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Lunes, 26 Octubre 2026
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No lideras para ser querido. Lideras para hacer lo correcto.

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador familiar y educativo, Magíster en Talento Humano, Especialista en Liderazgo. Octubre 26, 2026

Existe una confusión silenciosa que atraviesa hoy las empresas, las escuelas, los hogares y las comunidades. Se cree que liderar es agradar. Que un buen líder es aquel que cae bien, que no incomoda, que mantiene a todos contentos. Sin embargo, la experiencia en el trabajo con familias, equipos educativos y organizaciones humanas demuestra lo contrario.

No lideras para ser querido. Lideras para hacer lo correcto. Y hacer lo correcto exige, muchas veces, renunciar a la comodidad de ser aplaudido. He acompañado durante años a padres y madres, a docentes, a gerentes, a jóvenes que inician su vida laboral, a mujeres y hombres que ejercen autoridad sin haber sido preparados para el peso que implica.

En todos los casos aparece la misma tentación. La tentación de agradar. Es humana.

Queremos que nuestros hijos e hijas nos admiren sin fisuras, que nuestros estudiantes nos valoren, que nuestros colaboradores nos respeten con afecto.

No hay nada malo en desear relaciones sanas. El problema comienza cuando ese deseo se convierte en el criterio principal para decidir.

Cuando el afán de agradar gobierna, el liderazgo se desfigura. Deja de estar centrado en lo correcto para estar centrado en lo cómodo. Y como señala Marcos Della Pittima en su columna El Nuevo Liderazgo, un líder que solo busca caer bien termina evitando las decisiones difíciles.

Cuando se evita lo incómodo, también se evita el progreso. Esta frase debería estar escrita en la puerta de cada hogar y de cada sala de reuniones.

En la familia, liderar para agradar se manifiesta cuando el padre o la madre evita poner límites por temor a que su hijo o hija se enoje. Se baja el estándar para no incomodar. Se posterga la conversación necesaria para no quedar mal.

En el corto plazo, parece funcionar. No hay tensión, no hay discusiones, nadie se siente incómodo. Pero en el fondo, los hijos y las hijas lo perciben. Perciben que quien debe guiar no se atreve a guiar. Y la confianza se erosiona. Porque la familia no necesita complacencia. Necesita claridad.

Lo mismo ocurre en el ámbito educativo. La docente que no corrige con firmeza por miedo a perder popularidad, el director que no sostiene una norma institucional para no enfrentar al grupo, el orientador que prefiere el silencio a la verdad incómoda.

Todos ellos, sin quererlo, enseñan que la popularidad vale más que la integridad. Y en tiempos donde todo se mide por likes, por aprobación inmediata, por popularidad, el verdadero liderazgo se mide por integridad.

¿Qué pasa cuando lideras para agradar? He identificado tres síntomas que se repiten tanto en la empresa como en el hogar. Primero, evitas los conflictos necesarios. Confundes paz con silencio. Crees que si no hay confrontación, hay armonía, cuando en realidad hay acumulación. Segundo, bajas el estándar para no incomodar.

Le pides menos a tu equipo, a tus estudiantes, a tu pareja, a ti mismo y a ti misma, con tal de no exigir esfuerzo. Y al bajar el estándar, bajas también la autoestima colectiva. Tercero, postergas decisiones importantes para no quedar mal. Dejas para después la retroalimentación difícil, la sanción justa, la promoción merecida.

El costo de esa postergación es alto. En talento humano lo vemos con claridad. Cuando un líder evita lo incómodo, el mensaje que transmite es transparente. Dice sin palabras. Prefiero no incomodarte, aunque eso frene nuestro crecimiento. Y eso, tarde o temprano, erosiona la confianza. Porque el equipo, sea laboral o familiar, no necesita comodidad. Necesita claridad. Las mujeres y los hombres que trabajan con nosotros no buscan un jefe simpático que les diga lo que quieren oír. Buscan una jefa o un jefe coherente que les diga lo que necesitan escuchar.

Liderar no es complacer. Es decidir. Decidir qué es lo correcto, incluso si no es popular. Decidir qué es lo justo, incluso si incomoda. Decidir qué es lo necesario, aunque duela. Esa es la esencia del liderazgo transformador que estudiamos en talento humano y que practicamos en orientación. El líder y la líder auténticos entienden que ser claro importa más que ser popular. Que marcar límites fortalece más que agradar. Que elegir lo correcto construye más confianza que evitar un disgusto.

