Este 2026 el cielo se abre sobre Asís. Conmemoramos ochocientos años del tránsito de San Francisco al encuentro definitivo con el Padre. Los días tres y cuatro de octubre la ciudad se hará oración universal, en el corazón del Año Jubilar Franciscano. Estaré en mi casa, con mi hijo de doce años haciendo tareas y mis doce perros rescatados alrededor. Desde aquí, franciscano seglar de profesión perpetua, digo gracias.
Nací dos veces. La primera en un hogar que no pudo sostenerme. La segunda en una familia que me adoptó, pero no supo amarme. Mi infancia fue desierto. Hubo golpes en la piel y palabras que marcaron el alma. A los cinco años mi cuerpo conoció el abuso sexual. Esa herida es un silencio que arde.
Muchos y muchas preguntan cómo se sobrevive. No lo sé. Solo sé que Dios no me soltó.
Entre libros encontré la vida del santo de Asís. Descubrí a un hombre roto y alegre que hablaba con los pájaros y abrazaba a leprosos y leprosas. Ese hombre se volvió mi amigo secreto. Si él pudo amar después de ser despreciado, yo también podría.
Crecí con miedo, pero con intuición terca. El dolor no sería mi apellido. Entendí que no podía cambiar mi historia, pero sí decidir qué hacer con ella. Ahí nació mi vocación de sanar educando.
Dios me llevó por caminos de estudio. Me hice licenciado en docencia. Luego máster en evaluación de los aprendizajes. No para acumular títulos, sino para mirar a cada niño y niña como obra única. Hoy soy orientador familiar y educativo. Acompaño a padres y madres que no saben orientar y a niños y niñas que no saben si son amados y amadas. Les digo, no estás solo, no estás sola.
La cruz que abracé de niño era mi vida. Cuando descubrí la Orden Franciscana Seglar entendí que no debía huir del mundo para consagrarme. Podía consagrar el mundo que habitaba. Hice mi profesión perpetua convencido de que era Dios que me llamaba a abrazar la vida franciscana.
Por fin pertenecía a una fraternidad de hermanos y hermanas. Somos diferentes, pero somos hermanos y hermanas.
San Francisco murió hace ochocientos años desnudo sobre la tierra de la Porciúncula, cantando. Su tránsito no fue derrota. Fue siembra. Nos enseñó que morir es volver despojados y despojadas al Padre. Este jubileo no celebra muerte. Celebra vida que sigue viva. Francisco se multiplicó en hermanos y hermanas.
Veo a Francisco a diario. Cuando mi hijo pregunta por qué rescato perros, respondo que son hermanos y hermanas, criaturas de Dios. Doce rescatados viven con nosotros. Historias de abandono, hambre, miedo. Los curamos y bañamos y nombramos. Duermen seguros y seguras. Ellos y ellas me evangelizan. Me enseñan perdón sin condiciones, alegría sin motivo, fidelidad sin contrato.
Mi hijo pregunta por mis cicatrices. Le hablo con verdad y prudencia. Fui un niño herido, pero Dios me vendó con ternura. El abuso no me definió. El maltrato no me hizo malo. Elegí romper la cadena. Ser padre me salvó. Cada vez que abrazo a mi hijo sin miedo, sano al niño de cinco años que fui. Cada vez que digo te amo sin condiciones, reescribo mi infancia.
Ser franciscano seglar hoy es resistencia evangélica. El mundo dice produce, compite, acumula. Francisco susurra contempla, sirve, suelta. El mundo dice defiéndete. Francisco dice abraza. Yo, golpeado, decidí no golpear. Yo, humillado, decidí dignificar a cada estudiante, niño o niña. Mi venganza santa es amar más.
El Año Jubilar nos invita a lo esencial. Ochocientos años después, la pregunta del Crucifijo de San Damián sigue, ¿Quién repara mi casa? La casa hoy es familia herida, escuela cansada, calle de descartados y descartadas, tierra que gime. La respuesta sigue, ve tú, hermano y hermana.
Hay días en que el abuso vuelve como niebla. No lo niego. Lo pongo ante el Santísimo. Digo Jesús, esto me pasó, tómalo. Y Él responde, tu herida es mi herida. Ahí todo cobra sentido. La cruz deja de ser tortura y se vuelve puente. La cruz salvadora no me aplastó. Me sostuvo.
Educar es predicar sin palabras, como quería Francisco. Cuando oriento a una madre desbordada no doy recetas. Doy presencia. Educar no es dominar, es acompañar. Un niño o niña con discapacidad no necesita lástima, necesita respeto y amor exigente. Ningún grito educa. Ningún golpe corrige.
Evaluar aprendizajes me enseñó algo franciscano. Evaluar no es juzgar. Es mirar con misericordia el camino y ofrecer el siguiente paso. Dios no me evaluó con nota roja. Me evaluó con misericordia infinita. Así evalúo yo a cada niña y niño.
