Una tarde de lluvia, los perros y las perras comenzaron a ladrar sin parar. Carmen se asomó desde la cocina y dijo: patrón, lo buscan dos señores, uno tiene un nombre que no puedo pronunciar y el otro es español, dice que se llama Federico García Lorca. Pensé que era broma. Salí al corredor y allí estaban, bajo el alero, dos hombres empapados y sonrientes. Uno era de bigote espeso, mirada filosa, acento marcado: Friedrich Nietzsche, el filósofo. El otro era el poeta andaluz, de voz cálida y sombrero ladeado: Federico García Lorca. Traían una carta. La enviaba Fray Luis Amigó y Ferrer, ese fraile español que hace más de un siglo entendió que la juventud herida no necesita castigo, sino amor exigente.
Les ofrecí las dos mecedoras del corredor. Benjamín bajó con su cuaderno. Carmen, discreta, puso a chorrear café, trajo tortillas y se retiró a la cocina, quedándose cerca por si hacía falta algo. El río era el bajo continuo. Y sin ceremonia, nos pusimos a hablar, como se habla en el campo costarricense: despacio, escuchando.
Yo empecé: Bienvenidos a este patio. Aquí llegan muchachos y muchachas que el sistema ya etiquetó, niños y niñas con diagnósticos que pesan más que ellos. ¿Qué les decimos cuando nos preguntan si educar todavía vale la pena?
Nietzsche se inclinó hacia adelante. Willy, dijo, ustedes los educadores hablan mucho de compasión y poco de fuerza. Yo les digo a tus jóvenes y a tus muchachas: no se conformen con ser víctimas. Lo que no me mata me hace más fuerte, pero solo si lo afronto sin mentirme. El muchacho y la muchacha en conflicto con la ley no necesitan que les digan pobrecito y pobrecita, necesitan que les digan puedes devenir quién eres, a pesar de lo que te pasó.
Dejen de educar para la obediencia, eduquen para la voluntad. Que el niño y la niña aprendan a decir yo quiero, yo puedo, yo elijo. La moral de rebaño les dice qué no hacer; la educación valiente les enseña a crear valores propios. Si un joven y una joven han sido abandonados, que no se queden lamiendo la herida, que conviertan esa herida en martillo para forjar su vida.
Federico lo miró con respeto, pero con ternura distinta. Willy, dijo, yo no estoy tan seguro de tanto martillo. Yo creo que a la niñez no se le habla con martillos, se le habla con luna. He visto en Granada y aquí a niños y niñas con los ojos llenos de asombro y a jóvenes con el corazón roto por falta de amor.
No les pidas solo que sean fuertes, pídeles también que sean sensibles. La fuerza sin ternura se vuelve crueldad. Dile a ese muchacho que robó que tiene manos que también pueden sembrar bambú. Dile a esa muchacha que grita que tiene voz que también puede cantar. Tu hijo Benjamín lo entiende, mira cómo pinta: no pinta el río, pinta lo que el río le hace sentir. Educar es enseñar a sentir sin miedo.
Yo les conté lo que veo cada semana. Una niña con autismo que no habla con adultos pero que le cuenta todo a una perra rescatada. Un adolescente que no entra a clases pero que me ayuda a limpiar el bambú y ahí me cuenta su vida. Un muchacho que estuvo en un centro cerrado y ahora cuida a los perros y las perras y ha aprendido a cuidar sin pegar. Benjamín, que me enseña que orientar a veces es no hablar, solo sentarse a mirar el agua pasar.
Nietzsche golpeó suave el brazo de la mecedora. Exacto, Willy, dijo. Ese muchacho que limpia bambú está superándose. Está diciendo no a lo que fue y sí a lo que puede ser.
No lo encierren en su pasado, no lo definan por su expediente. La educación que necesitan no es la que corrige, es la que invita a devenir. Digan a cada joven y a cada muchacha: tú no eres tú diagnóstico, tú no eres tú delito, tú eres lo que haces con eso. Y para eso necesitan disciplina, no lástima. Disciplina amorosa, sí, pero disciplina. Que se levanten temprano, que cuiden a otro ser, que cumplan lo que prometen. Así se construye el carácter.