Desde la orientación familiar, quiero profundizar. Poner un límite no es un acto de rechazo. Es un acto de amor y de responsabilidad. Decir no a tiempo, decir basta con respeto, decir esto no es negociable, es enseñar a las hijas y a los hijos que la vida tiene contornos. Que no todo vale. Que la libertad sin responsabilidad se vuelve libertinaje. Muchas madres me dicen, temo que mi hija me deje de querer si le pongo límites. Y mi respuesta es siempre la misma. Tu hija no necesita una amiga complaciente. Necesita una madre valiente. Y lo mismo aplica para el padre.

En las organizaciones ocurre igual. He visto gerentes brillantes, hombres y mujeres con gran capacidad técnica, que fracasan no por falta de conocimiento, sino por falta de coraje para sostener una decisión impopular. Prefieren la aprobación del grupo a la sostenibilidad del proyecto. Y el grupo, al principio, lo agradece. Pero con el tiempo, lo resiente. Porque un equipo sin exigencia se vuelve mediocre. Y nadie quiere pertenecer a un equipo mediocre.

El nuevo liderazgo no es autoritario. No se trata de imponer por imponer, de gritar, de humillar, de ejercer poder desde el miedo. Ese modelo ya caducó. El nuevo liderazgo es firme y cercano a la vez. Es el liderazgo que combina empatía con exigencia. Escucha con atención a cada colaboradora y a cada colaborador, comprende sus realidades, valida sus emociones, pero no negocia lo esencial. No negocia el respeto, no negocia la responsabilidad, no negocia la honestidad.

Liderar para hacer lo correcto implica sostener el peso de las decisiones difíciles. Y hacerlo con la convicción de que lo correcto no siempre será bien recibido, pero siempre será respetado. Esa frase resume mi filosofía de trabajo. Como orientador, como magíster en talento humano, como esposo, como padre. He aprendido que la popularidad es efímera, pero la coherencia deja huella.

¿Cómo se entrena ese liderazgo? Primero, clarificando valores. Un líder y una líder deben saber con absoluta certeza cuáles son los principios que no están dispuestos a negociar. En mi familia, el respeto y la verdad no se negocian. En mi trabajo, la dignidad de cada persona no se negocia. Cuando los valores están claros, las decisiones difíciles se vuelven más simples, aunque sigan siendo dolorosas.

Segundo, aprendiendo a tolerar la incomodidad. El liderazgo maduro implica aceptar que no le caerás bien a todos todo el tiempo. Que habrá personas que te critiquen, que murmuren, que no comprendan tu decisión. Y eso está bien. No escuches las críticas de personas a las que no les pedirías consejo. Esa frase es clave. La crítica de quien no construye, de quien no conoce tu contexto, no puede ser tu brújula.

Tercero, desarrollando conversaciones valientes. No hay liderazgo sin conversación difícil. La retroalimentación honesta, la corrección fraterna, la evaluación justa, el reconocimiento oportuno. Todo eso requiere entrenamiento. En orientación educativa enseñamos a las y los docentes a decir. Te corrijo porque creo en tu potencial. No porque quiera castigarte. Esa es la diferencia entre un límite que humilla y un límite que forma.

Cuarto, cuidando la propia salud emocional. Liderar para hacer lo correcto cansa. Sostener decisiones impopulares desgasta. Por eso el líder y la líder necesitan espacios de autocuidado, de acompañamiento, de supervisión. Necesitan una red de apoyo, una familia que sostenga, un equipo que comprenda, un propósito que trascienda. Sin ese cuidado, el liderazgo se vuelve cinismo o complacencia peligrosa.

Finalmente, recordando que liderar es servir. No servir para caer bien, sino servir para hacer crecer. El verdadero líder y la verdadera líder no buscan seguidores que aplaudan. Buscan formar personas que superen al propio líder. Buscan que sus hijos e hijas, sus estudiantes, sus colaboradores, lleguen a ser mejores que ellos mismos. Esa visión trasciende el ego.

Hoy, más que nunca, necesitamos en Costa Rica y en el mundo líderes y lideresas que no tengan miedo a lo incómodo. En los hogares, que padres y madres se atrevan a educar con límites amorosos. En las escuelas, que directoras y directores sostengan la exigencia académica con humanidad. En las empresas, que gerentes y jefas tomen decisiones con integridad, aunque no sean populares. En las comunidades, que líderes comunales digan la verdad, aunque cueste votos y simpatías temporales.

No lideras para ser querido. Lideras para hacer lo correcto. Y cuando haces lo correcto, con el tiempo, llega también el respeto profundo, el cariño auténtico, la confianza duradera. No el cariño superficial que se compra con complacencia, sino el cariño sólido que se gana con coherencia. Ese es el liderazgo que transforma familias, que fortalece escuelas, que hace crecer empresas y que sanas sociedades enteras con esperanza hoy siempre juntos.

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