perdonar no es olvidar. Perdonar es quitarle al verdugo las llaves de tu presente. Logré superarme. Logré vencer el dolor y la tragedia. Sané las heridas de tan trágico acontecimiento, aunque sanar sea un verbo que se conjuga todos los días y a veces duele volver a conjugarlo.
Me fui lejos. Muy lejos del país. Cuando escuchaba hablar de Costa Rica mi cuerpo temblaba. Mi respiración se paraba. Las crisis de pánico se apoderaban por completo de mí. El nombre de la tierra me dolía porque el cuerpo recuerda, aunque la mente quiera borrar. Pero solo había una emoción que latía muy dentro de mí y no se apagaba con la distancia.
Era mi madre adoptiva. Su recuerdo. Mi deseo de abrazarla. De llorar en sus brazos y no despegarme de ella. Juré y lo cumplí: que cuidaría de ella hasta su último aliento. Y así fue. Volví. Me quedé. Le peiné el pelo blanco. Le conté historias para que la noche no le pesara. Le di agua con la cuchara cuando ya no podía sola. Le dije que estaba bien, que no tuviera miedo, que yo estaba ahí.
Murió con 92 años. En mis brazos. Un 4 de septiembre del 2025. La sostuve hasta que su respiración se volvió aire. Hasta que su corazón entendió que ya podía descansar.
La extraño. Me hace falta. Falta su voz llamándome, aunque yo fuera ya un hombre grande. Falta su mano buscando la mía en la cama. Falta el olor a café y a jabón de avena y miel. Falta esa certeza absurda y hermosa de que en algún lugar del mundo hay alguien que reza por ti sin que se lo pidas.
No la culpo de nada de lo que fue mi niñez. ¿Cómo culpar a quien también fue golpeada por la vida? ¿Cómo culpar a quien tuvo que criar a un hijo que no era suyo en medio de un marido violento y una pobreza que no se nombra, pero se vive? Ella me dio lo que tenía. Y lo que tenía era amor. A veces desordenado. A veces tardío. Pero amor al fin.
A la hora de su muerte fui su único hijo presente. Con Carlitos, mi primo hermano. Le pedí perdón. Le di las gracias por todo. La encomendé a Dios. Y le dije: gracias por haberme adoptado y darme amor. “Amar es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad”, escribió Leibniz. Esa fuiste tú. Mi felicidad empezó el día que decidiste que yo te pertenecía. Dicen que los hijos e hijas adoptivos cargamos dos historias. La que nos tocó y la que nos regalaron. Yo cargo ambas. En las dos hay grietas. En las dos hay luz. Y en las dos aprendí que la familia no es un apellido. Es una decisión diaria.
Mi madre adoptiva me enseñó a leer entre líneas. Me enseñó que la dignidad no se mendiga. Que el respeto se construye. Que, aunque te quiten todo, nadie te puede quitar el derecho a levantarte. “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”, escribió Neruda. Y mi primavera llegó tarde. Llegó cuando entendí que no estaba roto.
Que estaba herido. Y que las heridas, bien cuidadas, se vuelven sabiduría. Hubo noches en que el recuerdo del médico me visitaba. Hubo días en que el maltrato de mi padre adoptivo me hablaba al oído. Hubo años en que Costa Rica me pesaba como una piedra en el pecho. Pero ella estaba ahí. Aunque estuviera lejos. Aunque no supiera todo. Su nombre era un refugio.
“Todo pasa y todo queda”, escribió Machado. Pero hay cosas que no pasan. Que se quedan. Como el abrazo de una madre que te adoptó. Como la promesa que le hiciste y cumpliste. Cuidarla al final fue mi manera de devolverle el mundo.
De decirle sin palabras: tú me salvaste primero, ahora me toca a mí. Le cambié la ropa. Le conté de mis miedos para que ella me tuviera lástima y no al revés.
Le canté bajito. Le tomé la mano hasta que sus dedos dejaron de buscar. El día que murió el cielo no se cayó. Pero algo en mí sí. Algo se me fue contigo, mami. Se fue la parte de mí que todavía esperaba ser niño. Se fue la parte que creía que, si te cuidaba lo suficiente, el tiempo no te tocaría.
“Lo que el corazón ama, permanece”, dijo San Agustín. Y tú permaneces. En la forma en que trato a la gente. En la forma en que no grito, aunque tenga ganas. En la forma en que creo que el amor se demuestra en lo pequeño: en un vaso de agua, en una cobija bien puesta, en una oración antes de dormir.
No tuve una niñez de cuentos. Tuve una niñez de silencios y de gritos. Pero también tuve una adultez de decisiones. Decidí no repetir el ciclo. Decidí que el dolor no iba a ser mi herencia. Decidí que el amor, aunque llegara tarde, iba a ser mi casa.
A veces pienso en mis 17 hermanos y hermanas biológicos. En la casa llena. En la mesa larga. En la ropa que no alcanzaba. En la vida dura del campo. Y entiendo. No justifico. Entiendo. Y entender también es una forma de paz. A veces pienso en el médico. Y le deseo que la vida le haya enseñado lo que es cuidar.
Porque el daño que se hace con poder es el que más pesa. Pero yo ya no cargo eso. Lo dejé en la puerta cuando entré a cuidar a mi madre adoptiva. “Entrego a tu alma, amiga mía, el peso de mis alas”, escribió Mistral. Yo le entregué a mi madre el peso de mis años. Le dije: descansa. Ya luchaste mucho. Ya disté mucho. Ahora déjame a mí.