Federico sonrió y miró hacia la cocina donde Carmen lavaba platos. Willy, dijo, estoy de acuerdo con mi amigo alemán en que hay que devenir, pero devenir no es solo fuerza, es también duende.
El duende no viene si no hay amor. Yo vi a un niño en Aserrí con un dibujo tuyo, Benjamín, y vi duende. Ese niño y esa niña necesitan que alguien les diga no tengas prisa por ser adulto y adulta. La prisa mata el juego. Y sin juego no hay aprendizaje. Si un joven y una joven han vivido violencia, no les pidas que olviden, pídeles que imaginen. Que imaginen una casa con patio y bambú, con perros que no muerden, con una Carmen que les sirva café sin preguntar qué hicieron ayer. La imaginación es resistencia.
Carmen entró en ese momento con más café, dejó las tazas y se fue sin interrumpir. Personaje secundario, sí, pero su presencia recordaba que toda filosofía y poesía necesitan una cocina caliente para no volverse discurso vacío.
Yo les dije que a veces me canso, que el sistema me pide resultados rápidos, que me piden que etiquete, que me piden que controle, cuando lo que yo quiero es acompañar, orientar, sostener. ¿Cómo no perder la fe?
Nietzsche me miró fijo. Willy, dijo, no tengas fe en el sistema, ten fe en la vida. La fe que resigna no sirve, la fe que afirma sí. Di sí a la vida, incluso cuando viene rota. Cada vez que un orientador y una orientadora se sientan a escuchar a un niño y a una niña sin interrumpir, están diciendo sí a la vida. Cada vez que le dicen a un joven y a una joven tú puedes crear tu propio camino, aunque te caíste, están diciendo sí. No busques fuera la aprobación, busca dentro la voluntad de seguir.
Federico añadió, más bajo, como un secreto: Y escribe, Willy, escribe lo que pasa aquí. Que estos niños y niñas, estos jóvenes y estas jóvenes, no sean números del riesgo social, que sean nombres, historias, rostros. Yo escribí sobre Mariana Pineda porque nadie la escuchó. Tú escribe sobre tus muchachos y muchachas porque tú sí los escuchas. Escribe con tinta de río y de bambú, pero también con la risa de Carmen y los ladridos de tus perras. Si tú no lo cuentas, lo contarán otros y otras que no los amaron.
El atardecer cayó. El bambú se volvió dorado. El río sonaba más fuerte. Benjamín mostró su dibujo: tres mecedoras, en una un hombre de 53 años cabello griseado, en otra un filósofo alemán de bigote, en otra un poeta español con sombrero, y alrededor doce perros y perras, bambúes y una mujer al fondo sirviendo café. Todos reímos. Sentí que la carta de Fray Luis Amigó, que estaba sobre la mesa, latía.
Él entendió hace más de cien años que la juventud extraviada no necesita encierro, necesita comunidad que crea en ella.
Antes de irse, Nietzsche me dejó una frase en una hoja arrancada: Llega a ser el que eres. Federico me dejó otra: Verde que te quiero verde, pero con olor a café de Costa Rica.
Guardé ambas frases en mi estantería, junto a los libros de orientación y los dibujos de Benjamín. Esa noche, cuando ya se habían ido y el patio quedó solo con el sonido del río y los ronquidos de las perras, Benjamín me preguntó: papi, ¿esos señores eran de verdad?
Le dije que eran de verdad en lo que importa: en las ideas. Carmen, desde la cocina, gritó: fueran de verdad o no, se tomaron todo el café. Y nos reímos. Yo pensé que ojalá cada escuela y centro juvenil tuviera bambú, río, doce perros leales, un Benjamín que dibuje, una Carmen que sostenga y una mecedora donde filósofo, poeta y orientador recuerden que ninguna niña, ningún niño, ninguna joven, ningún joven quede sin adulto que diga vos importas, aquí hay lugar.

















