El obispo subrayó que detrás de cada caso hay un rostro y una historia fracturada, con consecuencias que afectan la confianza, la autoestima y la fe de las víctimas, así como la estabilidad de sus familias. Señaló que la sanación es un proceso lento y complejo, y que la Iglesia no puede limitarse a escuchar y continuar como si nada. “No basta abrir un expediente; hay que sostener una vida herida”, afirmó, insistiendo en la necesidad de acompañamiento profesional, cercanía pastoral y seguimiento constante.
En un momento central de su mensaje, amplió la perspectiva no solo al abuso sexual, sino también a los abusos de poder, de conciencia y de autoridad espiritual, que también hieren y oscurecen el rostro de Cristo. “Hoy, también yo pido perdón de corazón”, manifestó.
El presidente del episcopado aseguró que en el país existen comisiones que reciben denuncias y que no son una fachada, sino un compromiso real. Indicó que cuando las denuncias cuentan con fundamento serio, testigos y evidencia, la Iglesia debe actuar sin miedo, colaborar con las autoridades civiles y asumir responsabilidades. “No hacerlo sería traicionar nuestra misión. Actuar con firmeza no destruye a la Iglesia; la purifica”, sostuvo.
Al mismo tiempo, señaló que también existen denuncias que no se sostienen y que pueden afectar gravemente la honra de personas inocentes. En esos casos, advirtió que la justicia exige procesos serios, no condenas anticipadas ni juicios mediáticos, sino verdad y prudencia.
Al concluir, Monseñor Román invitó a levantar la mirada hacia Cristo y al Buen Pastor herido, señalando que del Señor nace la valentía para reconocer el pecado, la humildad para pedir perdón y la fuerza para no repetir errores. “Solo la verdad nos hará libres, y solo una Iglesia purificada podrá anunciar con credibilidad la esperanza que proclama”, concluyó, llamando a que el Congreso sea no solo reflexión, sino verdadera conversión y reparación.
Puede acceder al mensaje íntegro en www.iglesiacr.org














