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Sagradas Escrituras: Los colaboradores de Pablo

By Pbro. Mario Montes M. Diciembre 12, 2022

En el libro de los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de san Pablo se menciona a unas cien personas, miembros de la comunidad cristiana del siglo primero, que tuvieron relación con el “apóstol de los paganos” (Rom 11,13). Sabemos acerca de algunas de ellas. Hemos conocido a Timoteo, a Apolo, Juan Marcos, Bernabé y Silas. También se nombran a Arquipo, Claudia, Damaris, Lino, Pérsida, Pudente y Sópater. En distintos momentos y en diversas circunstancias, muchas personas apoyaron activamente el ministerio misionero de Pablo. Algunas como Aristarco, Lucas y Timoteo sirvieron al lado del apóstol durante muchos años. Otras permanecieron con él cuando estuvo en prisión o le atendieron mientras se desplazaba, ya sea como compañeros de viaje o como anfitriones. Tristemente, también hubo quienes no perseveraron en la fe cristiana, entre ellos Alejandro, Dimas, Hermógenes y Figelo.

En lo que concierne a varios amigos de Pablo, como por ejemplo Asíncrito, Hermes, Julia o Filólogo, para mencionar solo unos cuantos, lo único que se conoce de ellos son sus nombres. En el caso de la hermana de Nereo, la madre de Rufo o los de la casa de Cloe, ni siquiera sabemos eso (Rom 16,13-15; 1 Cor 1, 11). Sin embargo, el estudio de la escasa información que tenemos, sobre los más o menos cien colaboradores de Pablo, arroja luz sobre el modo en que él trabajaba. Dicho estudio también nos muestra los beneficios de estar rodeados por un gran número de hermanos en la fe y de trabajar estrechamente con ellos.

 

Compañeros de viaje y anfitriones

 

El ministerio del apóstol Pablo implicaba viajar mucho. Alguien ha calculado que la distancia que recorrió tanto por tierra como por mar, según lo que se puede deducir en el libro de los Hechos, se aproxima a los 16.000 kilómetros. Viajar en aquel entonces no era solo agotador, sino también peligroso. Entre las amenazas a las que tuvo que enfrentarse estuvieron el naufragio, peligros de ríos y de asaltantes, peligros en el desierto y peligros en el mar (2 Cor 11,25-26). Con razón, Pablo casi nunca estaba solo durante sus desplazamientos de un lugar a otro.

Los cristianos que acompañaron a Pablo debieron de ser una fuente de compañerismo y ánimo para él, además de prestarle ayuda práctica en su ministerio. En ocasiones, el apóstol los dejó atrás para que pudieran satisfacer las necesidades espirituales de los nuevos discípulos (Hech 17, 14; Tit 1,5). Igualmente, ir acompañado era esencial para su seguridad y una ayuda para afrontar los rigores del viaje. De modo que los compañeros de Pablo, entre ellos Sópater, Segundo, Gayo y Trófimo, tuvieron mucho que ver con los buenos resultados que obtuvo este en su ministerio (Hech 20, 4).

También era de agradecer la ayuda que le ofrecieron sus anfitriones. Cuando Pablo llegaba a una ciudad para anunciar el Evangelio o sencillamente para pasar la noche, era primordial que encontrara un lugar donde alojarse. Alguien que viajara tanto como san Pablo, tendría que dormir obligatoriamente en muchísimas camas diferentes. Siempre le quedaba la opción de acomodarse en una posada, pero los historiadores dicen que estos lugares eran “peligrosos y desagradables”, así que, lo más probable es que Pablo se hospedara en casa de los hermanos en la fe, en cuanto le fue posible. Conocemos los nombres de algunos de los anfitriones de Pablo, como Áquila y Prisca, Gayo, Jasón, Lidia, Filemón y Felipe (Hech 16,14; 17,7; 18,1-4;  Rom 16,23; Film 23). En Tesalónica, Corinto y Filipos, dichos alojamientos le proporcionaron a Pablo una base desde donde organizar su actividad misionera. En Corinto, Ticio Justo le abrió también su hogar para que el apóstol pudiera así continuar con su predicación (Hech 18,7).

 

Una multitud de amigos

 

Como era de esperar, Pablo recordó a sus amigos por diversas razones, debido a que los conoció o trató en diferentes circunstancias. Por ejemplo, elogió a María, Pérsida, Febe, Trifena y Trifosa —todas ellas hermanas en la fe de Pablo— por su esfuerzo y su duro trabajo (Rom 16, 1.2.6.12). Bautizó a Crispo, Gayo y a la casa o familia de Estéfanas. Dionisio el Areopagita y Damaris aceptaron el mensaje del Evangelio que les dio Pablo en su discurso de Atenas en el Areópago (Hech 17,34;  1 Cor 1,14.16).

A Junias y Andrónico, esposos “ensalzados entre los apóstoles” que habían sido creyentes por más tiempo que Pablo, los llama sus “compañeros de prisión” (¡única mujer “presidiaria” junto con Pablo!). Llamó “parientes” a ambos, al igual que a Herodión, Jasón, Lucio y Sosípatro (Rom 16,7.11.21). Aunque la palabra griega que utiliza puede significar “paisano”, su significado primario es “parientes consanguíneos de la misma generación”.

Muchos de los amigos de Pablo viajaron por motivo del Evangelio. Además de sus compañeros más conocidos, estuvieron también Acacio, Estéfanas y Fortunato, que fueron desde Corinto a Éfeso para consultar con Pablo el estado de la comunidad cristiana. Artemas y Tíquico estuvieron dispuestos a viajar para encontrarse con Tito, que estaba sirviendo en la isla de Creta, y  el abogado Zenas emprendería un viaje con Apolo (1 Cor 16,17;  Tit 3, 12-13).

Por otra parte, San Pablo nos proporciona algunos pequeños detalles interesantes acerca de algunos cristianos. Nos informa, por ejemplo, que Epéneto era “el primero en creer en Cristo de la provincia de Asia”; Erasto, “el tesorero de la ciudad” de Corinto; Lucas, médico; Lidia, vendedora de púrpura y Tercio, el secretario que utilizó para escribir su Carta a los Romanos (Rom 16, 5.22-23; Hech 16,14; Col 4,14). Para quienes desean saber más acerca de tales personajes, estos datos aislados son sumamente interesantes.

Otros acompañantes de Pablo recibieron mensajes personales que han llegado a formar parte del Nuevo Testamento. En su Carta a los Colosenses, por ejemplo, San Pablo mandó a decir a Arquipo: “que atienda y desempeñe con esmero el ministerio que ha recibido del Señor” (Col 4,17). Era obvio que Evodia y Síntique tenían un problema entre ellas que debían resolver. Por eso Pablo les aconsejó, por medio de un compañero fiel, que  las ayudara, “pues cooperaron conmigo en favor del evangelio” (ver Flip 4,2-3).

Y nosotros ¿a quiénes tenemos como amigos cercanos y colaboradores, especialmente en nuestro servicio a la Iglesia, como tuvo San Pablo, la dicha de tenerlos?

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