Mi hijo me pregunta por qué rescato perros y perras. Le digo que son hermanos y hermanas menores. Doce viven con nosotros. Historias de abandono, hambre, heridas, miedo. Los curamos, las curamos, los bañamos, las bañamos, los nombramos, las nombramos. Duermen seguros y seguras, amados y amadas. Ellos y ellas me evangelizan cada mañana con perdón sin condiciones y alegría sin motivo.
Mi profesión no me hizo perfecto. Me hizo consciente. Caigo, me levanto, pido perdón. Rezo entre ladridos y cuadernos. Hago fraternidad con hermanos y hermanas menores. Ayuno de quejas. Practico la escucha atenta. Intento no apropiarme de nada, ni de mi dolor. Mi dolor es de Dios y para los demás.
Este centenario me encuentra sin grandes cosas. Con mesa, libros, café, un hijo que ríe y doce colas que se mueven. Vida sencilla y trabajosa. Como la quería Francisco. Y soy feliz. Feliz de verdad, de adentro, agradecido y esperanzado siempre.
¿Qué diría hoy a San Francisco? Gracias por enseñarme a llamar hermano y hermana al dolor. Hermana muerte, hermano dolor, hermana enfermedad, hermano recuerdo. Cuando dejas de pelear con heridas y las llamas hermanas y hermanos, dejan de perseguirte. Se sientan a tu lado. Rezan contigo.
¿Qué diría al niño de cinco años que fui? No fue tu culpa. Nunca lo fue. Dios te vio, te recogió, te guardó. Un día tendrías un hijo que te amaría sin miedo y doce perros que lamerían tus lágrimas. Tu historia serviría para que padres y madres no repitan el mal.
Asís celebra. El mundo franciscano peregrina. Las campanas tocarán los días tres y cuatro de octubre. Yo encenderé una vela. Rezaré el Tránsito. Cantaré el Cántico con mi hijo y mis perros. Renovaré mi profesión en voz baja. Diré, hermano mayor, enséñame a ser menor.
Ochocientos años después, Francisco sigue sin nada y con todo. Recuerda que la santidad no es para gente perfecta, es para gente herida que se deja amar. Hombres y mujeres, niños y niñas heridos que se dejan amar.
Soy prueba. Si me lees y fuiste niño o niña herida, si cargas abuso, abandono, golpes, te digo como orientador, como hermano seglar, como sobreviviente, se puede. Se puede vivir sin odio. Formar familia sin repetir. Abrazar la cruz y no morir aplastado y aplastada. Encontrar a Dios en medio de heridas.
Francisco no tuvo vida fácil. Fue prisionero, desheredado, enfermo, ciego. Y eligió alegría. No alegría tonta. Alegría mayor, la que nace de sabernos amados y amadas, queridos y queridas por Dios.
En esta Porciúncula de mi hogar, con mi hijo y mis perros y perras, rezo cada noche por cada niño y niña herida, por cada madre y padre que no sabe cómo abrazar, por cada maestro y maestra que intenta educar con ternura, por cada hermana y hermano que rescata vida.
Rezo para que todos y todas sientan que no están solos ni solas, que Francisco y Clara siguen caminando con nosotros y nosotras, descalzos y descalzas, pero llenos y llenas de esperanza.
Que este jubileo nos devuelva a todos y todas a la Porciúncula interior. Capilla que somos, donde Cristo pide reparar. Reparar con ternura, justicia, sencillez, con manos de mujer y hombre, con corazón de madre y padre.
Paz y bien. Que el Señor nos conceda, ochocientos años después, creer que otro mundo es posible, mundo de hermanos y hermanas, de hijos e hijas de Dios, de amigos y amigas en Cristo.
De un hermano menor, hijo del dolor y de la gracia, padre, maestro, rescatado, que hoy camina descalzo por dentro, acompañado por hermanas y hermanos.
Soy Willy Chaves, franciscano seglar, sobreviviente por gracia, en camino hacia Pascua, hermano entre hermanos y hermanas, hijo amado.
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Donde haya odio, que lleve yo el amor. Donde haya ofensa, que lleve yo el perdón. Donde haya discordia, que lleve yo la unión. Donde haya duda, que lleve yo la fe. Donde haya error, que lleve yo la verdad. Donde haya desesperación, que lleve yo la alegría. Donde haya tinieblas, que lleve yo la luz.
Oh Maestro, que no busque tanto ser consolado, sino consolar. Ser comprendido, sino comprender. Ser amado, sino amar. Porque es dando que se recibe. Perdonando que se es perdonado. Muriendo que se resucita a la vida eterna. San Francisco de Asís. Amén. Paz y bien.
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