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Miércoles, 08 Abril 2026
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“Fui forastero y me acogiste” (Mt 25,35)

Ante el acuerdo de cooperación migratoria anunciado en Costa Rica y en el contexto actual de la región, marcado por los desafíos de la movilidad humana, la Iglesia Católica en Costa Rica ofrece una palabra de orientación pastoral inspirada en el Evangelio y en la tradición humanista del país.

Costa Rica ha sido históricamente una nación comprometida con los derechos humanos, la hospitalidad y la dignidad de todas las personas. Este legado debe seguir orientando las decisiones públicas en materia migratoria.

Ante el reciente acuerdo de cooperación migratoria, reconocemos los esfuerzos por atender una realidad compleja. Al mismo tiempo, recordamos que toda política migratoria debe colocar en el centro la dignidad humana y el respeto irrestricto de los derechos fundamentales.

Como nos ha recordado el Papa Francisco:  “No se trata sólo de migrantes: se trata de nuestra humanidad” (Fratelli Tutti, 39).

Una realidad que nos interpela

Las personas migrantes son hombres, mujeres y familias en situación de vulnerabilidad, muchas veces marcada por la violencia, la pobreza o la falta de oportunidades.

Valoramos que el acuerdo haya contemplado con claridad los siguientes principios y confiamos que éstos se respeten:

  1. Garantía plena de los derechos humanos de todas las personas migrantes.
  2. Regularización de su condición migratoria, con acceso a protección y derechos básicos.
  3. Respeto al principio de no devolución, evitando retornos a contextos de riesgo.
  4. Condiciones dignas de acogida, con asistencia, seguridad y bienestar en coordinación internacional.
  5. Políticas migratorias inclusivas, respetuosas de los derechos humanos y de la diversidad cultural para todas las personas mirantes que conviven con nosotros.

Estos principios responden tanto a estándares internacionales como a valores profundamente arraigados en nuestra sociedad.

Una responsabilidad compartida

¡No tengan miedo!

Abril 06, 2026

El miedo es un sentimiento de angustia por un riesgo o daño real o imaginario. El miedo nos paraliza y bloquea. No somos capaces de superarlo si no desaparece la amenaza que tenemos delante. Cuando sentimos miedo, regresamos un poco a nuestra propia infancia, reviviendo situaciones en las que nos sentíamos indefensos, ante situaciones que no éramos capaces de manejar o frente a las cuales nos sentíamos impotentes. Pero la única manera de superar el miedo, es también recurriendo a las experiencias propias de la infancia: recordando momentos en los que nos hemos sentido acompañados y apoyados, respaldados y afirmados por alguien que nos inspiraba seguridad.

Cuando niños, en las familias y pueblos rurales de antaño, a todos os asustaban con las leyendas de la Tule Vieja, La Llorona, el Dueño de Monte, el Cadejos, la Segua y demás “espantos” como les llamábamos y que, en la práctica, no le hacían daño a nadie.   Simplemente la posibilidad de encontrarnos con ellos era lo suficiente para atemorizarnos. Ya pertenecen a la leyenda y al folclor nuestro.  

Hoy, a lo que realmente le tenemos pavor, es cuando nos enfrentamos a diario con la violencia y con el miedo que resulta de una sociedad convulsa. Casi a diario las noticias dan cuenta de asesinatos, ajustes de cuentas, amenazas y un aumento significativo del narcotráfico. El crecimiento de la violencia ha causado en los costarricenses, un estado de zozobra permanente que, de alguna forma, nos arrebata la tranquilidad de la que tanto nos ufanamos en tiempos pasados. Y podríamos alargar la lista de situaciones que nos atemorizan y hasta nos quitan el sueño: la incertidumbre en que vivimos, la pobreza, falta de trabajo y de oportunidades, la situación económica incierta, etc.

