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Tus dudas: ¿Quién realmente ama a nuestros jóvenes?

By Mons. Vittorino Girardi S. Noviembre 23, 2022

“Monseñor: aunque mi nombre, Patricia, haga pensar en una persona mayor, no soy tan mayor y, además, por mi trabajo de docente, estoy muchas horas con jóvenes. Su presencia, sus reacciones, y su misma agresividad, me interrogan. Hace ya una temporada, me acompañan y de un modo insistente, unas preguntas: ¿quién realmente ama a nuestros jóvenes?, ¿a quiénes deveras le interesan?, ¿quiénes los cuidan? ¿Es pesimismo el mío, Monseñor? Le agradezco su interés y acojo con respeto su resonancia a mis preguntas, que a la vez, suenan como quejas”.

Patricia Zeledón S. -  Alajuela 

He aquí mi primera reacción, estimada Patricia, encuentro sus preguntas muy atinadas. Aunque la imagen de Obispo, pueda sugerir cierta “distancia” entre él y el mundo de los jóvenes, la providencia divina ha querido que la vida de un servidor transcurriera mucho de mi tiempo, antes de ser Obispo, como después, con jóvenes, y nunca me sentí excluido por ellos, ni ahora que estoy más allá de los 80 años… Claro, hubo contrastes, dificultades, sorpresas y también fracasos, pero en su conjunto, me fui convenciendo de que nunca se pierde tiempo cuando se trabaja con jóvenes.

Lo sabemos, el joven quiere ser escuchado. No hace mucho, he aquí lo que un joven creyente, nos decía: “nunca cómo hoy los jóvenes hemos sido tan anónimos, tan “sin nombre”… Se nos entretiene, se nos ofrecen muchas oportunidades de “pasarlo bien”, se nos hace el centro de multitud de campañas, nosotros movemos el motor del consumismo; se nos hace protagonistas, pero ¿de qué? De la… nada, para quitarnos el valor que tenemos y no reconocérnoslo. Nunca como hoy habíamos estado los jóvenes, tan necesitados de afecto, de relación personal, de escucha, de gratuidad”.

Sin duda, estimada Patricia, usted como yo, está de acuerdo con lo que ha expresado este joven.

De nuestra parte, podemos añadir: internet, mensajes en red, audios, WhatsApp… Las conversaciones anónimas entre anónimos, son la expresión máxima del anonimato, pero a la vez el único modo, el único ambiente, en que el joven se puede sentir alguien… Los fines de semana, las luces, los bailes, el alcohol… perderse en la masa, y otra vez el anonimato para, supuestamente, sentirse mejor, sentirse alguien.

Sigue llamando mi atención e impresionándome, el constante y pareciera, obsesivo, uso del teléfono móvil, con comunicación “entre iguales” y, entonces sin verdaderas novedades, casi un auto escucharse, y entonces, sin que haya un diálogo realmente enriquecedor. Eso oculta cierto miedo a lo diferente, a lo que pueda cuestionar.

Creo no exagerar, nuestros jóvenes, sobre todo, tienen miedo: miedo de no lograr el éxito en la vida, tan cacareado por los medios de comunicación; miedo de perder la propia familia (conocen demasiados casos de familias disfuncionales); miedo de ser objeto de burlas; miedo a ser traicionados por los amigos. La lista podría alargarse, pero sabemos que, en definitiva, se trata de miedo a la vida con sus sorpresas. Y esto está confirmado por una reciente encuesta entre los jóvenes de décimo y undécimo de colegio, 25 % han declarado que viven en la “desesperanza”… Lo confirman los 50 jóvenes, entre 18 y 19 años que, en el 2020, se suicidaron.

Nos corresponde a nosotros no caer en la “desesperanza”, y el desafío sigue siendo el mismo: confiar en los jóvenes, aunque, últimamente más que confianza, lo que escuchamos acerca de los jóvenes es mucha queja. Basta recordar lo que vamos oyendo acerca del violento ambiente estudiantil de nuestra época “postcovid”. La confianza en los jóvenes, se alimenta de otra confianza, la que es fundamental, porque es sobrenatural y que se alimenta de la certeza de que el Espíritu Santo, sigue soplando. Es el Espíritu de Dios que se abre camino en la historia del hombre, en nuestra historia. Jesús mismo nos lo asegura, repitiéndonos: “Mi Padre siempre trabaja, y yo con Él” (Jn 5, 17).

Además de confiar en los jóvenes, es esencial volver y estar con Jesús, para aprender de Él, cómo acoger a nuestros jóvenes y cómo proponerles lo que, aunque sin saberlo y, a veces, inclusive negándolo, su corazón más ansía. Y lo primero que nos descubre Jesús, es el sincero lenguaje de lo afectivo, de lo que no puede ser comunicado sólo con palabras, sino, con el gesto, la mirada, el sincero y gratuito interés…

San Pablo VI, que supo compaginar su trabajo de joven sacerdote en la Secretaría de Estado en el Vaticano, con el acompañamiento asiduo de jóvenes universitarios romanos, en su preciosa exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, nos escribió: “conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Hagámoslo con un ímpetu interior que nada ni nadie sea capaz de extinguir. Sea ésta la mejor alegría de nuestras vidas entregadas. Y ojalá que el mundo de hoy (¡nuestros jóvenes!) pueda recibir la Buena Noticia no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes y ansiosos, sino, a través de servidores del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo”.

Estimada Patricia estas son unas reflexiones que sus preguntas han hecho aflorar de la mente y del corazón de un padre y pastor de nuestros jóvenes. Dios quiera que les sean de alguna utilidad.

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