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Martes, 17 Marzo 2026
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El Día del Señor

By Pbro. Mario Montes M. / Animación bíblica, Cenacat Marzo 17, 2026

En el Antiguo Testamento, en especial, en algunos textos proféticos, se habla del Día del Señor, de la futura intervención de Dios en la que juzgará, de manera solemne y definitiva, a Israel y las demás naciones. Pero, en primer lugar, era un día de culto que celebraba las intervenciones de Dios en la historia (Lev 23,39). Los profetas lo veían como tiempo de júbilo, por las batallas ganadas por el poder de Dios (Is 51,9). Pero, a lo largo de la historia, ese día fue tomando diverso cariz, en especial, ante las infidelidades del pueblo, ante los contrastes brutales entre ricos y pobres, de injusticias sociales y perversiones religiosas. De manera que ese día grandioso tan esperado, empezó a verse como un día de castigo y de destrucción, como día de juicio (Am 5,19-21; Joel 1,6).

El profeta Amós decía que sería un día de tinieblas, sin sol ni luz en pleno día (Am 8,9). Isaías, por su parte, decía que el Señor se levantaría y haría temblar la tierra (Is 2,10.19.21). Siglos después, en el  año 300 a. C, después del destierro de Babilonia, un profeta a nombre de Zacarías,  presentaba ese día como un tiempo de purificación de la ciudad santa de Jerusalén, de salvación del pueblo que sufría toda clase de injusticias, un día sin ocaso y el comienzo de una nueva era (Zac 14,7). A tal punto que, cuando llegara, las piedras se partirían, especialmente las que se encontraban en el monte de los Olivos (Zac 14,4). Podemos ver el texto completo de Zac 14,1-21.

Siglos atrás, el profeta Ezequiel que había acompañado al pueblo judío en los años del destierro, había tenido una visión impresionante de un montón de huesos esparcidos en un campo de batalla o sepultados, como podemos ver en Ez 37,1-10, cuando el pueblo se sentía abatido y deprimido, como “huesos secos” (Ez 37,11), y después de haber visto a esos huesos calcinados ponerse de pie, como muertos vivientes, este profeta les anunció  a los suyos, por parte de Dios, de la llegada del Día del Señor:

Así habla el Señor: Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor. Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré -oráculo del Señor- (1ª lectura de hoy domingo, 5° de Cuaresma)

Era una forma metafórica de decir que los desterrados de Israel regresarían a la Tierra Santa, después de un doloroso exilio. Pero, no por eso el pueblo de Dios, dejaba de aguardar con esperanza ese día y terminar así, con siglos de sufrimientos y calamidades. Finalmente,  alrededor del año 167 a. C, en los tiempos en que el pueblo de Israel estaba siendo perseguido y maltratado, bajo el reinado del rey sirio Antíoco IV Epifanes, que quiso implantar a la fuerza la cultura griega y muriendo gran cantidad de mártires judíos, un profeta llamado Daniel, reconociendo que efectivamente este rey impío tenía poder (Dan 7,25), escribió una serie de anuncios proféticos de estilo apocalíptico, para alentar la fe de su pueblo (Dan 7-12), profetizando que “muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán” (Dan 12,2), anunciando por primera vez la resurrección y como señal de la llegada del tan esperado Día del Señor.

Vemos, pues que, a lo largo de los siglos, los profetas del Antiguo Testamento, especialmente en tiempos difíciles y calamitosos, habían alimentado la esperanza del pueblo en la llegada de ese día grandioso. Pero, en realidad, se trataba de un lenguaje simbólico. Querían dar a entender que habría cambios en la historia. Y, para eso, pintaban de un modo figurado a toda la naturaleza como afectada por todos estos sucesos. Tales signos marcarían que el final de los tiempos había llegado, que Dios había intervenido definitivamente en la historia para juzgar al mundo y que había dado comienzo a una nueva era. Pero, en la práctica, ese día nunca llegó…

Entonces ¿cuándo llegó?

Ese día fue el Viernes Santo. Así lo presenta San Mateo, al momento de la muerte de Jesús: “Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región..., la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente” (Mt 27,45.51-53). San Mateo, que escribió a cristianos venidos del judaísmo, familiarizados con estos textos del Antiguo Testamento que hemos presentado, quiso enseñar que ese Día grandioso llegó con la muerte y resurrección del Señor, inaugurando tiempos nuevos. 

Al contar la crucifixión y muerte de Cristo con todos estos detalles e inspirado por Dios, añadió estas simbólicas profecías de fenómenos extraños que, como buen judío que era, conocía desde su niñez. De esta forma, sus lectores interpretarían la muerte del Señor como el principio del final de los tiempos, la ansiada llegada del Día del Señor. Ciertamente, un judío familiarizado con este lenguaje, que habla de oscuridad, terremotos, piedras o rocas partidas, sepulcros abiertos y cuerpos que resucitan, entendería muy bien esta presentación de estilo apocalíptico, de todos esos eventos. Nosotros no, pues no estamos acostumbrados a esta manera de escribir y nos impresiona leer estos textos e interpretarlos, como si fueran un reportaje de estilo periodístico, de aquella tarde en el Calvario. Porque así lo han presentado infinidad de películas de la pasión de Cristo: algo terrorífico y espeluznante…

Es obvio, pues, que San Mateo, al referir los prodigios que acompañaron a la muerte de Jesús, no pretendió relatar unos hechos sucedidos realmente. Pero sí quiso enseñar a aquellos cristianos y hoy a nosotros que, con la muerte de Cristo, había llegado el gran Día de Yahvé: comienzo del tiempo final, principio del nuevo éxodo de la humanidad, libre al fin de la esclavitud más terrible, la muerte; día del juicio de Dios, de la liberación de todos los pobres y oprimidos de la tierra, día en que comenzaría a instaurarse el Reino de Dios sobre el mundo, inicio de una etapa en la que todo no acabaría con la muerte, sino que Dios haría una tierra nueva y unos cielos nuevos, en palabras del libro del Apocalipsis (Ap 21,1). En fin, los tiempos de la salvación.  El próximo Domingo de Ramos, vamos a escuchar el relato de la Pasión del Señor, según San Mateo (Mt 26,14-27,66). Es una oportunidad que tenemos para meditar que con Cristo, muerto y resucitado, todos los males han sido vencidos, ha “muerto” el pecado y los tiempos más bellos, llenos de vida y de resurrección han llegado, que el mundo y el universo mismo, han sido transformados y embellecidos por el Señor (Ap 21,5).

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