Pero ¿qué nos dice el Evangelio de este Domingo de Pascua? Veamos:

“Pasado el día de reposo, cuando ya amanecía, el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro. De pronto hubo un fuerte temblor de tierra porque un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, quitó la piedra que lo tapaba y se sentó sobre ella. El ángel brillaba como un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve.

Al verlo, los soldados temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel dijo a las mujeres: – No tengan miedo. Yo sé que están buscando a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, sino que ha resucitado. Como dijo. Vengan a ver el lugar donde lo pusieron. Vayan pronto y digan a los discípulos: ‘Ha resucitado, y va a ir a Galilea antes que ustedes; allí lo verán’. Esto es lo que tenía que decirles.

Mientras las mujeres abandonaban rápidamente el sepulcro, miedosas y, al mismo tiempo, llenas de gozo, se encontraron con el Resucitado, que la saludó y les dijo: “Alégrense. No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allá me verán” (ver Mt 28,1-10).  Ellas dejaron el miedo, no se quedaron llorando junto a la tumba vacía, como María Magdalena (Jn 20,11), ni tampoco en Jerusalén, sino que emprendieron su viaje a Galilea. Fue entonces cuando Jesús les sale a su encuentro para darles su mayor consuelo: “Alégrense”. El ángel de la anunciación había dicho a María, la madre de Jesús: “Salve”, es decir, “alégrate”, “agraciada” (Lc 1, 28). El Resucitado dice a las mujeres (entre las que estaba probablemente su madre): ¡Alégrense!, “agraciadas” Terminó la tristeza, el llanto y el luto. Así nace con gozo esta primera iglesia compuesta de mujeres (las primeras cristianas), quienes responden echándose a sus pies, en gesto de cariño cercano, pues  lo  agarran, lo acarician y lo adoran. 

Saludo de la Conferencia Episcopal de Costa Rica a la Señora Presidente electa y a los diputados electos de la República

La Conferencia Episcopal de Costa Rica expresa su respetuosa felicitación a la señora Laura Fernández Delgado, Presidente electa de la República, así como a las señoras y señores diputados electos con ocasión del mandato que el pueblo costarricense les ha confiado mediante el ejercicio democrático.

Reconocemos, en este momento, no solo la culminación de un proceso electoral, sino el inicio de una tarea exigente y de gran responsabilidad: servir a toda la nación, en su diversidad de opiniones, sensibilidades y realidades sociales. Gobernar implica hoy, de manera particular, el desafío de unir al país, sanar divisiones y promover un clima de diálogo, respeto y búsqueda sincera del bien.

La Sagrada Escritura nos recuerda que “si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los constructores” (Sal 127,1). Por ello, como Iglesia, reafirmamos nuestra cercanía espiritual y nuestro compromiso de oración por la señora Presidente electa, las señoras y señores diputados electos y por quienes los acompañarán en esta misión.

Ante la cercanía de las elecciones nacionales del próximo primero de febrero, la Conferencia Episcopal de Costa Rica invita a los sacerdotes del país a "animar, la participación responsable y consciente de los fieles en este importante momento para la vida del país".

Así lo dio a conocer la institución eclesial en un mensaje este miércoles 14 de enero de 2026. En él, los obispos afirman que "el ejercicio del voto es una expresión concreta de responsabilidad ciudadana, un medio legítimo para buscar el bien común, expresión de una sólida y edificante democracia.  El alto nivel de abstencionismo vivido en procesos anteriores nos interpela como sociedad y como Iglesia". "La Palabra de Dios nos recuerda que “a quien mucho se le dio, mucho se le exigirá (Lc 12,48)", apuntan.

“La participación en la vida política es un deber moral” (Compendio DSI, n. 189), que debe vivirse como un servicio a la justicia, la paz y la dignidad humana. Sin promover opciones partidarias, nuestra misión es ayudar a formar conciencias, iluminar desde el Evangelio y a despertar el compromiso cívico de los fieles", agrega la misiva.

A veces, hay momentos que llegan a nuestra vida como regalos inesperados, y sólo con el tiempo entendemos su significado más profundo.