Y ella se fue en paz. Con 92 años. Con las manos de un hijo que no era de su vientre, pero sí de su corazón. Con Carlitos a un lado, testigo de que el amor de familia no siempre se mide por la sangre.
Desde el 4 de septiembre del 2025 hay un silencio nuevo en mi casa. Es el silencio que dejan las madres cuando se van. Es un silencio que pesa y que abriga al mismo tiempo. Es el silencio de quien ya no tiene que demostrar nada. Me preguntan cómo estoy. Y digo: bien. Porque estar bien es honrarla. Estar bien es no desperdiciar el amor que me dio. Estar bien es seguir eligiendo la ternura, aunque el mundo a veces sea duro.
“Quien no ha llorado, no ha amado”, dice un verso anónimo. Y yo he llorado. He llorado por el niño de cinco años. He llorado por el adolescente golpeado. He llorado por el hombre que se fue lejos por miedo. Y he llorado por la madre que se fue con 92 años en mis brazos.
Llorar es limpiar. Llorar es recordar. Llorar es decirle al cuerpo: todavía sientes. Todavía importas. No guardo rencor. El rencor es una casa sin ventanas. Y yo decidí abrir las mías. Para que entrara el sol. Para que entraras tú en forma de recuerdo.
Mami, gracias por adoptarme. Gracias por darme amor cuando no tenías nada. Gracias por enseñarme que la familia se elige todos los días. Gracias por dejarme cuidarte. Ese fue mi privilegio más grande. Si pudiera te diría una última vez lo que no dije tantas veces: que fuiste mi patria. Que fuiste mi bandera. Que fuiste el lugar seguro al que siempre quise volver. “Porque te amo y porque te amo”, escribió Benedetti. Así de simple. Así de eterno.
Y ahora que no estás, aprendo a vivir con tu ausencia. Aprendo a hablarte en voz baja. Aprendo a pedirte consejo al cielo. Aprendo a ser el hombre que tú creíste que podía ser. Algo se me fue contigo. Se fue el miedo a no ser suficiente. Se fue la necesidad de explicarle al mundo por qué merecía amor. Porque tú ya me lo disté. Sin condiciones. Sin devolución. Me quedo con tu nombre en la boca. Me quedo con tus regaños y tus caricias. Me quedo con la certeza de que cumplí. Que estuve. Que no te solté.
Y me quedo con esta promesa: voy a vivir bonito. Voy a vivir agradecido. Voy a vivir de una forma que te haga sentir orgullosa allá donde estés. Porque las madres no mueren del todo. Se quedan en los gestos. Se quedan en la forma de servir café. Se quedan en la forma de abrazar fuerte. Se quedan en la forma de perdonar. “Amor mío, si muero y tú no mueres, que nadie en el mundo beba de tu boca”, escribió Lorca. Yo no morí. Pero bebí de tu boca la vida. Bebí de tus palabras la fuerza. Bebí de tu silencio la paciencia.
Gracias, mami. Gracias por 92 años de ejemplo. Gracias por los últimos días en mis brazos. Gracias por enseñarme que el amor verdadero no pregunta de dónde vienes. Solo pregunta a dónde vamos juntos. Y nosotros fuimos juntos hasta el final. Tú en mi corazón. Yo en tu último suspiro. Algo se me fue contigo. Pero también algo se me quedó para siempre: la certeza de que fui amado. Y de que amar, como tú me enseñaste, es la única revolución que vale la pena.
Hoy entiendo que el dolor no se supera negándolo. Se supera atravesándolo. Y yo lo atravesé con tu nombre en la mente. Cada vez que el miedo quería ganar, pensaba en ti planchando de madrugada. Cada vez que la tristeza quería quedarse, pensaba en ti cantando bajito mientras cocinabas. No tuvimos fotos bonitas de la infancia. No tuvimos viajes ni regalos grandes. Tuvimos lo esencial: presencia. Y la presencia, mami, es el regalo más caro que existe.
A veces me pregunto qué habría sido de mí sin ti. Probablemente me habría perdido. Probablemente el rencor me habría ganado. Pero llegaste tú y me dijiste sin decirlo: aquí hay un lugar para ti. Aquí hay un plato. Aquí hay una cama. Aquí hay un Dios que no te suelta. Y con eso me bastó para empezar de nuevo. “El amor es el único que crece cuando se reparte”, decía la abuela de un amigo. Y tú lo repartiste, y aun así me alcanzó a mí completo.
No te idealizo. Fuiste humana. Te cansaste. Te enojaste. Te equivocaste. Pero nunca me soltaste. Y eso, en una vida como la mía, lo es todo. Por eso el 4 de septiembre no fue solo una despedida. Fue una graduación. Me gradué de hijo. Me gradué de cuidador. Me gradué del miedo. Y me quedé con la tarea más linda: recordarte bien. Recordarte sin rabia. Recordarte con gratitud.
Si algún día alguien me pregunta cuál fue mi mayor logro, no voy a hablar de trabajo ni de viajes. Voy a decir: cuidé a mi madre hasta el último aliento. Y lo hice bien. Y lo hice con amor. Y eso me reconcilia con el niño de cinco años. Eso me reconcilia con el joven que se fue huyendo. Eso me reconcilia con el hombre que volvió.
Mami, donde estés, guárdame un pedacito de cielo. Y yo aquí abajo voy a seguir sembrando bondad. Porque eso fue lo que me enseñaste sin decirlo: que la vida se gana dando. Que la vida se gana sirviendo. Que la vida se gana amando. Algo se me fue contigo. Pero me dejaste todo.
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