A inicios de diciembre, recibí un video de casi tres minutos que relataba la historia detrás del conocido villancico navideño “Silent Night” (Noche de Paz). Lo observé varias veces y me conmovió profundamente, pero jamás imaginé que, en cuestión de semanas, viviría una experiencia que me conectaría de forma única con esa melodía tan especial.

Hoy, con una alegría que desborda mi corazón, quiero compartir esta historia que comenzó con un simple video y terminó siendo un encuentro inolvidable con el Señor.

Todo comenzó con una invitación de mi hermano menor, que me sugirió acompañarlo a un paseo sin darme muchos detalles. Aunque su actitud enigmática despertó mi curiosidad, nunca imaginé lo que estaba por venir.

El trayecto nos llevó por carreteras cubiertas de nieve, árboles vestidos de blanco y un frío que, por alguna razón, parecía invitarme a rezar silenciosamente: “Oh Jesús, con el calor de tu Espíritu Santo, abrázame”. Cada paisaje, cada silencio de ese día, parecía estar diseñado para prepararme a un encuentro especial.

Al llegar a Frankenmuth, un pequeño pueblo de Michigan, me encontré con un lugar que parecía salido de un cuento. Las luces navideñas, la arquitectura bávara y la nieve cubriendo las calles me hicieron sentir que el tiempo se había detenido. Pero lo que realmente transformó este paseo en una vivencia imborrable fue nuestra llegada a la réplica de la Capilla Memorial de “Silent Night”, un lugar que honra su primera interpretación en Oberndorf, Austria, en 1818.

Bajé del auto y una mezcla de sorpresa y emoción llenó mi corazón. El aire frío, el suave caer de la nieve y el silencio que envolvía el lugar, me ofrecieron una paz indescriptible.

La preciosa capilla, sencilla pero acogedora, parecía irradiar una luz celestial que tocaba lo más profundo de mi ser. Al entrar, fui recibido por un sonido suave pero presente: “Noche de Paz” resonaba en el interior, llenando todo el espacio con su eco de serenidad y esperanza.

Cerré los ojos por un instante y me sentí transportado a la Nochebuena de 1818, cuando Joseph Mohr y Franz Xaver Gruber dieron vida a esta obra inmortal.

Joseph Mohr nació en Salzburgo el 11 de diciembre de 1792, en el seno de una familia pobre. Su madre, Anna Schoiber, era tejedora, y su padre, Joseph Mohr, era soldado. A pesar de sus humildes orígenes, el talento de Mohr fue reconocido temprano, y pudo estudiar filosofía y teología. Ordenado sacerdote en 1815, desempeñó su labor como cura en varias parroquias, incluida Oberndorf, donde trabajó desde 1817 hasta 1819.

Hombre de profunda fe y gran habilidad musical, Mohr era muy versado en música, habiendo cantado y tocado el violín en los coros de la Universidad de Salzburgo y la Iglesia de San Pedro. Era conocido por su bondad, generosidad y buen humor, cualidades que se reflejan en los versos de “Noche de Paz”.

Por su parte, Franz Xaver Gruber nació el 25 de noviembre de 1787 en Hochburg, Alta Austria, en una familia de tejedores. En contra de los deseos de su padre, que quería que él continuara con el oficio familiar, Gruber persiguió su pasión por la música, tomando clases a escondidas. Más tarde, se convirtió en maestro en Arnsdorf.

Amaba la música y su talento lo llevó a ser organista y maestro de coro en la iglesia de San Nicolás en Oberndorf desde 1816 hasta 1829. Aunque luchó por obtener un puesto fijo como maestro en el pueblo, se mantuvo dedicado a su trabajo como músico y compositor. En 1833, aceptó el puesto de maestro de coro y organista en Hallein, donde continuó su labor hasta su muerte en 1863. A pesar de las dificultades personales, Gruber seguía siendo un hombre alegre y sociable, muy querido en su comunidad por su creatividad y dedicación a la música.

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